‘Prodigy’, ¿el mejor personaje de Millar?

Si pudiéramos tomar el pulso de todos aquellos de vosotros que, como servidor, consideran a Mark Millar poco menos que un genio en esto del noveno arte; y fuéramos capaces de preguntaros a todos y cada uno cuál creéis que es la mejor creación del guionista, es probable que termináramos con un abanico tan amplio de respuestas como colecciones ha ido pariendo el escocés a lo largo de las dos últimas décadas: seguro que habría quien se remontaría al Wesley de ‘Wanted’ como puntal sobre el que Millar ha ido levantando el Millarworld; aún más serían los que señalarían como dicho puntal al Dave Lizewski de ‘Kick-Ass’ por la repercusión que tuvo su versión cinematográfica y, por supuesto, estarían los que empezarían a citar de manera sistemática a ‘Superior’, al remedo de Flash Gordon que fue el protagonista de ‘Starlight’; al infame antihéroe de ‘Némesis’; a ese bonachón boy-scout que fue ‘Huck’ o a la Bonnie de ‘Renacida’. Pues bien, a todos ellos sin excepción viene ahora a superar Edison Crane, anterior a la antepenúltima de las series que Millar ha publicado hasta el momento —después de ella han aparecido la irregular ‘Sharkey the Bounty Hunter’, primer desliz del escritor, la muy divertida ‘Space Bandits’ y la genial secuela de la soberbia ‘Crononautas’— y primera en aparecer bajo el sello Netflix después de que la empresa adquiriera el Millarworld para su explotación tanto en papel impreso como en toda una serie de producciones televisivas y cinematográficas que esperamos con ansia.

De alguna manera, el doctor Crane, el hombre más listo del planeta, alguien capaz de gestionar al mismo tiempo la construcción de un dispositivo anti apocalipsis que evite el choque de un asteroide de 80km de diámetro contra la Tierra, la escritura de una sinfonía, varias partidas de ajedrez simultáneas y hacer crecer su empresa un treinta por ciento en una sola noche, es el personaje definitivo de Millar. Envuelto en una trama que parecería hecha a la medida de James Bond pero con elementos fantásticos que entrarían en el ámbito de alguien a caballo entre Indiana Jones y Fox Mulder, este filántropo siempre en busca de emociones fuertes que es experto en a saber cuántas disciplinas intelectuales y físicas, es una suerte de súper ego universal, alguien a quien es probable que no encontráramos ser humano en la faz de nuestro mundo que no quisiera parecérsele. Y claro, rendidos como quedamos a su incuestionable atractivo y al ímpetu y el genio con el que Millar lo retrata, resulta más que complicado no extender esa admiración al resto de un tebeo que funciona como un reloj suizo por más que en su transcurso se amalgamen ideas tan dispares como una invasión de otro universo, la Torre de Babel o el colisionador de hadrones.

Marchando a ritmo de cliffhanger, los que suponen los cinco que cierran cada uno de los sendos ejemplares que preceden al final —Millar sigue insistiendo en la estructura de la media docena como el número perfecto para contar sus historias—, la imparable acción de ‘Prodigy’ queda recogida a las mil maravillas por un Rafael Albuquerque que no hace más que superarse con cada nuevo proyecto que cae en sus manos: henchido de recursos narrativos y con un sentido de la espectacularidad que nos deja alucinados cuando menos nos lo esperamos, el trabajo del brasileño viene a insistir en una idea que tiempo ha me viene rondando cuando a Millar hay que referirse: que el escocés es el equivalente en viñetas a Woody Allen, un artista por el que todos se pelean a codazos para trabajar junto a él y que, hasta ahora, ha sabido rodearse una y otra vez de los mejores del medio, nombres como los de Greg Capullo, Stuart Immonen, John Romita Jr., Leinil Francis Yu, o Frank Quitely que, incuestionablemente, añaden innumerables enteros a las fantásticas e inigualables ideas de este sin par talento del arte secuencial.

Prodigy

  • Autores: Mark Millar y Rafael Albuquerque
  • Editorial: Panini
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 168 páginas
  • Precio: 17,10 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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