‘Carta blanca’, amor en sentido inverso

Declaración de principios para empezar a las claras y con honestidad: ADORO el trabajo de Jordi Lafebre. Así, sin ambages ni circunloquios. Todavía no me he acercado a una página dibujada por él que, hasta ahora con guiones ajenos del (casi) siempre fenomenal Zidrou, no me haya hecho temblar las piernas y revolotear mariposas en mi estómago por mor de una sensibilidad, un gusto, una elegancia y una delicadeza tan mayestáticas como las que podemos ver en ‘Lydie‘, ‘La Mondaine‘ o, por supuesto, en el calor y candor constante que, desde que comenzara, están ofreciendo ‘Los buenos veranos‘. Pero, aún asumiendo la inabarcable grandeza de todos los ejemplos anteriores, y en una apreciación que, quizás, sea exclusivamente personal, ya había ganas de ver lidiar a Lafebre como autor completo, algo que por fin nos ha sido otorgado con ‘Carta blanca‘, un álbum que, avisamos ya, antes de entrar en más detalle, es una de las LECTURAS de este 2021.

Lafebre llega a ‘Carta blanca’ con las lecciones muy aprendidas de tantas colaboraciones con Zidrou y, de hecho, el guión de esta soberbia historia de amor bien podría haber salido de la imaginación del guionista francés por las muchas concomitancias que la personalidad de lo que el artista catalán pone en pie guarda para con los mejores trabajos de Benoît Drousie: personajes que enamoran tras un par de viñetas, situaciones que parecen sacadas de la cotidianidad pero que son puestas en valor por medio de una narración que apasiona y engancha y, sobre todo, la placentera sensación de que, conforme vas leyendo, tu corazón se va acurrucando gracias a un tono general que sólo imprime sentimientos positivos en el afortunado lector que se deje llevar.

No quedándose ahí —que, sinceramente, ya sería un logro de envergadura— Lafebre da a su primera aventura a timón completo no solo un contenido apasionante sino un continente que lo es aún más. Arropándose bajo el influjo del ‘Memento‘ de Christopher Nolan, el dibujante plantea la estructura de ‘Carta blanca’ de fin a principio a través de veinte capítulos que, en cuenta atrás, comienzan con los protagonistas bastante talluditos para, poco a poco, ir retrocediendo en el tiempo y, al hacerlo, destilando con precisión maestra el bello y poético elixir que conforman estas páginas. El experimento, que podría haber salido muy mal, jugando al sinsentido en algunos momentos o careciendo por completo de interés cuando ya se sabe cómo a terminar la historia después del primer capítulo, es todo un dechado de virtudes narrativas que hace de la economía informativa y de depositar mucha fe en la inteligencia del lector —la «normal» y la emocional— dos de sus mejores bazas.

Y es que, en ese viaje hacia atrás en el tiempo, Lafebre va dando saltos de desigual longitud para ir acercándonos, ora en paralelo, ora en una única vía, a las intensas vidas de Ana y Zeno. Ella, alcaldesa de su ciudad; él, científico y librero trotamundos. Su historia, trufada de mil tribulaciones, encuentra en esta forma tan peculiar de ser narrada todo un rosario de virtudes que pasan por, pero no se limitan a, ir conociendo no sólo a los protagonistas sino al pequeño cosmos de afables secundarios que los rodean; por asistir con el interés siempre en lo más alto al goteo de información que nos ayuda a comprender por qué sus existencias siempre estuvieron separadas y juntas a la vez; por jugar a nunca desvelar detalles de más, demostrando una capacidad maestra para medir con rasero cuánto es lo que nos quiere contar para continuar manteniendo incólume nuestra intriga o, por supuesto, por desplegar, a lo largo de las 152 planchas, el que nos atreveríamos a afirmar, por muy osado que pudiera parecer a la luz de lo que hasta ahora le hemos leído, la mejor versión del arte de Lafebre que hemos podido contemplar.

Detallista sin resultar barroco y caricaturista sin devenir en exagerado, el trazo del barcelonés alcanza aquí cotas que superan con holgura la magnificencia que le habíamos conocido en cualquiera de los títulos que citábamos en el primer párrafo, haciendo el dibujante de la puesta en escena y el diseño de escenarios sendas apuestas que, página tras página, demuestran sin atisbo de duda que este ha sido un proyecto surgido de un desaforado amor por el medio. Un amor que transpira en unas planchas de narrativa perfecta, de composición maravillosa, de soberbio color y de dibujo sublime que, en singular conjunción con el guión, dan como resultado una obra maestra sin paliativos.

Habiéndose dejado el listón tan alto, no podemos sino confiar en que, más allá de la inminencia del sexto álbum de ‘Los buenos veranos’ —que, cuando estas líneas aparezcan publicadas, ya habrá visto la luz al otro lado de los Pirineos—, Lafebre superará con creces el logro que supone ‘Carta blanca’ y nos regalará, esperemos que más pronto que tarde, otra misiva de amor hacia el noveno arte que, como la que tratamos aquí, no conozca de filias hacia géneros y localizaciones y logre la aclamación unánime que, al menos hasta el momento, ha conseguido este álbum SOBERBIO, este tebeo con mayúsculas que, ya lo decíamos al principio, se posiciona con mucha fuerza, no ya para una de las lecturas españolas del año sino como LA LECTURA española del año. En diciembre saldremos de dudas.

Carta blanca

  • Autores: Jordi Lafebre
  • Editorial: Norma
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 152 páginas
  • Precio: 25 euros

Artículos destacados

Deja un comentario

Si continúas usando este sitio, aceptas el uso de cookies. Más información

Los ajustes de cookies en esta web están configurados para «permitir las cookies» y ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues usando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en «Aceptar», estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar