‘El príncipe de las tinieblas’, en lo más alto del día D

Plausible, y escalofriantemente aterradora en su plausibilidad, ‘El príncipe de las tinieblas’, la última apuesta de Ponent Mon por seguir publicando en castellano todo lo que puedan de ‘El Día D’ —y si no sabéis de qué diantres estoy hablando, pasad por aquí o por aquí—, parte de una premisa que ya su muy elocuente portada enuncia en voz muy alta: ¿qué habría pasado si la intercesión y decisión de un sólo hombre hubiera evitado el ataque a las Torres Gemelas del World Trade Center neoyorquino y, por consiguiente, la historia del s.XXI tal y como la conocemos hubiera sido otra? La respuesta, os advierto ya, es de tal calado, tal veracidad y tan bien anclado talante, que afirmar que este es el mejor arco argumental de cuántos hemos leído en la muy abultada colección francesa de «¿y síes…?» es, como poco, quedarse muy cortos.

Quizás que sea un hecho tan reciente en nuestra memoria colectiva que todavía hoy, casi veinte años después, el que seamos capaces de recordar aquel funesto día 11 de septiembre de 2001 como si fuera ayer, tenga mucho que ver en que ‘El príncipe de las tinieblas’ enraíce de manera tan veloz y eficaz en la estimulación de nuestra imaginación. Porque, seamos francos, ¿de cuántas formas posibles no llegamos a montarnos en su momento otro resultado para aquella mañana en la que Nueva York despertó con sus dos reconocibles cimas cayendo bajo el yugo del terror? ¿cuántas han sido las ocasiones en que hemos pensado que detrás del ataque de Al Quaeda había muchos más intereses ocultos que los que se llegaron a conocer y cuántas que el propio Bush sabía —quizás no a ciencia cierta, pero algo sabía— que el duro golpe que Bin Laden y los suyos asestaron contra todo occidente podía haberse evitado? ¿Hasta qué punto no estuvo la Casa Blanca y sus eternos intereses en Oriente Medio implicada en el secuestro de los vuelos y la masacre que estos comportaron?…

Como ficción, ‘El príncipe de las tinieblas’ ofrece respuestas, quizá no de manera exacta y precisa a las preguntas arriba expuestas, pero sí a otras muchas de similar calado que, basadas en lo que se intuye como una labor de documentación bestial, dan como resultado una lectura apasionante que cuenta con varios personajes reales —el John O’Neill protagonista, sin ir más lejos, fue un agente real del FBI que murió cuando se desplomó la torre sur— y que se monta como un caleidoscopio en el que el espionaje, la política y las operaciones encubiertas son moneda de cambio con la que los guionistas construyen, de nuevo, una realidad inventada que da miedo por su asombroso realismo a la par que esperanza por algunas de las conclusiones que ofrece sobre una utópica resolución de los conflictos que azotan la zona del Golfo Pérsico desde hace ya demasiado tiempo.

Rubricando la clara impresión que se lleva el lector de estar ante un tebeo EJEMPLAR, el trabajo de un muy comedido Igor Kordey a los lápices y tintas consigue aumentar las sobresalientes connotaciones que pueden observarse aquí y allá a lo largo de tan intensa lectura. El estilo del croata, aquí más cercano que nunca a Corben, resulta idóneo en todo momento, ya estemos hablando de acción o de conversaciones —y de éstas últimas hay a patadas— y aunque en ocasiones pueda darse un poco a la confusión narrativa, esos deslices son tan breves y se controlan tan a tiempo que resulta de todo punto imposible señalarlos como lacra. Sin mácula pues, huelga tener que terminar recomendando efusivamente la lectura de ‘El príncipe de las tinieblas’ porque, aunque sepamos que hay mucho de invención en ella, una parte de nosotros, esa que todavía está de luto dieciocho años más tarde, quiere creer que otro mundo habría sido posible.

El príncipe de las tinieblas

  • Autores: Fred Duval, Jean-Pierre Pécau e Igor Kordey
  • Editorial: Ponent Mon
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 196 páginas
  • Precio: 38 euros

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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