‘El castillo de las estrellas 2-1869: La conquista del espacio’, una MARAVILLA

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Podría parecer intencionado pero lo cierto es que el hecho de que en los dos últimos días haya recurrido una y otra vez —y esta es la tercera— a sacar a colación las entradas que dedicábamos a finales de diciembre del año pasado a recopilar lo mejor de 2015, ha sido fruto de la más que afortunada casualidad, esa que ha concurrido en este último tramo del año en traernos lo nuevo de Richard McGuire, lo último de los chicos de Orgullo y Satisfacción o, en el caso que ahora nos ocupa, la segunda y última entrega del primer ciclo de ‘El castillo de las estrellas’, un álbum que aparecía allá por finales de junio pero que, por diversos avatares, no hemos tenido oportunidad de leer hasta hace pocos días.

También parece intencionado, pero no lo es ni mucho menos —de hecho, ha sido fruto de una casualidad sólo descubierta al buscar la entrada del álbum precedente para enlazarla—, que el titular que he utilizado para esta reseña sea exactamente el mismo del que echaba mano hace cosa de un año y medio, cuando dedicaba estas mismas líneas a cubrir la magnífica primera parte de la obra que consagra a Alex Alice, por si ‘Siegfried’ no lo había hecho ya con suficiente contundencia, como uno de los artistas más espectaculares del mercado francobelga; ese en el que, según parece, el autor francés es una superestrella en virtud del breve pero intenso recorrido que, desde ‘El tercer testamento’, le ha llevado a través de la citada adaptación de la ópera Wagneriana a esta ucronía en la que, como ya apuntábamos casi quince meses atrás, tan notoria es la influencia del mundo Ghibli en general y de Hayao Miyazaki en particular.

Una influencia que entonces y ahora se dejaba notar sobremanera en las dos vertientes fundamentales que confluyen en la concreción de cualquier cómic: de una parte, el guión, de la otra, el dibujo. Centrando nuestra atención en el primero, he de admitir que si ya las casi setenta páginas que conformaban el álbum precedente eran un dechado de imaginación mezclada con extrema elocuencia con ciertos visos de realidad que incidían en ciertos instantes en aportar un sesgo de plausibilidad —por más que admitamos de partida la imposibilidad de lo que allí acaecía— a la propuesta de Alice, todo esfuerzo de la anterior entrega queda puesto en el más bello de los ridículos cuando se le compara con el espectacular tono épico que adquieren aquí las aventuras de Séraphin, Hans y Sophie a bordo de la eternave, el navío con el que los protagonistas se disponen a surcar el espacio —el éter, como aquí se define— sin saber que lo que les espera, y lo que nos espera, claro, es mucho más de lo que podríamos haber imaginado.

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Sin querer desvelar detalles de la trama que empañarían la experiencia de acercarse a esta superlativa lectura, si comentaré que llegado el ecuador de la lectura, Alice consigue que este redactor vuelva a calzarse la piel de su yo de ocho años, ese que se bebió las páginas de la colección completa de las novelas de Julio Verne —la otra influencia más evidente y fundamental a la hora de trazar lo que aquí podemos ir descubriendo— en tan sólo un año después de que una de sus tías paternas tuviera a bien regalársela por su comunión, y cuya imaginación voló una y otra vez de mano de la pluma de un literato que se sentiría muy orgulloso si pudiera contemplar cómo su compatriota ha sabido recoger y destilar lo mejor de sus enseñanzas en casi 140 páginas llenas de viñetas para las que, seamos francos, el tesauro de epítetos se queda corto, muy corto.

Porque, claro, de poco valdrían los esfuerzos imaginativos de Alice en lo que al hilvanado del relato se refiere si como mayestático respaldo del mismo ‘El castillo de las estrellas’ no hubiera contado con las que, sin lugar a dudas, son sus más bellas y sublimes páginas hasta el momento. Y cabría puntualizar hasta el momento porque, después de haber asistido a la evolución que el artista ha ido sufriendo desde que lo conociéramos con ‘El tercer testamento’, no tenemos asomo de duda alguna acerca de lo mucho que seguirá sorprendiéndonos en el futuro con nuevos registros gráficos llamados a dejarnos, como ya han conseguido algunas planchas de las que conforman este segundo álbum, con la mandíbula por los suelos.

De nuevo, no puedo ser muy específico acerca de cuáles son aquellas ante las que es imposible no caer rendido, esas que provocan abandonar el ritmo normal de la lectura para dejarse embobar por la fuerza de sus composiciones, el arrebatador uso de la acuarela y la épica que destila el conjunto. Y si no puedo serlo es debido a que, obviamente, son las que inciden de forma directa en poner en pie la vertiente más espectacular de lo que ‘El castillo de las estrellas’ tiene que ofrecernos. Baste afirmar, como esperable conclusión, que lo que aquí encontramos juega en otra liga, que la huella que la influencia de Miyazaki —y de Katsuhiro Otomo, que también se deja sentir— hace que soñemos despiertos con lo que podría haber sido una adaptación por parte del nipón de una historia que habría llevado a cotas inimaginables y que, por supuesto, no será la última vez que hablemos de ‘El castillo de las estrellas’ antes de que termine el año.

El castillo de las estrellas 2. Los caballeros del éter

  • Autores: Alex Alice
  • Editorial: Norma
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 68 páginas
  • Precio: 17,10 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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