‘La tierra, el cielo, los cuervos’, Radice y Turconi, directos al corazón

Expectativas por las nubes. Qué digo por las nubes…por las capas altas de la atmósfera como mínimo. Pero, claro, no es para menos. A fin de cuentas, nos encontramos ante el nuevo trabajo del matrimonio formado por Teresa Radice y Stefano Turconi, dos artistas italianos que, a través de relatos que atienden a dos vías bien diferenciadas, se han convertido, en poco tiempo —sólo han pasado dos años mal contados desde que los descubriera, una fruslería comparada con los casi treinta que llevo leyendo tebeos— en esa clase de autores a los que les compraría cualquier cosa que tuvieran a bien crear. Una de esas vías, la que quizás menos alude a alguien «talludito» como un servidor, es la que, hasta la fecha, ha encontrado acomodo en la terna formada por ‘Lila Trotamundos‘, ‘Orlando‘ y ‘Tosca de los bosques‘, títulos todos orientados a las nuevas generaciones de lectores que, no obstante —y aquí tendría que inclinarme sobre todo por ‘Lila Trotamundos’— son capaces de aludir, en mayor o menor escala, a los padres que queremos hacer de nuestros vástagos lectores tanto o más feroces de lo que nosotros somos.

La otra vía, en la que entronca esta maravilla que es ‘La tierra, el cielo, los cuervos‘, es la que queda mejor puesta en valor con esa otra maravilla —acaso aún más grande— que es ‘No te canses de caminar‘, uno de los pocos tebeos que me ha hecho llorar a lágrima viva en mi vida lectora y que, junto a ‘El puerto prohibido‘ y ‘Las chicas del Pillar‘, conforma una terna soberbia, llena de corazón y de personajes de los que enamorarse que, ahora, con este relato enmarcado en la Segunda Guerra Mundial, pasa de terceto a cuarteto y deja sobre la mesa un argumento claro: el talento y la habilidad de Radice y Turconi para enhebrar relatos con los que penetrar en lo más profundo de nuestro ser NO.CONOCE.LÍMITES.

Antes de entrar a valorar ‘La tierra, el cielo, los cuervos’ en otros de los muchos términos que aquí se dan cita para hacer de ella uno de los hitos incuestionables de este 2021, creo necesario apuntar la GENIALIDAD que supone un recurso que, llevado de manera impenitente de principio a fin de la narración, sirve como elocuente argumento, no ya del nivel de compromiso de los autores para con su criatura, sino de las asombrosas capacidades del matrimonio para hacer entender un relato a través de las imágenes, incluso cuando la palabra está presente: esta aparentemente incomprensible paradoja queda puesta en valor cuando, nada más comenzar la narración, vemos como dos de los tres soldados protagonistas —un italiano, un alemán y un ruso— «hablan» en su lengua, impidiendo, al menos en apariencia, que los que no tengamos fluidez en los dos últimos idiomas, nos perdamos la parte del mensaje que ellos verbalizan. Y ahí es donde entra en juego esa genialidad de la que hablaba: lejos de resultar lejanos e ininteligibles, los diálogos que alemán y ruso cruzan con el italiano —el único que se traduce a castellano— son cercanos y bastante comprensibles, jugando Radice a que las frases en dichas lenguas cobren sentido a través del contexto o de la respuesta por parte de otros personajes.

Este recurso, que parece complicado poner en práctica hasta que uno asiste al despliegue de lucidez y sensibilidad con el que lo injerta Radice en el devenir del relato, no es más que una almena bastante llamativa en el inmenso castillo que construyen dos autores que llegan a estas páginas sabedores de cuáles son sus capacidades y hasta qué límites pueden estirarlas. Y en este sentido, quizá más que Radice, sobre la que volveremos, es obligado hablar de Turconi y de la extrema belleza que preña una y otra y otra página: trabajando con acuarelas sobre los lápices —con la complejidad que ello entraña, y cualquiera que haya practicado veladuras sabe a lo que me refiero—, las aguadas del artista son de un esplendor sublime capaz de encontrar acomodo en las situaciones más dispares, desde la concreción de un paisaje capaz de quitar el hipo hasta las secuencias más cruentas y violentas, perfectamente coreografiadas y visualizadas por la imaginación de un artista que, además, se deja la piel en que todo quede envuelto en un cómodo manto de verismo.

Con tamaño compañero de viaje, Radice siempre lo ha tenido muy fácil, pero quizá nunca tanto como hasta ‘La tierra, el cielo, los cuervos’. Tanto es así que, al margen de conseguir enhebrar un relato de potencia suma, con un trío de personajes perfectamente definidos —aunque bien me atrevería a añadir a alguno más al conteo—, cercanos desde su lejanía y tridimensionales desde su planitud que, a través de sus desventuras, nos llevan en volandas sobre una historia cargada de humanidad, tan bella y amarga como nuestra especie; la guionista encuentra lugar para desarrollar una poesía escrita de una belleza por momentos arrebatadora y conmovedora, que incita a reflexiones al margen y nos invita a discurrir en paralelo a lo que se nos traslada de manera más inmediata en unas páginas que requieren, como decíamos el otro día con ‘La bomba’, de un estado singularmente tranquilo y relajado para su pleno disfrute.

Teresa Radice y Stefano Turconi ya habían tocado techo, al menos en lo que a este redactor respecta, con ‘No te canses de caminar’. Pero los techos están para ser derribados y para demostrar que el talento, cuando llega desabrido, no conoce límites. Los italianos no parecen entender bien la definición de dicho término y a través de 208 páginas nos proponen un viaje inolvidable, cargado de hondos sentimientos, de más hondas ideas y de profundas cargas que nos acongojan, nos emocionan, nos inspiran y nos invitan a aplaudir con denuedo a tan impresionante volumen. ¡¡BRAVO!!

La tierra, el cielo, los cuervos

  • Autores: Teresa Radice y Stefano Turconi
  • Editorial: Nuevo Nueve
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 208 páginas
  • Precio: 25 euros

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