‘Simón Bolivar. El libertador’, gloria a ti, señor Hernández Palacios

Si las cuentas no me salen mal, y mi memoria no yerra en la contabilización de todo lo que servidor a llegado a leer de Antonio Hernández Palacios, creo que con ‘Simón Bolivar. El libertador‘, he completado mi acercamiento al grueso de la obra del genio que fue el artista español. Sí, quedan por ahí flecos sueltos en la forma de alguna historia corta, pero habiéndome asomado a ‘El Cid‘, ‘Eloy‘, ‘Roncesvalles‘, ‘MacCoy‘, ‘Manos Kelly‘, ‘Historias del nuevo mundo‘, sus álbumes dedicados a Carlos V y Felipe II e, incluso, a aquella ‘Historia de Andalucía‘ que le publicara Ikusager a principios de los 80, creo estar en posición de, mirando desde la distancia, no acometer una valoración de conjunto del corpus de un dibujante que nunca conoció página mala, sino de señalar aquél título o par de títulos que más han llegado a calar en este redactor. De tener que hacerlo, que os quede claro que uno sería sin duda ‘El Cid’ y el otro, dependiendo del día, estaría entre ‘Manos Kelly’ —ya sabéis de mi debilidad por el westerno la épica y ambición que envuelven a esta ‘Simón Bolivar’.

Argumentos a favor de este último, muchos. Los más relevantes, sorprendentemente, no pasan por un dibujo que, después de todo lo consumido, ya no sorprende. Pero que nadie ose otear un atisbo de negatividad en dicha apreciación. Antes bien, si la capacidad de Hernández Palacios para coger desprevenido al lector que abra cualquiera de sus álbumes pasó a mejor vida hace mucho, eso es porque a sustituirla vino una admiración perpetua y desmesurada hacia cualquiera de las planchas por él firmada. Bien es cierto que, en alguna ocasión, el que esto suscribe ha reclamado de muchas de las lecturas del artista una mayor claridad expositiva en ciertos instantes de las mismas pero, con el tiempo, he llegado a valorar mucho más sus sublimes capacidades visuales y, sobre todo, esa fascinante manera en la que el color explotaba en sus planchas, invitándonos a entrar en mundos que, en manos de otros dibujantes, jamás habrían adquirido tan asombrosa dimensión.

De hecho, al adentrarse en tierras venezolanas para contarnos junto a J.P. Gourmelen —el guionista con el que trabajó codo con codo en ‘MacCoy’— la épica que rodeó a Simón Bolivar, el color, tan importante en todas y cada una de sus obras, cobra una relevancia suma como si fuera plena intención de Hernández Palacios el que al pasear la mirada por sus planchas, pudiéramos contagiarnos del espíritu arquetípico de la cultura venezolana. Más allá de ese vigor que Palacios imprime al relato, y contando con cierta dificultad a la hora de hacerse con la ingente cantidad de nombres que forman parte de la narración, resulta apasionante aproximarse a una vida que, con sus claroscuros —como todos los que siempre rodean a cualquier figura histórica de relevancia—, consiguió, con su determinación imperturbable, liberar a gran parte de Sudamérica del peso del férreo gobierno español. Quizás a los patriotas más recalcitrantes no les guste que se mancille el nombre de España, pero la historia está ahí para demostrar que nuestro querido país, como otros tantos colonizadores, explotó y arrasó a placer con aquellas tierras a las que fue llegando y la denuncia que enarbola de manera soterrada Gourmelen es un curioso acicate que convive aquí con una desaforada carta de amor a un nombre que escribió sus iniciales a fuego en la Historia de un continente entero.

Simón Bolivar. El libertador

  • Autores: J.P Gourmelen y Antonio Hernández Palacios
  • Editorial: Ponent Mon
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 72 páginas
  • Precio: 20,90 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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