‘Franquin. QRN en Bretzelburg (1963)’, cénit

Mismo espectacular formato. Misma SOBERBIA edición. Mismo autor. Mismo comentarista. Mismas sensaciones de asombro y maravilla durante la lectura. Misma superlativa apreciación final. Y uno se pregunta ¿qué digo nuevo sobre ‘QRN en Bretzelburg’ que no afirmara ya en agosto de hace dos años cuando dediqué sentidas y prolongadas líneas a ‘Franquin. La máscara (1954)’? ¿Qué digo nuevo…?

Cuando André Franquin plantea ‘QRN en Bretzelburg’ en 1961 —y son dignos de descubrir los avatares que rodearon a la gestación de la historia de mano de los comentarios de Hughes Dayez— lleva al frente de las aventuras de Spirou la friolera de quince años, tres largos lustros en los que su capacidad artística ha evolucionado sobremanera hasta colocarlo en la posición de maestro indiscutible del noveno arte de la que ya nunca se bajará: comparando las viñetas que aquí conforman este alocado relato que empieza, como solía ser habitual en las historias por él y Greg ideadas, de la forma más absurda posible, con aquellas con las que un dibujante en ciernes ilustraba para ‘El tanque’ —la primera historia a la que puso voluntad y talento incipiente en 1946— las diferencias que encontramos son de esas capaces de dejarnos con la boca abierta, pasando en dicho periodo de tiempo de artista resultón que conoce pero no maneja con soltura los mecanismos del arte secuencial a catedrático que imparte lecciones con cada batir de página, y que, en lo que a Spirou se refiere, ha tocado techo.

Publicada a lo largo de dos años debido a una enfermedad que lo obligó a apartarse de sus obligaciones para con el botones, lo que aquí desarrolla Franquin está a tal nivel que, quizá consciente de ello, o por mero agotamiento, está será la antepenúltima historia que el artista belga regalará a los seguidores del personaje, cerrando su aportación a Spirou, Fantasio, el Marsupilami, el Conde de Champignac, Zorglub, Seccotine y tantos otros personajes, con dos relatos cortos que, espectaculares desde un punto de vista gráfico, ya denotan cierto agotamiento de fórmulas.

Un agotamiento que en ‘QRN en Bretzelburg’ no aparece por ninguna parte, ni siquiera en las planchas que Franquin dibujó bajo los efectos de la dolencia que le impediría dibujar —al menos, al ritmo al que lo venía haciendo, ya que Hughes se refiere a él en un momento dado de los comentarios como una “máquina de dibujar”—, y que, como consecuencia, se traduce en todo un dechado de virtudes visuales de entre las que servidor destacaría aquellas que siempre le han encandilado del maestro: su capacidad para dotar de suma expresividad a los personajes, el gusto por el detalle y la precisa forma en la que siempre dibujaba los “cachivaches” que inundaban sus viñetas y, por supuesto, esa sublime fluidez con la que todo transcurría en sus historias.

Fijáos. No tenía nada que decir y con este van ya cuaatro párrafos. Y es que escribir sobre Franquin es arrancar y no parar. Pero mejor lo dejamos aquí, os recomendamos encarecidamente la adquisición de esta segunda joya que Dib-buks ha puesto a nuestra disposición por aquello de que está llamada a engalanar cualquier tebeoteca y os instamos a las muchas palabras, líneas y párrafos que habremos de dedicarle de forma obligada a ese inminente primer integral del Spirou del artista que la editorial madrileña pretende poner en circulación antes de que el año toque a su fin.

QRN en Bretzelburg

  • Autores: André Franquin
  • Editorial: Dib-buks
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 136 páginas
  • Precio: 23,75 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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