‘El olor de los muchachos voraces’, el western según Peeters

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Abrir un álbum de Frederik Peeters es siempre garante de una experiencia como poco fascinante. Da igual que la historia en cuestión sea una de ciencia-ficción, un drama autobiográfico, un relato de corte policíaco o, como es el caso, un western de todo menos típico que, al menos en lo que respecta a la labor del autor suizo a los lápices, lo que vamos a encontrarnos es de una calidad suma incuestionable. Las armas gráficas que maneja Peeters tiempo ha dejaron claro que si es considerado como uno de los mejores artistas europeos del momento no es debido a una extraña alineación de las loas de cierto sector de la crítica, sino que está dónde está por derecho propio y por ser poseedor de una de las voces más singulares de cuantas podemos hallar en el abotargado mundillo del cómic del viejo mundo.

Como decía, ‘El olor de los muchachos voraces’ no es una excepción y, desde un punto de vista estrictamente gráfico, a lo que podemos asomarnos en estas 112 páginas es a todo un dechado de sobresalientes virtudes narrativas enmarcadas, por supuesto, en el muy reconocible estilo de un autor que, como ya pasara con su última y magistral obra, la sublime ‘Aama’, opta de nuevo por aportar ese matiz diferenciador que es el color. Un color que cada vez que ha hecho aparición en la tebeografía de Peeters —y lo ha hecho en ‘Koma’, ‘Paquidermo’, ‘RG’ y ‘Aama’— ha supuesto un espectacular salto cualitativo dado el asombroso manejo que el artista hace de la escala cromática. No me malinterpretéis, no quiero decir con esta afirmación que, bien ‘Píldoras azules’, bien ‘Lupus’, se hubieran beneficiado del coloreado que podemos encontrar en los citados títulos, pero sí que, en ellos, el color juega un papel fundamental en añadir matices a una lectura ya de por sí caleidoscópica como pocas. Con todo, si uno observa con detenimiento las páginas de la obra que hoy ocupa nuestro tiempo, podrá apreciar el enorme grado de definición de los lápices y tintas hasta el punto de, en un ejercicio de abstracción, ser capaz de imaginar cómo habrían quedado las planchas de haber optado el suizo por no colorearlas —algo que, quien quiera, puede hacer de forma directa adquiriendo la edición de lujo francesa, carente de color.

Caracterizados a sus personajes con la extrema habilidad que siempre ha demostrado, resulta curioso que el guión de Loo Hui Phang entronque de forma tan íntima con las filias hacia los terrenos del surrealismo y la lisergia que han caracterizado hasta la fecha a las mejores obras de Peeters. Curioso y de una elocuencia tremenda por cuanto, al hablar en un idioma similar, la presencia de la escritora queda invisibilizada en aras de respaldar de la forma más efectiva posible el discurso visual de su compañero. Y a fe mía que lo consigue: acercándose al singular triángulo formado por un fotográfo de oscuro pasado, un empresario que quiere hacerse de oro explotando territorios inexplorados y un joven con mucho que ocultar, que Phang opte por una ambientación de western para la historia, confiere al conjunto una personalidad magnética que nos atrapa como la lente de la cámara hace con la realidad que observa. El resultado, como digo, son más de 100 páginas de auténtico goce que cuentan con un espectacular clímax de esos que se quedan grabados en la memoria durante largo tiempo. Y me repito, Frederik Peeters es un GRANDE; ‘El olor de los muchachos voraces’ es una prueba más de ello.

El olor de los muchachos voraces

  • Autores: Frederik Peeters & Loo Hui Phang
  • Editorial: Astiberri
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 112 páginas
  • Precio: 20,90 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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