‘Blade Runner 2049’, fría perfección

Comenzar hablando aquí de expectación sería quedarse muy cortos. A fin de cuentas, estamos ante la secuela de ‘Blade Runner’ (id, Ridley Scott, 1982), puntal incontestable de la ciencia-ficción cinematográfica y uno de los mejores, más fascinantes e hipnóticos filmes que nos dejó la década de los ochenta. Un filme que a lo largo de los 35 años que han transcurrido desde su estreno no ha hecho sino ser pasado por multitud de diversos microscopios para ir desvelando sus múltiples capas de mensajes, ganando incontables adeptos que, recitando de memoria el monólogo de Rutger Hauer con el que el personaje de Roy Batty se despide, lo han elevado a una categoría que ya trasciende la mera “película de culto”. Por todas estas razones, y por muchas más que harían de esta entrada una aproximación a la cinta original y no una a su secuela, es por lo que, como decía al comienzo del párrafo, no puedo hablar de expectación a secas cuando, por mucho que me chocara sobremanera el anuncio del proyecto, al saberse los implicados en él fueron de diversa entidad los escalofríos que recorrieron mi espalda.

Que Ridley Scott respaldara la secuela no era, seamos francos, garante de nada; y ahí están para demostrar el porqué de tamaña afirmación esos dos horrendas precuelas de ‘Alien, el octavo pasajero’ (‘Alien’, Ridley Scott, 1979) que son ‘Prometheus’ (id, Ridley Scott, 2012) y ‘Alien Covenant’ (id, Ridley Scott, 2017), sendos filmes de enfoque completamente erróneo y resultados que abrazan el término bochornoso en toda su magnitud. Dejando pues al cineasta a un lado, eran otros nombres los que hacían que las nimias expectativas para con ‘Blade Runner 2049’ (id, Dennis Villeneuve, 2017) crecieran de manera desmesurada.

Para empezar, el de Hampton Fancher, guionista de la cinta original junto a David Peoples, y aparente escaparate del nivel de compromiso de los responsables de la secuela para con su antecesora. Para continuar, el que Harrison Ford repitiera como Deckard por mucho que la acción se desarrolle treinta años más tarde y se hubiera podido prescindir de él. Y para terminar, la guinda del pastel, contar en la dirección con Dennis Villeneuve, responsable de la mejor película del año pasado y uno de los más fascinantes cineastas actuales.

¿Qué podía fallar cuando se daban cita tantos factores que parecían querer empujar a ‘Blade Runner 2049’ a convertirse en firme contendiente a batir la afirmación de “segundas partes nunca fueron buenas”? Pues, lamentablemente, lo que muchos no habríamos querido que fallara: el guión. De hecho, es sobre el libreto sobre lo que más cabría departir dado el espléndido o genial comportamiento que la cinta atesora en sus demás apartados artísticos y técnicos. Apartados con los que, debido a ser el trabajo de Fancher y Michael Green centro de constantes frustraciones a lo largo de la proyección, cerraremos esta entrada bajo el ánimo de no finalizarla dejando un regusto amargo.

De entre las muchas cosas que cabría achacar al funcionamiento del libreto de Fancher y Green, creo que las dos principales son la completa falta de credibilidad que sustenta el McGuffin sobre el que se ha levantado todo el trasunto de esta segunda parte y la linealidad que acusa un conjunto que, por más que se esfuerza, no consigue sorprender, viéndose a la legua el giro que articula el paso del segundo al tercer acto. Y si bien éste último tiene mucho que ver con la capacidad de cada espectador de anticiparse a los acontecimientos, es el primero el que, personalmente, más llegó a molestar a este redactor: entiendo la voluntad de querer que el personaje de Deckard formara parte de la trama pero, ¿en serio había que echar mano de un recurso tan surrealista como el que aquí se usa? ¿No había ninguna otra manera de implicar al antiguo Blade Runner en la investigación de aquél que interpreta Ryan Gosling?

Y no sólo eso, es que puestos a bucear en aguas más profundas, el resorte que aquí articula todo el metraje, y que uno de los personajes tacha de “milagro” bien temprano en la proyección, se aparta tanto del terreno de la ciencia-ficción para entrar en lo directamente fantástico que, al hacerlo, hiere de gravedad al discurso pseudo-filósofico y existencial con el que los guionistas pretenden dar continuidad al equivalente que pudimos ver por primera vez hace treinta y cinco años: carente pues de la solidez real de éste, los diálogos enigmáticos y huidizos de personajes como el de Jared Leto, el de su “ángel” o los que intercambia Gosling con algún que otro personaje, detentan una impostura tan artificiosa como disfuncional que saca al respetable a empellones de la experiencia que, en lo visual, nos regala la producción.

Herida pues de gravedad —que no de muerte, cuidado— quizás lo más disfrutable en lo que al guión compete es la descripción de ciertos personajes con ese K al que da vida Gosling y la Joi a la que interpreta Ana de Armas a la cabeza, el que parezca que no ha pasado el tiempo por un Deckard que se siente igual que aquél que conociéramos a principios de los ochenta y la somera pero precisa descripción que se hace de ese distópico mundo futuro que, continuista con el que ya nos encontrábamos en la cinta original, introduce aquí y allá ciertos factores que añaden una riqueza extraordinaria a lo imaginado por Fancher y Peoples para aquella lejana primera incursión en tan aciago tiempo por llegar.

Último “punto negro” de ‘Blade Runner 2049’ antes de arribar a su lado más “luminoso” es la “música” de Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch. Y si entrecomillo música es porque, al igual que ocurría con ‘Dunkerque’ (‘Dunkirk’, Christopher Nolan, 2017), resulta harto complicado poder afirmar que lo que los dos compositores enhebran es eso, música, cuando lo que nuestros oídos tienen que soportar durante la casi totalidad del metraje es, como decía un amigo el otro día, una “noisetrack” en toda regla que, para colmo, está montada de tal manera que en no pocas ocasiones ahoga por completo al resto del sonido del filme. De acuerdo, hay cierta voluntad en querer rescatar las sonoridades que hicieron tan característica a la composición de Vangelis para ‘Blade Runner’, pero la inteligencia del músico griego para aparecer sólo en los momentos estrictamente necesarios se sustituye aquí por una imposición sonora que, por momentos, es insufrible.

Con unos actores —todos— que ejecutan su labor de manera intachable; un diseño de producción alucinante que nos traslada de forma inequívoca al Los Ángeles hiperpoblado, sombrío y mega-tecnificado que ya vimos en 1982 y que resulta si cabe aún más fascinante; una fotografía asombrosa y unos efectos visuales limpios que nunca intentan robar protagonismo a la historia y que están puestos ahí al servicio de la misma, es en la dirección de Villeneuve donde ‘Blade Runner 2049’ alcanza sus mayores cotas de genialidad. Es evidente, al menos a ojos del que haya seguido la trayectoria del realizador canadiense, que el que así sea no es de extrañar, como tampoco lo es el que elegancia sea el término que mejor cualifica a lo que vemos en la gran pantalla: allí donde la historia no consigue atrapar o donde nos deja a medias, Villeneuve prorrumpe con argumentos de peso que nos convencen sin equívocos, y pasear la mirada por la pantalla del cine es un auténtico ejercicio de goce durante las tres horas menos cuarto de duración.

Sí, habéis leído bien, dos horas y cuarenta y cinco minutos son las que necesitan guionistas y director para narrar una historia que bien podría haberse quedado en dos horas pero que, paradójicamente, nunca se hace pesada ni larga por mucho que su avance sea lento y metódico. Acaso en dicho logro esté la mano firme de su director, el que por mucho que podamos anticiparnos a ella, el discurrir de la trama nos resulte interesante o, qué duda cabe, el que queramos a toda costa que la continuación de uno de nuestros títulos favoritos del género no sea un ejercicio inservible. No lo es pero, al menos por el momento —firme es mi creencia en que es esta una película que mejorará con el tiempo y las revisiones—, se queda muy lejos del original.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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