‘Wonder Woman. Año uno’, prodigio visual

Creo que, tras haberle dedicado dos reseñas a ‘Black Magick‘ en las que no pude más que deshacerme en constantes elogios hacia lo que Nicola Scott planteaba en unas páginas sublimes, podría parecer que cualquier halago que dirigiera ahora aquí hacia el trabajo de la artista no sería más que mera redundancia, y no sería así. Más que nada porque hay una sutil diferencia que hace que lo que Scott llevó a cabo en el arranque de las aventuras de Diana después del ‘Renacimiento’ del Universo DC, sobresalga aún más de lo que veíamos en la serie de Image: el color de Romulo Fajardo. Bien es cierto que —y hablo de memoria—, cuando repasábamos la serie de magia decíamos que el trabajo de Scott con los grises y las breves acotaciones de color aquí y allá eran tan espectaculares, pero eso no quita para que, cuando en esos mismos lápices vemos aplicado un color como el que aquí trabaja Fajardo, nos dejemos maravillar por la forma en que el arte de la australiana explota con insusitada fuerza, reforzando la asombrosa paleta cromática los valores narrativos y la delicadeza expresiva inherente a los maravillosos trazos que dibujan a la princesa de Themyscira, a Steve Trevor, a Etta o a Barbara Ann, la futura Cheetah. ¿Futura? ¿Cómo que futura? ¿Pero Cheetah no estaba saliendo en los números de la serie que dibujó Liam Sharp? Exacto. De ahí que lo que ECC recoge en este volumen reciba la denominación de ‘Año Uno‘.

Ya lo dijimos en su momento cuando revisamos ‘Wonder Woman. Las mentiras‘: la idea de Greg Rucka cuando arranca con la breve etapa de 25 números que volvería a reunirle con la amazona, fue escindir la serie en dos mitades que terminarían confluyendo. Una primera, en los números impares, que narraría acontecimientos del «presente», con Wonder Woman desesperada por encontrar Themyscira y una segunda, en los números pares, que reinventaría el origen de la hija de Hipólita manteniendo ciertas constantes como la llegada de Trevor a la isla, pero alteraría otros tantos para fijar un nuevo cimiento del personaje. Y esos números, los 2, 4, 6, 9, 10, 12 y 14, son los que podemos hallar en un volumen que no tiene desperdicio se le mire por dónde se le mire.

Y no es ya por la magnificiencia del arte de Scott —e, insisto, el color de Fajardo— sino porque en esa reformulación a la que Rucka somete al origen de Wonder Woman, el guionista imprime ciertas cualidades al mismo que hacen que, en cierto modo, dejemos de mirar al estándar de George Pérez como el patrón a seguir. A fin de cuentas, lo que el artista hizo hace más de treinta años ya ha conocido suficiente vigencia y que sean ahora estos números los que muestren el camino a seguir habla de la enorme validez de las ideas de Rucka y de la manera en que, respetando ciertos tropos indisolubles de la idiosincrasia del tercio femenino del panteón de DC, ha conseguido modernizar otros para dar otro empuje de perpetuidad a tan longeva creación. Lástima que, en contraposición a esta mitad, la que tuvo lugar en el «presente» no estuviera tan a la altura, y que, cuando ambas se encontraron, la conclusión no cerrara como muchos hubiéramos querido. Pero eso, si acaso, lo dejamos para cuando tengamos que enfrentarnos a la reseña del volumen que rematará faena.

Wonder Woman. Año uno

  • Autores: Greg Rucka y Nicola Scott
  • Editorial: ECC Ediciones
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 168 páginas
  • Precio: 18,95 euros en

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