‘Brindille’, tan bella, que duele

Me encanta viajar. Y hacer turismo cultural, aún más. Es más, dentro de mi concepción de lo que significa un viaje, jamás he considerado invertir tiempo y dinero en trasladarme a uno de esos entornos paradisiacos en los que sólo ver arena, mar y mojitos. Soy un tipo mucho más cosmopolita y mis desplazamientos siempre se alinean con ver mucha arquitectura y, por supuesto, cuantos más museos, mejor. Tanto es así, que siempre me ha llamado mucho la atención qué tiene que sentirse si se padece Síndrome de Stendhal y uno no puede soportar físicamente la belleza que se encierra entre las paredes de las mejores pinacotecas del mundo: que pasear por las «avenidas» del Louvre, por las calles de Roma o por las salas del British Museum pueda provocar síntomas como fatiga y cansancio, elevación del ritmo cardiaco, ahogo y presión en el pecho, sudoración, sensación de desorientación, mareos y visión borrosa, emociones extremas de alegría o tristeza, alteraciones en el pensamiento, como delirios o alucinaciones o incluso ansiedad y sensación de estrés descontrolado es algo que no le deseo a nadie pero que, en muy pequeña medida, cabría ser encontrado en las páginas de ‘Brindille‘.

Ya sabíamos que Federico Bertolucci era poseedor de un talento sobrenatural para el dibujo —y quién no haya tenido el gustazo de asomarse a cualquiera de los álbumes de ‘Love’, no sabe lo que se está perdiendo—, y que su delicadeza, formas gráficas, sentido del color y capacidad para generar ambientes evocadores tenía muy pocos parangones en el panorama europeo actual. Pero, incluso sabiéndolo, cualquier plancha de las que acompañaban a las silentes historias de animales que conforman la citada serie ‘Love’ no podía prepararnos para lo que el artista nos tiene reservado en este relato de hadas que, a nivel visual, tal y como reza el titular, es tan bello, TAN ARREBATADORAMENTE BELLO, que duele. Pero, cuidado, es un dolor que hay que diseccionar en dos vías que no precisamente concurren en lograr una sensación unívoca y clara que marque a fuego la lectura.

Porque, de una parte, ese dolor es una punzada agradable, una pequeña muerte orgásmica cargada de poesía, de magia, de pureza y ensueño, que, dimanando a raudales del dibujo de Bertolucci, nos inunda cada bastoncillo ocular de nuestro órgano visual, y abotarga nuestra razón hasta llevarla a un estado de enajenación perfumada por el aroma de la tinta que rezuma de las páginas. Pero, ay, entonces, cuando llevados por ese estado de embriaguez, nuestro sentido de la realidad intenta abrirse paso para ir captando los derroteros por los que discurre la historia, entonces es cuando un abismo prorrumpe ante nuestro flotar. Y es que, queridos lectores, todo lo que ‘Brindille’ ofrece a manos llenas en un sentido, nos lo arrebata inmisericorde en el otro, y nada, o casi nada hay en el relato que urde Frédéric Brrémaud que sea capaz de justificar nuestras loas: lleno de agujeros, de decisiones porque sí, de saltos incomprensibles, de artificios huecos y de soluciones que no llevan a ninguna parte, el guión del francés no es capaz de reconciliar su alto grado de nadería con lo sublime del artesonado de tinta y color que levanta su compañero.

Y así, erigida en criatura bicéfala, ‘Brindille’ se queda finalmente en tierra de nadie y la edición de Nuevo Nueve, exquisita como ella sola —estampado en cubierta, papel de altísimo gramaje, páginas extra, cuidada impresión…— se alza firme como un catálogo de ilustraciones, de las más hermosas que uno pueda imaginar, pero de ilustraciones vacías de contenido, a fin de cuentas. Lo dicho, duele…

Brindille

  • Autores: Frédéric Brrémaud y Federico Bertolucci
  • Editorial: Nuevo Nueve
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 192 páginas
  • Precio:25 euros

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