‘Petrichor’, ¿a qué juegan las nubes?

Hasta el momento, en lo que llevamos del año, nuestra apuesta semanal por acercaros propuestas diversas del mundo de los juegos de mesa se ha saldado con un considerable puñado de títulos que demuestran, ante todo, la inmensa variedad que encierra el universo lúdico. Así de memoria, y sin tirar de consultar la página, ha habido lugar para aventuras de piratas; duelos entre dragones legendarios; luchas por hacer crecer nuestros árboles por encima de los de nuestros contrincantes; pugnas por el control del petróleo mundial; un FPS en versión tablero; conquistas espaciales; gestión de puertos; riñas de parejas; diseño de decoraciones cerámicas; lograr ser la mejor tribu del imperio Maya; montarse a lomos de una bicicleta; reproducir la joya del Al-Andalus; esconder el anillo único de la amenaza de los Nazgul… todo ello, y mucho más, sin salir de los cuatro lados de la mesa de juego.

Pocas ofertas de entretenimiento que nos permitan socializar como lo hacen los juegos de mesa pueden presumir de otorgar la capacidad de ponerse en tan distintos pellejos. Y, como muestra de lo distinto, hoy os ofrecemos ‘Petrichor’, un título de Mighty Boards que se financió en Kickstarter entre abril y mayo del pasado 2017; que fue respaldado por casi 2.300 personas con más de 130.000 dólares; que llegó a los mecenas a principios de marzo de este año, tres meses después de la fecha inicialmente prevista por los responsables del proyecto —ya os dijimos en los artículos dedicados a la página de micromecenazgo que los retrasos eran algo muy, pero que muy habitual en los proyectos de juegos— y que pone a los jugadores en la extraña tesitura de convertirse en una suerte de señores de la meteorología que deben manipular a su mejor conveniencia las nubes y el clima para intentar que el agua de las primeras sea la mayoritaria en los campos y las plantas que van creciendo durante la partida. Curioso, ¿verdad?

Como muchas de las propuestas que a lo largo de estos últimos años han llamado la atención de este redactor desde las filas de Kickstarter, ‘Petrichor’ destaca, en primera instancia, por su bellísimo acabado formal: minimalista y con unas ilustraciones de una sensibilidad soberbia, el juego de David Chircop, David Turczi y Daniela Attard —la encargada de los dibujos— engalana cualquier mesa sobre la que se disponga con unos componentes entre los que destacan, qué duda cabe, esas nubes en forma de cestas que iremos moviendo de posición en posición sobre los campos y en las que iremos colocando nuestras gotas de lluvia.

A lo largo de 4 o 6 rondas —dependiendo de si optamos por el modo corto o largo de juego— los jugadores de ‘Petrichor’ —que es el término usado para designar el agradable olor a tierra mojada tras una lluvia— tratarán de obtener el mayor número de puntos de victoria, unos puntos que se otorgan de manera mayoritaria durante la fase de cosecha de cada una de las citadas rondas y que también pueden conseguirse manipulando los dados de cosecha o al final de la partida dependiendo de ciertos votos y de los contadores de trigo que hayamos acumulado.

Cuatro son las fases que conforman cada ronda de ‘Petrichor’, a saber: fase de acción, fase de tiempo meteorológico, fase de cosecha y la típica fase de limpieza y preparación de la siguiente ronda. En la primera, debemos elegir entre dos opciones, jugar cartas de nuestra mano, o pasar. Si hacemos lo segundo, dependiendo del número de jugadores, se disparará de una manera u otra el final de ronda. Si hacemos lo primero, jugaremos y nos descartaremos de una carta, bien para realizar la acción correspondiente —acciones que tienen que ver con el frío, el calor, el viento y la lluvia y como dichos efectos inciden en las nubes y las gotas de lluvia que llevan consigo— bien para votar sobre el clima, representado por el centro del tablero y parte fundamental de la carga estratégica del juego.

Al mover las nubes, podremos generar efectos de mezcla de las mismas, lo que dará lugar a que dos nubes ligeras se conviertan en una de tormenta, o derramar las gotas de agua que portan, habiendo de medir muy bien cuando queremos que pase una cosa u otra ya que, recordemos, nuestro objetivo último es tratar de conseguir los puntos que se van obteniendo al hacer crecer las plantas sobre las que las nubes se van moviendo durante la partida. Evidente es, que no siempre depende de nosotros, y ahí ‘Petrichor’ abre una de las mejores vías de cuantas ofrece al jugador, el tener planteadas muy diversas estrategias de movimiento para contrarrestar aquellas que puedan pisarte tus contrincantes.

Trascendida la primera fase, es en la segunda donde se resuelven esos posibles votos que hayamos ido colocando sobre el círculo central de tiempo en las cuatro zonas que antes nombraba, y, como decía, es aquí donde habremos de intentado equilibrar los movimientos de las nubes para que, al resolverse el tiempo helado, soleado, lluvioso o ventoso, aquellas se transformen en nubes de tormenta, doblen su cantidad de agua, viertan todas las gotas sobre el campo en el que están o muevan las que ya han caído sobre alguna planta a otra del tablero, respectivamente.

Con la fase de cosecha teniendo lugar sólo si se cumplen ciertos condicionantes, ya sea que estamos en la última ronda, ya que los dados que antes nombrábamos muestren todos la misma cara, si algo es evidente durante el transcurso de una partida de ‘Petrichor’ eso es el tiempo que se ha invertido en hacer de este juego, no uno que tenga la temática perfectamente cosida a las mecánicas —algo que se descubre a los pocos minutos de partida—, sino uno que sorprenda, y lo haga muy gratamente, en virtud de una propuesta muy diferente a cualquier otra cosa que tengamos en la ludoteca por más que utilice mecánicas como el control de zona o la gestión de cartas tan usuales en este mundillo. ‘Petrichor’ logra de manera sobrada tal empresa y se convierte, así, en uno de los mejores juegos que hemos probado en lo que llevamos de año.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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