‘Le Havre’, Uwe de variedad

Bien metidos ya en la campaña, y aunque mis sensaciones siguen siendo más o menos similares a las que me llevaron a colocarlo en el segundo puesto de los mejores juegos de 2017, no puedo dejar de lamentar que ‘Charterstone’ incurra en algo que a mis compañeros les está empezando a pesar sobremanera y que, de no venir acompañado por disquisiciones que lo hacen tremendamente entretenido, sería determinante para una valoración algo negativa de cualquier propuesta lúdica: su monotonía, su poca variedad en cuanto a mecánicas y el que cada nueva partida se convierta en un espacio de tiempo que discurre, si así se quiere, casi en piloto automático.

Como buen amante de los eurogames —y de los euros duros, cabría apostillar— si hay algo que valoro en un juego es que plantee un reto constante durante un buen porcentaje de cada partida, demandando toda tú atención y obligándote incluso a entrar en barrena con el temido análisis parálisis, ese término tan recurrente en este mundillo que hace referencia al instante en que llega tu turno y, por tratar de optimizar al máximo lo que vas a llevar a cabo en él, congela momentáneamente tu capacidad de discurrir con fluidez ante la vastedad de opciones que se abren delante tuya. No quiere esto decir, ni mucho menos, que sea de esos jugones que, de no encontrar dicha cualidad en un título, lo rechacen de pleno, digamos más bien que, si aparece, lo agradezco como valor añadido siempre y cuando no provoque que una partida se convierta en un infierno eterno.

Digresión con toda la intención, lo que los dos párrafos anteriores quieren venir a decir, en pocas palabras, es que si hay un autor que jamás, JAMÁS, me ha defraudado con ninguno de sus títulos, sean de la ligereza o profundidad que sean, ese es Uwe Rosenberg. Ya estemos hablando del ‘Patchwork’ o del ‘Bohnanza’, ya lo hagamos de ese emblema de la vertiente más sesuda del mundo lúdico que es el ‘Agrícola’ o de las variaciones sobre tan ejemplar modelo que suponen los geniales ‘Caverna’ o ‘El banquete de Odín’, el diseñador teutón siempre se las apaña para dejarme completamente extasiado con todo aquello que lleve su nombre y, claro está, ‘Le Havre’ no es una excepción.

Descatalogado desde que la segunda edición en español de Homoludicus desapareciera de las estanterías de las tiendas especializadas al mismo tiempo que el sello, es de celebrar que haya sido ‘Le Havre’ el título elegido por Maldito Games para abrir fuego en un año que verá rescatados por parte de la editorial sevillana otros puntos cardinales imprescindibles del sr. Rosenberg como ‘A las puertas de Loyang’, ‘Glass Road’ o ‘Fields of Arle’, títulos todos a los que el apelativo de imprescindibles se ajusta como anillo al dedo pero que se quedan un paso por detrás de trascenderlo como sí lo hace esta enorme propuesta que el alemán nos hizo llegar en 2008, sólo un año después de sorprender al mundo jugón con el citado ‘Agrícola’, un título éste que, una década más tarde, aún sigue estando entre los veinte mejores juegos de todos los tiempos según la BGG.

Pero no estamos hoy aquí para cantar las alabanzas del ‘Agrícola’ —ni para entrar a arremeter contra la política de simplificación que el juego ha sufrido en sus últimas ediciones— sino para hacer lo propio sobre ‘Le Havre’, una simulación económica compleja de esas que tanto gustan a Rosenberg y que, ambientada en el famoso puerto francés, nos convierte en empresarios navieros cuyo objetivo es llegar a hacer de su zona del puerto y de su flota de barcos, una compañía imparable. Para ello, como ya sucedía en el ‘Agrícola’, lo que el autor nos propone es un mecanismo por turnos muy simple que abre una miriada de opciones dispuestas a abotargar al más veterano de los jugones.

Estructurado en dos modos de juego, cuya diferencia fundamental —al margen de otras más pequeñas— es la duración sobre la que se extiende la partida, cada ronda de ‘Le Havre’ cuenta siempre, independientemente del número de jugadores, de siete turnos en los que tenemos una acción de suministro y una principal que se divide en dos opciones. La de suministro consiste simplemente en ir rellenando las diferentes localizaciones —aquí llamadas casillas de oferta— con un contador de dos recursos diferentes. Las principales, que son —como imaginaréis, las que abren ese mundo de alternativas para alcanzar la victoria— varían entre tomar todos los recursos de una de las diferentes localizaciones o usar a nuestro único trabajador para colocarlo en una carta y, o bien construirla, o bien aprovecharnos del beneficio que nos proporciona. Al margen de éstas, el juego nos ofrece también la posibilidad de, durante nuestro turno, comprar una o más cartas —pagando su coste en monedas en lugar de construirla con recursos— o venderlas por la mitad del coste.

Con este esquema básico, y sabiendo que cada siete turnos, esto es, al final de cada ronda, se ha de resolver una carta en la que Rosenberg rescata el temido mecanismo de alimentar a nuestros trabajadores que ya utilizara en ‘Agrícola’ —aunque, aclaro ya, aquí no resulta tan complicado ni estresante lograrlo—, es como decía en la adquisición o construcción de las muy distintas cartas a las que tenemos acceso donde ‘Le Havre’ se engrandece en cuanto a qué estrategias hilvanar para, tomando éstos o aquellos recursos, acceder a unas u otras. Entre las disponibles resultan fundamentales, no cabe duda, los barcos, que suman cuantiosos puntos al final del juego y sustraen, en el transcurso del mismo, enteros de la cuota de alimentos que hemos de abonar.

Añadido espléndido a esa grandeza a la que el título de Rosenberg accede sin despeinarse es el que todos los recursos —todos menos el dinero— tengan dos caras: la básica y la transformada. Esta idea, que el autor reutilizará posteriormente, hace que a la hora de ir adquiriendo cartas, tengamos que estar muy pendientes de cuáles de las tres que siempre hay disponibles son las que más se ajustan a nuestra estrategia a largo plazo por cuanto, llegado el momento, si queremos hacernos de los barcos que nos otorgan mayor puntuación, tendremos que contar con la posibilidad de convertir la arcilla en ladrillos o el carbón en coque para generar más cantidad de energía.

La manera en que dicha idea de duplicidad en los contadores de recursos añade realismo a un juego que resulta imposible separar de su temática, hace que la experiencia de jugar a ‘Le Havre’ sea una de esas que uno está esperando repetir a la mayor brevedad posible en cuanto termina una partida. Y eso que estamos hablando de que, si os vais al modo de juego completo, el tiempo sentado a mesa se puede extender sin problemas hasta las tres horas. 180 minutos que pasan volando y en los que, si algo queda bien claro, es que pocos autores hay como Uwe Rosenberg para hacer de una propuesta lúdica un ejercicio de variedad perpetua que ignore el concepto monotonía o tedio por muchas veces que puedas acercarte a él.

Dentro de la caja

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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