Firma invitada: Mario Amadas y las memorias de Asimov

Lo primero que sorprende al leer las memorias de Isaac Asimov, si no se sabe ya, es que el hombre estaba enamorado de sí mismo. Una verdadera historia de amor, la de este tipo. Pongamos ejemplos del romance: en el primer capítulo nos dice que, 1), fue un niño prodigio; 2), que tiene una memoria privilegiada; y, 3), que tiene una “mentalidad superior”. Esto en el primero de 166 capítulos. Por desgracia, Isaac Asimov no es un gran escritor. Cosa que él sabía y, cosa rara, admitía. Descreía de la falsa modestia, y descreía de ella con militancia. Eso tiene una cualidad: cuando reconoce algún defecto, algún fallo de su personalidad, alguna mella en su talento, suena a verdad. Al lado de tanto y tan desmedido autoelogio, la autocrítica es balsámica y tiene la textura y la convicción de lo creíble. Resulta conmovedor ver la modestia con la que admite que en sus memorias, como en su vida, “no está pasando nada”.

Sus memorias -‘Yo, Asimov’-, se componen de pequeños capítulos, cada uno de los cuales representa un aspecto importante de su vida profesional o personal. Hay un orden cronológico más o menos estricto en sus memorias. A veces, en algunos capítulos, se ve obligado a retroceder unas décadas para aclarar un aspecto relevante de lo que narra en tiempo presente, pero en general sigue el orden de su vida tal como ha sido, desde su nacimiento en Rusia hasta su definitivo asentamiento en Manhattan. De todos modos, la estructura que da forma y sentido a las casi seiscientas páginas del libro es su propio ego. Ese es el tronco principal de su historia; de ahí se ramifica todo lo demás. Sin embargo, ello no le impide reconocer que Harlan Ellison o Alfred Bester son, en su opinión (que no en la mía), mejores escritores que él. O que nunca será considerado un gran escritor.

En este sentido resulta un poco contradictorio que tenga un estilo tan prosaico y, como dice él, “coloquial”. Cuando algunos críticos le acusan de no tener estilo, responde: “Si alguien cree (…) que es fácil escribir con absoluta claridad y sin florituras, recomiendo que lo intenten”. Aunque no es la primera vez que se usa este argumento para desautorizar la voz del crítico en este sentido, estoy completamente de acuerdo con él. (De hecho, creo que es mucho más fácil ser difícil que fácil, complicado que sencillo). Un ego de esas dimensiones podría estar engarzando frases horribles, que resonaran como maracas, creyendo que son poesía absoluta, y no. En eso me gusta Asimov. La suya es una literatura ligera, entretenida y agradable de leer, superficial y cristalina. Porque así la quería.

Al principio de sus memorias Asimov describe los primeros pasos del escritor novel, las tentativas y las opciones que tenía como escritor de ciencia ficción, enviando sus primeros cuentos a las revistas especializadas, con sus frustraciones y sus logros. De esta manera ofrece un buen retrato de la edad de oro de la ciencia ficción (años treinta y cuarenta). Y traza una línea cronológica del género, cuyo inicio sitúa en Julio Verne, que es ilustrativa de su concepción de la historia de la ciencia ficción: nace con Julio Verne, pasa por H. G. Wells, y luego vienen todos los demás. Aquí ofrece una interpretación interesante: estos autores alumbran el género con sus novelas, luego se consolida en forma de cuentos, para, después, volver a destacar en forma de novela. Y así es. Las revistas como Astounding dieron pie a una de las peculiaridades más sintomáticas del género: los lectores podían enviar sus cuentos y, en la sección de cartas del lector, entablar conversaciones y verdaderos debates sobre la calidad de los textos publicados. En ocasiones, dice Asimov, podían llegar a darse encuentros entre los lectores, dado que en la sección aparecían las señas personales de cada participante. (Prefigura la era de internet y las temibles secciones de comentarios de la blogosfera). Y es aquí, gracias a esa tendencia del género al microcosmos de afinidades y entusiasmos compartidos, al llamado fandom, donde se dan a conocer la mayoría de los escritores del género de los años cuarenta y cincuenta. En las revistas pulp de la época, con sus cuentos. Que cobraban, por cierto.

He dicho que, pese a su megalomanía, era capaz de admitir que existían otros escritores mejores que él. En cambio, donde sí era incapaz de disimular su soberbia es en el desprecio intelectual que sentía por los críticos. Pero si hubiera escuchado lo que le decían, si, con un poquito de humildad, hubiera abierto las puertas a las opiniones ajenas, quizá habría sabido reconvertirse como escritor en lugar de escribir, como él mismo admite con la prepotencia del que anda un poco despistado, como en los años cuarenta en plena década de los noventa. La columna vertebral de toda su literatura es una técnica literaria la mar de simple: el diálogo. Y aquí no hay diálogos entrecruzados entre narradores omniscientes y personajes, ni interrupciones, ni segundas personas ni cualquier otra incursión en una narrativa que podríamos considerar de vanguardia. No. Son diálogos simples. Entre hombres. Página tras página.

Dice Asimov que le gustan los espacios cerrados. Que padece “claustrofilia”. De ahí quizá le venga el entusiasmo por los modelos literarios reducidos, por las estructuras limitadas, por esos escenarios conocidos y acolchados por los que se movía con naturalidad. Adentrarse en la exploración literaria supondría un enfrentamiento directo con su claustrofilia. Eso explicaría, yo creo, su inamovible concepción de la escritura.
Sorprende también ver que sus simpatías viraban siempre hacia la izquierda, hacia el ateísmo, hacia la solidaridad y la comunión entre humanos. Y que el dinero no era lo que más le importaba ni el principal objetivo de su vocación literaria (cosa que sería la mar de lícita), y que tenía un corazón generoso. Alguien tan ególatra podría enrocarse en una actitud más conservadora y elitista, pero no es el caso. Hablando del Estado de Israel, de por qué no ha ido nunca, pese a ser judío, y de por qué eso no le causa ningún problema, escribe: “!No hay naciones! Sólo existe la humanidad”. Este Asimov me gusta.

Lo tercero que sorprende, o que me ha sorprendido a mí, es el involuntario retrato que hace de la vida de un joven en la Gran Depresión. Inquieta ver lo mucho que se parecen sus testimonios con los de cualquiera de nosotros, que hemos vivido, o estamos viviendo, la crisis económica y laboral que asola todas nuestras expectativas de encontrar un trabajo digno, un trabajo acorde a nuestras ilusiones. Asimov es consciente de ello y sus miedos de encontrar trabajo, a finales de los años treinta, es decir, diez años después del crack, son exactamente los mismos que los nuestros. Habla de gente “traumatizada de por vida” por la crisis económica. Su vida, que va de los años veinte a los noventa del siglo pasado, podría haber dado pie a describir el avance histórico y social del mundo, pero no lo hace. Apenas menciona la guerra fría o la guerra de Vietnam, su ambición literaria lo relega todo a un segundo o tercer plano. Pero el tejido social que sí se ciñó a su recuerdo es el de la Gran Depresión. Con su miedo a no encontrar trabajo. Con la angustia de la precariedad pendiendo sobre él.

A estas alturas del relato no sé si uno se sorprenderá al ver que la nueva ola (cienciaficcionesca) de los años sesenta merece una sola mención, corta e insignificante, en 563 páginas de autobiografía. Una de las ambiciones de Asimov, una que le califica de Gran Lerdo, es que, consciente de que nunca sería una gran luminaria literaria, sí destacaría, al menos, como el escritor más prolífico de Estados Unidos, tal vez de todo el mundo. Errando el tiro por completo. Como si ser el autor de 451 libros fuera un mérito literario, si ni uno sólo de esos libros es realmente bueno. Asimov es autor de grandes páginas, de excelentes fragmentos de novelas, de notables cuentos. Y ya. Pero él, desde pequeño, tenía que destacar. Así que al final optó por destacar como escritor prolífico. Qué inteligencia podría valorar eso como mérito artístico es una pregunta que no se planteó nunca, deduzco, Isaac Asimov.

En cambio, sí plantea y nos deja claro que uno de los retos del escritor de ciencia ficción es el duro trabajo de carpintería que requiere la creación de esos mundos futuros. Lo reconoce: le cuesta más escribir ciencia ficción que ensayo o misterios porque, dice, crear mundos cienciaficciones es mucho más exigente. Es una buena foto del laboratorio de un escritor de ciencia ficción. Una defensa del rigor creativo e intelectual que requiere el género.

De Isaac Asimov habré leído algo más de mil páginas, cerca de mil quinientas, que es nada, en realidad. No he parado de pegarle palos, lo que podríamos considerar palos, al Buen Doctor, pero no todo es así. Si me encontrara ante una multitud de sonoros detractores asimovianos, les diría que la segunda parte de Fundación e imperio es una absoluta maravilla, algo que prefigura alguno de los mejores hallazgos de ‘Futurama’. Y que su personaje de El Mulo, también de esa segunda parte, es de lo mejor de la ciencia ficción pre años sesenta. Estuve meses, muchos meses después de leerla, con todo el imaginario de la novela presente en mi recuerdo. Aparte, introduce una cuña en el mundo cerrado de la Fundación. En un sistema cerrado de valores absolutos, de certezas objetivas e inmutables, de conocimientos incuestionables y definitivos, introduce una cuña que oxigena todo ese cuadro de comportamientos teledirigidos por una fe irracional (como todas las fes, por otra parte). Cuando peor me caía Asimov leyendo sus memorias, me repetía estos méritos para darme algo de consuelo. Repito que no es un gran escritor, porque no lo es, pero sí es autor de algunas páginas brillantes, de algunas visiones llenas de humanidad.

Pero volvamos a sus memorias. Prescindiendo, por un momento, de su personalidad, el libro consigue cautivarte. De escritura velocísima, encuentra el matiz sorprendente en los más nimios detalles, y la gente a la que retrata está siempre descrita con afecto, con calidez y cariño, sentimientos que sorprenden en alguien tan obcecado con sus propias hazañas. Presenta a sus amigos con una breve pero gráfica descripción física y personal, para luego ahondar en la relación que les une. Su fobia a volar, su nulo interés por los viajes, su pánico a las alturas y su aversión a los niños (pese a tener dos hijos), ayudan a crearse una idea algo más íntima de un escritor que se pierde entre la cantidad inabarcable de sus libros. Su imagen acaba por diluirse entre tanto y tan diverso libro, y ese autorretrato literario te lo acerca más, para que lo ames o lo odies.

A Mario Amadas lo podéis encontrar con cierta regularidad en Queridos Amigos, un blog tremendamente recomendable sobre literatura y cine.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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