‘El Hobbit’: Y Tolkien encontró su camino

El Hobbit, Edición Anotada

Mi compañero Albertini os contó cómo se inspiró Tolkien para escribir el Hobbit, con una cierta envidia de la riqueza mitológica que tenían los países del norte de Europa, y enfrentándose a la tarea de proporcionar a los anglosajones un tesoro de similar envergadura.

Pero el camino que siguió ‘El Hobbit’ hasta tener la forma con la que lo conocemos hoy día fue enrevesado, y de ida y vuelta. Lo que quizás no sepáis es que Tolkien realizó muchas y variadas reformas al texto de la primera edición, antes y después de escribir ‘El Señor de los Anillos’. Incluso las ediciones inglesa y americana tenían versiones distintas del texto.

Gustará a niños de cinco a nueve años

Cuando ‘El Hobbit’ estaba casi listo en su forma primigenia, pocos sabían de su existencia: sólo algunos Inklings, como C.S. Lewis, o como Elaine Griffiths, una antigua alumna del profesor Tolkien en Oxford. Fue Elaine la primera fan de la novela, y a la postre la precursora de que llegara a una editorial, Unwin & Allen.

Una amiga de Elaine, Susan Dagnall, llegó a Oxford para colaborar con ella en una traducción del Beowulf. Inmediatamente le recomendó que hablara con el profesor, gran experto en Beowulf, y que le pidiera prestado el manuscrito de una deliciosa novela. Susan se enamoró del texto de ‘El Hobbit’, que estaba incompleto.

Ella misma le dijo que la acabara para poder presentarla a los editores. Aparentemente, acababa tras la lucha con Smaug en Erebor. Así que Tolkien, animado por Elaine y Susan, completó su primera versión del texto, que es la que llegaría a Unwin & Allen, en octubre de 1936.

Stanley Unwin pensaba, con acierto, que los mejores jueces de literatura infantil son los niños. Tenía la costumbre de entregar a sus hijos los manuscritos destinados al público más joven, y les pagaba un chelín por cada reseña. Su hijo Rayner Unwin, que tenía diez años en aquella época, fue el primer crítico de ‘El Hobbit’.

El resultado fue un texto breve pero entusiasta y cargado hasta arriba de spoilers, que acaba diciendo que era muy bueno y que “gustará a niños de cinco a nueve años”. Animado por su hijo, Stanley Unwin decidió que había que publicarla.

El informe que Rayner Unwin escribió sobre El Hobbit

Primeras correcciones, antes de publicarse

Pero tras esta primera crítica, aún pasarían varios años hasta que ‘El Hobbit’ saliera de una imprenta. El nuevo escollo que se encontró fueron las ilustraciones que Tolkien había dibujado para que se incluyesen en la novela, entre las que se encontraba el famoso mapa de Thror. Según los editores, la propuesta de portada tenía demasiados colores como para que pudiera imprimirse, por lo que le pidieron a Tolkien que la rehiciera.

Fiel a su estilo, Tolkien no se conformó con rehacerla, sino que envió nuevas ilustraciones a sus editores. Y de paso algunos cambios en el texto, que obligaron a recomponer varias partes del libro.

En ese tiempo, la editorial americana Houghton Mifflin Company se había interesado también por la novela, aunque quería acompañar las ilustraciones monocromas de Tolkien con otras a color de un dibujante americano. Tolkien aceptó, pero bajo la curiosa condición de que:

[…] le fuera permitido vetar cualquier cosa que procediera de los estudios de Disney o que pareciera influida por Disney (he llegado a desarrollar un verdadero odio por toda su obra)

Finalmente, y por recomendación de Unwin & Allen, sólo se usaron ilustraciones de Tolkien. Para la segunda edición, el profesor había hecho revisiones a lo largo y ancho del texto. Sin duda, Tolkien era un perfeccionista barra quisquilloso de cuidado.

Ilustración de Lake Town incluida en la edición original

Bilbo miente al contar su historia

Hay un punto donde los cambios de Tolkien en ‘El Hobbit’ son especialmente significativos: la historia de cómo Bilbo obtiene el Anillo, en poder de Gollum. En la primera versión, era Gollum el que ofrecía el Anillo como premio en el concurso de adivinanzas, lo que no encaja demasiado bien con la importancia de este objeto en la historia posterior. Bilbo ya lo tenía en el bolsillo durante el concurso, y Gollum se sentía muy mal por no encontrar el premio y entregárselo.

Tolkien sabía que aquella redacción limitaba las posibilidades de ‘El Señor de los Anillos’ como obra, así que decidió reescribir casi por completo ‘Acertijos en la Oscuridad’, para tomar la forma con la que lo conocemos actualmente.

Pese a todo, añadió una nota en la introducción de ‘El Señor de los Anillos’, indicando que Bilbo había mentido a sus compañeros de aventura sobre cómo había conseguido el Anillo. Era perfecto y elegante: la influencia del poder del Anillo había forzado a Bilbo a contar la historia de tal forma que no parecía un ladrón, que había sido Gollum el que había propuesto el Anillo como premio.

Así, los lectores de la primera edición, que leían ‘El Hobbit’ como la narración de Bilbo de su propia aventura, sentían que habían sufrido la misma mentira que el hobbit había contado a los enanos, y ahora descubrían la verdad de cómo consiguió el Anillo.

John Ronald Reuel Tolkien

Con ‘El Hobbit’, Tolkien encuentra su camino

Hasta que Elaine y Susan no le animaron a entregar su manuscrito a una editorial, los entretenimientos narrativos de Tolkien sólo habían llegado a los Inklings y a sus hijos. Lo de inventar un idioma y luego pensar cómo sería la gente que lo hablaba habría sido un experimento privado. Gracias a esos ánimos, ‘El Hobbit’ vio la luz.

Pese al valor intrínseco de ‘El Hobbit’, hay que reconocer que su valor dentro de la literatura universal subió muchos puntos gracias a convertirse en el antecedente de la narración de la Guerra del Anillo. Pero de la misma forma hay que apreciar que, como si de su propio Gandalf se tratase, el éxito arrollador de ‘El Hobbit’ arrastró a Tolkien a embarcarse en una aventura que supuso dar forma a sus relatos. A caminar por la senda que le llevó a publicar ‘El Señor de los Anillos’.

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Alkar @bidorto

Vivo en las afueras de Málaga. El tiempo que me deja libre mi trabajo como analista acústico me gusta dedicarlo a la subcultura. No recuerdo cuando empecé a leer cómics pero por casa, en Jerez, siempre hubo tomos de Asterix y grapas de Mortadelo. Lo que realmente me abrió a la cultura alternativa fue una partida de Star Wars d6. Al poco estaba en la reunión inaugural del Club Dragom, en Jerez. Gracias a este grupo montamos varias jornadas y pude probar de todo: MERP, Rolemaster, Ragnarok, Runequest, AD&D, La Llamada de Cthulhu, Cyberpunk, Vampiro, Lobo, Mago, Fanhunter, Shadowrun, Mutantes en la sombra, Magic, Battletech, Mechwarrior, Warhammer… hasta ¡Niños!, El Juego de Rol de los Niños de Goma. En esa época me volví irremediablemente Tolkiendili, y adicto a la literatura épica y fantástica. Poco antes de mudarme a Málaga me presentaron a Pratchett, y comenzó la caza de ejemplares descatalogados en ferias de ocasión. Increíblemente, encontré a una malagueña que, sin ser rolera, comparte muchos de mis gustos y hace chistes sobre la Patrulla X. Aceptó casarse conmigo, aunque no me dejó cortar la tarta con Nársil. “Mola, pero es un muy grande. Quizás un sable de luz…”

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