‘Rapaces. Integral’, 20 años no son nada

Parece mentira que así sea, pero ya han pasado 20 años desde que Norma publicara por primera vez ‘Rapaces’ como parte de su legendaria línea CIMOC Extra Color. En estas dos décadas que han transcurrido desde que nos dejáramos seducir por las asombrosas y sensuales planchas de Enrico Marini, que de manera tan rápida y radical han cambiado nuestro mundo y, sobre todo, Internet, hemos pasado de una red de redes que no era más que un rincón para pasar el rato descubriendo «cosillas», a esa monstruosa, desproporcionada e inabarcable fuente de información imparable y constantemente mutable que es ahora la World Wide Web. Pero hay algo que no ha cambiado en estos cuatro lustros, la suma eficacia con la que nos sigue conquistando esta sugerente y brutal historia de vampiros ideada por Jean Dufaux.

En lo personal, ‘Rapaces’ fue, junto con el primer volumen de ‘Blacksad’ que llegaría dos años más tarde, uno de los primeros coqueteos que este redactor tuvo con el tebeo del viejo mundo. Hasta entonces, en los siete años que llevaba coleccionando cómics de manera seria, mi perspectiva tebeística se ceñía al manga y a los superhéroes americanos, y en esa platónica cueva de sombras no había lugar ni para cualquier propuesta europea ni, impensable, para lo que por aquél entonces ofrecía el tebeo español. Pero, claro está, el reclamo que suponía la portada del primer número de ‘Rapaces’ —el 162 de la citada CIMOC Extra Color— fue suficiente para que, no sin reparos, me acercara a ella en la tiempo ha desaparecida versión sevillana de Elektra cómics —¿o fue en la primera versión de Nostromo?— y, hojeándola brevemente, cayera rendido ante lo que, de manera fugaz, me transmitía el dibujo de Marini.

Ya en casa con el cómic, y sentado en la (in)comodidad de mi piso de estudiante, me bebí de tal manera aquellas 48 páginas que nada tenían que ver con la forma de contar historias a la que estaba acostumbrado, que el tiempo que pasó entre ese primer número y el segundo —cosa de ocho meses o así— se le hizo eterno a alguien acostumbrado a saciar sus ansias de continuidad mes a mes. Poco sabía aquél joven de 24 años de las pequeñas idiosincrasias que rodeaban a la publicación de títulos provenientes de allende los Pirineos y, aún menos, que esos ocho meses terminarían pareciendo una fruslería en comparación con los casi dos años que transcurrirían entre la aparición del tercer álbum y del cuarto que daría punto y final al relato de la detective Lenore y los hermanos Molina, dos vampiros poderosos y salvajes que se han propuesto terminar con el pálido reflejo de su especie que son aquellos que controlan el mundo desde las sombras.

Mezclando pues dos ambientes tan diferentes como noir y fantasía —dos ambientes que, por poner el primer ejemplo que se me viene a la cabeza, ya le había funcionado, con mayor o menor fortuna, a John Landis en su ‘Sangre fresca’ a comienzos de los 90—, Dufaux garantiza, de partida, mantener el interés del lector por saber qué es ese quiste detrás de la oreja que tienen las víctimas de unos cruentos crímenes que asolan Nueva York, y cuál es la relación de los mismos con dos misteriosas figuras enfundadas en cuero rojo cuya sensualidad se combina de forma letal para acabar con la degradación a la que su especie ha ido sometiéndose con el paso de los siglos con tal de sobrevivir y de dominar a la humanidad pasando desapercibidos.

Lo expeditivo de los métodos de los hermanos, unida al primitivo y salvaje atractivo que Marini les confiere, contrasta tanto con el modo en el que las mismas cualidades dimanan de Lenore, que la natural sinergia que se genera en la terna de personajes es más que suficiente para atrapar al lector. Pero Dufaux no se queda ahí y teje toda una urdimbre de traiciones, giros inesperados y personajes secundarios que añaden capas y más capas a un tebeo que, sin perder nunca el objetivo primero y último de entretener, crea un universo con sus propias reglas perfectamente definidas que —valor añadido que podemos aportar hoy pero no podíamos ver hace 20 años cuando el cine basado en cómic era minoría— resulta, tal cual, perfectamente trasladable a la pequeña o la gran pantalla.

Parte inherente de esta cualidad cinematográfica es, qué duda cabe, el trabajo de un Marini que da un considerable salto evolutivo desde lo que le habíamos visto en ‘Gipsy’ y, aún más, desde esa ‘Olivier Varese’ tan deudora de las enseñanzas de Katsuhiro Otomo: el Marini que vemos aquí se ha ido desprendiendo poco a poco de la influencia del mangaka y, cuando llega a ‘Rapaces’ tiene ya un estilo mucho más depurado, elegante y preso de una narrativa asombrosa que siempre coloca el punto de vista dónde mejor conviene a la escena. Si a eso unimos su insultante facilidad para caracterizar personajes y la aún más flagrante habilidad para que tanto sus féminas como sus hombres protagonistas sean irresistibles, resulta más que obvio finalizar esta entrada invitando a todo lector que deje a estos singulares vampiros entrar en su morada de la mano, y había omitido el detalle hasta ahora, de un integral arrebatadoramente bello.

Rapaces. Integral

  • Autores: Jean Dufaux y Enrico Marini
  • Editorial: Norma
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 248 páginas
  • Precio: 39,90 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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