‘Peter Pan’, año cero

Tengo que confesar aquí y ahora que esta no es la primera vez que leo la magnífica obra de Regis Loisel, es más, dicha confesión adquiere cierto tono de vergüenza al tener que afirmar que mi primera lectura del tebeo fue tan insatisfactoria que me llevó a cometer la «locura» de regalar los seis álbumes que Glénat editara hace unos años y también el integral que la misma casa publicara tiempo después. Pero claro, por aquél entonces se unían dos hechos que me no me dejaban apreciar la magnificencia con la que Loisel trata este prólogo a la inmortal obra de Barrie: por un lado la ceguera hacia los cómics de superhéroes, que aunque no me impedía acercarme tímidamente al cómic europeo, si que servía de seria traba para disfrutarlo plenamente; por el otro, y quizás con mayor peso, el que desde aquella primera lectura, hecha hace tres lustros, hasta ahora, servidor haya experimentado serios cambios en su forma de apreciar el noveno arte.

El caso es que tras una primera aproximación de la que trascendió muy poco, y a la que no hubiera puntuado por encima del seis/siete; o después de una segunda en la que extraía algo más —pero no mucho, no creáis— llegó una tercera, previa a la cuarta que ha supuesto la nueva edición de Planeta Cómic que hoy ocupa nuestro tiempo, que ya me situó frente a una obra que no llegaba al diez por un par de detalles que no terminan de cuajar, sin que ello suponga un estorbo para considerarla un trabajo sobresaliente. Más antes de entrar en materia hay que pararse un instante para valorar la validez de la nueva edición de Planeta Cómic del integral que contiene los seis álbumes originales.

Quizás cabría empezar dicha valoración dejando claro que este redactor no es de los que suele salivar ante la posibilidad de leer una historia con las páginas a lápiz o a tinta sin color, como es el caso. De hecho, sólo se me ocurre ahora mismo una excepción de la que hablaremos la semana que viene en la que la eliminación del color juega en favor del cómic en cuestión. En lo que respecta a ‘Peter Pan’, resulta complicado, más allá de términos objetivos como la inmensa calidad de reproducción de las páginas que conforman este volumen o el que esta edición nos permita atender a lo sublime del trazo del francés y de sus forma de entender las tintas, poder aseverar que el trabajo de Loisel es uno que gane sin el fantástico tratamiento cromático al que el artista sometía a sus planchas. Sí, resulta cuanto menos curioso asomarse a las muchas que uno ya recuerda de memoria y descubrirlas desnuda de ornato, pero más allá de esa curiosidad y, en toda honestidad, prefiero la edición original.

Dejando de lado disquisiciones meramente colaterales que, en última instancia, nada afectan a lo que uno saca de esta suerte de precuela de la obra original; como primera impresión que me gustaría trasladar de ‘Peter Pan’ está el que el trabajo de Loisel sea uno con múltiples capas de significado, tantas que una sola lectura sólo puede acaso arañar la primera, ya que el francés, que afirmó sin pudor ninguno haber elaborado el tebeo por su pasión hacia la película de Disney y no hacia el libro de Barrie —que le parece anecdótica y poco concisa acerca de episodios fundamentales de la historia del niño que no quería crecer—, escudriña con ahínco esos recovecos vacíos de contenido que le achaca a la novela, explorando ciertos momentos clave y abundando sobre todo en la compleja personalidad de Peter y, aún más, de Campanilla.

El primero es un personaje que el guionista y dibujante transforma en algo fuera de lo común, desarropándolo de la inevitable carga de inocencia que tenía su homónimo disneyano y psicoanalizándolo casi como si fuera una persona real. Sólo así se explican esos traumas que le hace arrastrar, barridos por la peculiar idiosincrasia temporal de la Isla de Nunca Jamás, un lugar capaz de borrar cualquier recuerdo y al que es bastante fácil asimilar a ese mecanismo de defensa que tiene nuestra mente a la hora de afrontar una experiencia cruenta, suavizándola con el tiempo hasta el punto de taparla bajo capas de autodefensa. Por boca de Peter, Loisel vomita gran cantidad de diálogos que aparentemente carecen de sentido, frases que muchas veces se antojan inconexas y que quedan lejos de serlo, adquiriendo su razón de ser conforme la lectura va tocando a su fin.

Y si el personaje de Peter es fascinante, entonces Campanilla se alza como la clara protagonista de la obra, y la forma en que Loisel la trata no deja lugar a dudas de que este proyecto no podía haber caído en manos más hábiles. Enmudeciéndola por completo, como ya hiciera Disney en su filme, los actos del hada, descrita una y otra vez por boca de otros personajes como un ser caprichoso, celoso y maquiavélico en extremo, no tienen nada de casual y desde la elección de Peter como ese elegido que debe librarlos del pirata que acecha a los habitantes de la isla, al dramático acontecimiento que precipita todo el clímax final, el travieso personaje nunca para de hacer de las suyas siempre por ese amor incondicional que siente hacia su querido Peter, un amor que le hace cometer salvajes tropelías.

Pero no estaríamos siendo ecuánimes si sólo hablarámos de Peter y Campanilla, ya que lo pergeñado por Loisel tiene una clara vocación coral, sabiendo el artista, tanto a través de su magnífico trazo —deudor claro del mundo de la animación y poseedor de un storytelling que sólo puede calificarse como brillante— como por medio del guión, dotar de voz y entidad propia hasta al más pequeño de los personajes que pululan por la obra. De entre todos ellos merecen especial mención Garfio, por supuesto, un hombre amargado que se fue del mundo real mediante no se sabe muy bien que triquiñuela —atención a la revelación del quinto número, todo un hallazgo por parte de autor— y que ahora pasa sus días en su barco buscando la manera de conseguir el tesoro que guardan los habitantes de la isla y del que, como debe ser, nunca sabremos su contenido. También resaltan Rose, precursora clara de Wendy y motor silente de mucho de lo que pasa desde su aparición, el Doctor Kundal, otro de los engranajes fundamentales de la acción y fuente directa de inspiración para ese fantástico cuentacuentos que se supone es Peter o, en menor grado, la madre del protagonista, responsable primera del miedo del niño a crecer y convertirse en adulto.

Comentaba al principio que había un par de detalles que no terminan de cuajar una vez finalizada la lectura de la obra. El primero de ellos, y menor en importancia, es que tanto la forma en la que Loisel trata el cómo Garfio perdió la mano o cuál es la importancia del cocodrilo en la historia, ya quedaron apuntadas tanto en el filme de Disney como en ese incomprendido producto que es el ‘Hook’ de Spielberg. Cualquiera que las haya visto sabrá a que me estoy refiriendo cuando digo que el impacto de lo narrado por Loisel pierde algo de fuerza vista las cintas.

El segundo es al que realmente cuesta dar una explicación plausible que apoye su inclusión en la historia: la aparición de Jack el Destripador. Si bien la época en la que Loisel centra la acción es la misma en la que el terrible asesino cometió sus crímenes, la intención del autor a la hora de incluirlo como personaje recurrente de la trama queda algo deslavazada. ¿Pretende ser un reflejo pervertido del personaje principal al pintarlo como un hombre que recurre al olvido para borrar sus crueles asesinatos, del mismo modo que se olvidan las cosas en Nunca Jamás?, ¿o quizás la intención del autor es que sirva como fiel reflejo de una condición humana que no se abandona aunque ya no se viva en el mundo real?. Sea como fuere no parece que su eliminación de la trama hubiese afectado ni al perfecto funcionamiento de la misma ni a la impresión última que nos deja, la de haber leído un cómic de esos que pasarán a la historia.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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