‘Murderabilia’, ‘Cenizas’ no fue una casualidad

Murderabilia

Comentaba mi compañero Jaime hace un par de años con motivo de la aparición de ‘Cenizas’ que la obra de Álvaro Ortiz era un «cómic cargado de imaginación y buenas ideas, con cuyos protagonistas resulta fácil identificarse», añadiendo en la última línea de su reseña que el volumen publicado entonces por Astiberri podía calificarse como «una grata sorpresa que me deja con ganas de leer pronto algo nuevo de su autor». Han tenido que transcurrir veinticuatro meses para que dicho deseo se haga realidad, pero la espera, aunque larga, bien ha valido la pena ya que si ‘Cenizas’ era la firme promesa de que al Ortiz le esperaban grandes cosas en este mundo del noveno arte, ‘Murderabilia’ es la confirmación tajante de que estamos ante uno de los más elocuentes talentos narrativos con que cuenta hoy por hoy el tebeo patrio.

Un talento que con esta nueva novela gráfica nos deja aún más anonadados de lo que ya nos quedáramos al leer la historia de Polly, Moho y Piter y que, como aquella, viene caracterizada por un fuerte sesgo cinematográfico en el que pueden leerse fácilmente influencias como la del cine de los hermanos Coen (el aroma a ‘Fargo’ lo impregna todo de principio a fin). Pero más allá de esos probables préstamos con los que Ortiz consigue añadir ulteriores capas a una lectura que sin ellas ya sería un hojaldre asombroso, lo que ‘Murderabilia’ expone de formas magistrales es, de una parte, la facilidad con la que el autor español construye personajes y, de la otra, la gracilidad de la que se impregna una narrativa soberbia, de una solidez y una variedad de recursos que hablan, y hablan mucho, de los amplios conocimientos del lenguaje secuencial que atesora el zaragozano.

Ambos factores, que ya nos habían embelesado en ‘Cenizas’, adoptan aquí una tesitura aún más sólida que entonces, otorgando al presente volumen una apreciación final que (sorprendentemente) supera de lejos a aquella sobresaliente «road movie». En lo concerniente a sus personajes, Ortiz vuelve aquí a jugar, aunque no en los mismos modos, con un trío formado por dos hombres y una fémina. El primero, narrador de todo el relato, es Malmö Rodríguez, un veinteañero con ínfulas de escritor que pasa sus días movido por una apatía extrema y que, tras la muerte de un tío suyo, decide vender los gatos de éste a un extraño coleccionista de objetos relacionados con sucesos escabrosos (y es que los felinos en cuestión habían devorado al pariente del protagonista tras su fallecimiento). Tan peculiar afición es la que caracteriza al segundo vértice del polígono, un hombre que vive aislado y casi relegado al ostracismo por el pueblo que lo rodea y que encontrará en Malmö una suerte de tabla de conexión con la realidad. Completando la terna, tenemos a Jenny, la propietaria del único motel del pueblo y objeto de una fogosa relación carnal con nuestro «héroe».

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Posicionadas las piezas que conforman el reducido pero complejo puzzle de ‘Murderabilia’, lo que Ortiz utiliza como McGuffin (y vaya cómo lo utiliza) es la paulatina obsesión por la muerte de parte de Malmö toda vez entra en contacto con el comprador de los gatos y con el peculiar mundillo que éste ha ido construyendo a base de adquirir piezas de todo talante que van desde el paquete de tabaco KOOL de un asesino a la propia vivienda en la que reside. Dicha característica, que también servía como telón de fondo en ‘Cenizas’ (aunque en aquél entonces era más pistoletazo de salida que presencia constante), es la que va haciendo evolucionar al personaje central hasta los acontecimientos que se dan la mano en las últimas páginas y que, muy probablemente, cogerán desprevenido a más de uno.

Hasta llegar allí, lo que las páginas de ‘Murderabilia’ y el talento de Ortiz van desgranando es una historia que atrapa en poco tiempo, ya sea en virtud de unos personajes a los que resulta inevitable tomarles aprecio (como ya ocurriera en ‘Cenizas’, por supuesto), ya porque el misterio que sirve de sustrato a todo el desarrollo es de esos que, aunque no aflore hasta el clímax, siempre está ahí, como una idea persistente que se niega a abandonar tu cerebro; ya por las resonancias metareferenciales que dimanan de toda la lectura, jugando Ortiz con la disolución entre narrador y hecho narrativo y con la toma de conciencia de la estructura interna de lo que nos está trasladando.

Reforzado todo ello por la engañosa simplicidad del trazo del dibujante, y plagada la lectura como está de páginas de auténtico prodigio secuencial (atención al paulatino ritmo que va adquiriendo la descripción por parte de Malmö de la curiosa colección…IMPRESIONANTE), no me queda más remedio que parafrasear a Jaime y a aquellas líneas con las que comenzaba esta reseña afirmando que ‘Murderabilia’ deja con ganas de mucho más y que es, a todas luces, cita ineludible de lo mejor que el cómic español ha parido en este año que tocará a su fin en doce días. No acercarse a ella debería ser, como poco, un delito tipificado en el Código Penal aplicable a todos aquellos que os queráis llamar lectores de cómics. No digo más.

Murderabilia

  • Autores: Álvaro Ortiz
  • Editorial: Astiberri
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 112 páginas
  • Precio: 16 euros

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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