‘Mort Cinder’, grandeza inmortal

Tiremos, una vez más —aunque, dada la temática del tebeo que hoy nos ocupa, bien cabría afirmar que nunca mejor que ahora—, de recuerdos: núbil lector que sólo con el paso de siglo y la coincidencia de encontrarse viviendo en Sevilla había comenzado a abrir miras más allá del manga y, por supuesto, de esa obsesión principal que eran los cómics de superhéroes; servidor no llevaba mucho tiempo atendiendo a lo que las estanterías de las diversas tiendas especializadas de la capital hispalense ofrecían en términos de tebeo patrio o de BD francobelga. Corría el año 2002 —parece que fue ayer y ya han pasado tres lustros—, y mis oídos empezaban a ser mucho más receptivos a las recomendaciones, ya del librero de una de ellas, erudito como era en el noveno arte del viejo mundo, ya a lo que hasta entonces habían sido las insistencias al viento de mi muy querido suegro.

De hecho, es a él a quien le debo el haberme acercado en primera instancia a la edición que Planeta DeAgostini publicaba el citado año en la que, por primera vez, se recogían en España bajo unas mismas cubiertas la totalidad de los relatos que H.G. Oesterheld y Alberto Breccia conjuraron con el inmortal Mort Cinder y su fiel amigo Ezra Miller como protagonistas. El nombre de la serie era ya vagamente familiar por aquello de que en la red de redes, que llevaba marchando a pleno pulmón en estas latitudes menos de cinco años, se podía encontrar algo de información que apuntaba, no podía ser de otra manera, al talante de imprescindible puntal del arte secuencial y tachaban a ‘Mort Cinder’ con ese Obra Maestra al que no dudaba en recurrir el padre de mi esposa.

Dejándome pues convencer para acometer una lectura que se alejaba rauda de aquello a lo que mi vista y mi cerebro lector estaban acostumbrados, decir que ‘Mort Cinder’ me “voló la cabeza” y supuso un categórico antes y después en mi transitar por este mundo como lector de tebeos sería, como dirían los anglosajones, un enorme “understatement” —quedarse muy cortos, vamos—: al descubrimiento de la obra de Oesterheld y Breccia seguirían en tropel una ingente cantidad de títulos de ambas orillas del español que, con ‘El eternauta’ como siguiente paso, trastocarían por completo y para siempre mi forma de contemplar las viñetas dispuestas en una página consiguiendo, a la par, arrancarme de cuajo mi ridícula y tardía obsesión por los tipos y tipas con mallas.

Hablar pues bajo un prisma de cierta objetividad —aunque ya sabéis lo que opino de dicho término aplicado a la valoración del arte, ¿no?— cuando de lo que he de tratar es de un título que permanecerá siempre en mi memoria como agente principal de un cambio a otros modos de apreciar el noveno arte es, como poco, implausible. Así las cosas, dejémonos llevar hoy más que nunca por el corazón y, con dicha víscera en la mano, vertamos a partir de aquí las sensaciones que provocó y sigue provocando, hoy con más ahínco si cabe, la lectura de ‘Mort Cinder’.

Para el insensato que no lo sepa, el título del volumen que ahora reedita Astiberri —y menuda reedición…asombrosa la calidad de reproducción de las planchas de Breccia que han conseguido los chicos de la editorial bilbaína— hace referencia, ya lo apuntaba más arriba, a uno de los dos protagonistas de esta historia que navega entre la ciencia-ficción y la fantasía y que nunca rehuye a la velada crítica socio-política que tanto caracterizó la producción de su portentoso guionista: Mort Cinder es un inmortal, y si bien buena parte del desarrollo de las historias cortas en las que se enhebró inicialmente la cabecera siguen al anticuario Ezra Miller y a su grisáceo compañero mientras hacen frente a una suerte de invasión extraterrestre bastante similar a la que Oesterheld ya había reflejado en ‘El eternauta’, son los viajes por la memoria de Cinder donde el tebeo vuela a una altura inalcanzable.

Ya sea recordando su participación en la construcción de la torre de Babel, ya como soldado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial ya, sobre todo, en ese broche de platino final que es la reconstrucción de la batalla de las Termópilas en la que Cinder formara parte de los trescientos de Leónidas, la manera en la que Oesterheld nos traslada al pasado es tan sublime como la forma en que Breccia traduce las exigencias del guión a unas viñetas para las que no hay calificativos: el estilo expresionista del argentino, su compulsión a experimentar con todo tipo de técnicas —desde las más prosaicas a las más excéntricas— y la magistral manera en que era capaz de definir una figura o una escena con cuatro trazos y dos manchas de negro siguen sirviendo como maravilloso vehículo para el asombro aún después de quince años e incontables revisiones. Ajustándose por éstos méritos a la definición de clásico atemporal, la inmortalidad del trabajo de los artistas sudamericanos es de tal calibre y magnitud que contemplar estas páginas por enésima vez es casi hacerlo por primera, y qué mejor matiz que éste para terminar la presente entrada de manera inusual en el que esto suscribe; con una calificación, la de OBRA MAESTRA.

Mort Cinder

  • Autores: Héctor G. Oesterheld & Alberto Breccia
  • Editorial: Astiberri
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 256 páginas
  • Precio: 22,80 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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