‘Luces nocturnas’, caer rendido

‘Luces nocturnas’ es, antes de hacer cualquier otra disquisición irrelevante, un tebeo que ENAMORA ya desde su portada: cautivados como quedamos por la fuerza y expresividad de su colorido y por esa pequeña figura de ojos grandes, dos coletas y típico uniforme colegial que parece salida de una producción de animación, es esa sensación de estar ante algo cuya belleza nos supera la que, toda vez se abre el volumen y se da cuenta de él, gobierna de principio a fin una lectura espectacular y arrebatadora en lo visual, inspiradora y evocadora en lo temático y, por si lo anterior no fuera suficiente, capaz de aludir a dos generaciones separadas por la friolera de más de tres décadas y media; un abismo temporal que se abre entre Julia, mi hija de 5 años y servidor, de 41, y que ‘Luces nocturnas’ ignora por completo hasta hacerlo inexistente. ¿Que cómo lo consigue, decís? Seguid leyendo.

Evidente es que, si de lo que se trata es de analizar —aunque sólo sea de forma somera— qué cualidades atesora el trabajo de Lorena Álvarez para hacer presa de la atención de mi hija, es el vivaz colorido que impregna a todas y cada una de las páginas lo que primero llamó la atención de la incipiente lectora que es ese terremoto que tengo por vástago. Pero una vez la sorpresa de los colores desaparece, ‘Luces nocturnas’ comienza a ofrecer al pequeño que a ella se quiera acercar, una historia que le habla de forma directa y que utiliza una muy fecunda imaginación para atraparlo de forma irremisible y conseguir, como pasó con Julia, que no despegue la vista del álbum hasta haber dado cuenta de esas 56 páginas que a tan poco saben y que con tantas ganas de más dejan. Ello es debido a que la historia de Sandy y de su amistad con Morfie está contada de tal manera que a un niño le es muy sencillo sentirse plenamente identificado con la protagonista, con su pulsión por dibujar mundos que no sólo existen en su febril imaginación y con la natural manera en la que en su cabecita se mezclan realidad y ficción.

Ahora bien, si ‘Luces nocturnas’ funciona de manera tan soberbia con los más pequeños de la casa, ¿cómo se las ingenia para aludir a los más mayores con igual o mayor intensidad? Pues de muy similares formas, la verdad. Al colorido con el que la artista da vida a sus lápices y tintas se añaden ciertos valores que, pudiendo ser disfrutados por cualquier edad, sólo son verbalizables por un adulto que será capaz de apreciar lo diverso de su narrativa; la genial alternancia de páginas de estructura “clásica” con otras en la que se experimenta a voluntad con la composición; las herencias que aquí y allá apuntan, por ejemplo, a la cosmología Miyazaki y, cómo no, el mensaje sobre la inmensa relevancia de mimar la imaginación y guardarla siempre como uno de los bienes más preciados de que nos ha dotado la naturaleza. Todo ello se marida de manera sin par en un álbum que es, desde ya, una de las lecturas que siempre tendré en la recámara para recomendar a cualquiera que necesite volver a sentirse niño, aunque sólo sea por unos breves y deliciosos instantes.

Luces nocturnas

  • Autores: Lorena Álvarez
  • Editorial: Astiberri
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 56 páginas
  • Precio: 12,35 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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