Frederik Peeters, un grande entre los grandes (1ª parte)

Frederik Peeters

La gente que compra cómic no necesita ser convencida de nada porque ya tiene sus propias ideas. En ese sentido, no creo en el cómic social

Poseedor de un talento indiscutible que en diez años le ha llevado de ser un desconocido a estar considerado como uno de los mejores autores europeos del momento, Frederik Peeters ha sabido desarrollar a lo largo de esta década una obra ecléctica que, partiendo del tebeo autobiográfico que fueron sus ‘Píldoras azules‘ ha ido variando hacia una gran disparidad de géneros. Con motivo de la aparición del segundo volumen de ‘Aama‘ os traemos este especial en dos partes en el que nos proponemos analizar de forma pormenorizada toda la bibliografía editada por Astiberri en nuestro país del brillante autor suizo.

Toda historia tiene un comienzo. El de Peeters se llama ‘Píldoras azules’

Píldoras Azules

Para mí era sólo una historia de amor, relacionada con el sida, sí, pero sólo hablaba de amor. Yo no demonizaba el sida, así que no tenía el objetivo de intentar que otros tampoco lo hicieran.

En alguna que otra entrevista de las muchas que ha concedido desde que ‘Píldoras azules’ le consagrara de forma muy temprana como el gran autor que ha seguido demostrando ser, Frederik Peeters ha afirmado que siempre se recuerda dibujando desde una edad muy temprana. Nacido en Ginebra en 1974, Peeters comenzará su andadura profesional dedicándose a la ilustración tras finalizar sus estudios de Comunicación Visual en 1995. Una tarea que comenzará a alternar con el trabajo en Atrabile, un colectivo de autores del que forma parte desde sus comienzos. Y entonces, en 2001, llega la obra que cambiara su vida.

Tierna, sincera, locuaz y descarnada a partes iguales, la que (y mira que tiene grandes títulos en su haber) sigue siendo la obra maestra de Peeters, sirve al autor para plasmar en viñetas su relación con Cati, una mujer seropositiva y el hijo de ésta, también afectado de la misma enfermedad.

Pildoras Azules interior

La experiencia vital que supone la lectura de la obra de Peeters es casi equivalente a situarse en la posición de un inesperado voyeur que tuviera acceso a los más recónditos secretos que encierra nuestro corazón. Este paseo por una vida, la suya, que el suizo efectúa con una honestidad que huye constantemente de sensiblerías inútiles, va recalando en momentos que oscilan entre la trivial (el hijo de Cati probando la sal) y los más profundos sentimientos (Cati y Frederik conversando, después de haber hecho el amor, acerca de por qué se quieren) ostentando ambos una inusitada y poco común solidez que encuentra su paroxismo en ese impresionante capítulo en el que Peeters utiliza a la figura de un mamut para improvisar un complejo psicoanálisis de su yo más profundo.

Afrontado con una franqueza de tal magnitud que atraviesa sin problemas cualquier barrera moral o psicológica, el relato que Peeters pone en juego hace añicos las evidentes diferencias culturales (e incluso generacionales) entre él como autor y cualquier lector que desee acercarse a su obra y borra por completo los pocos prejuicios que aún se puedan albergar hacia este tipo de cómic. La combinación de todo lo anterior, y muchas cosas más, es precisamente la que hace tan grande a ‘Píldoras azules’.

‘Constellation’, puro genio creativo condensado en 32 páginas

Constellation

la reflexión sobre el 11 de septiembre… es decir, el hecho de pensar inmediatamente que alguien iba a pagar por ese crimen y que serían finalmente inocentes quienes lo harían (cosa que pasó…) no fue más que la chispa inicial

Treinta y dos páginas son suficientes para que Peeters narre una historia de amores imposibles, espionaje y venganzas fraternales, y todo ello en el constreñido marco de un avión que sobrevuela el Atlántico rumbo a Nueva York. En este decorado, el artista nos presenta a tres únicos personajes y, como si de Kurosawa se tratara, cuenta la misma historia tres veces desde sendos puntos de vista.

El primero, el de un nervioso hombre que tiene un secreto que ocultar y flirtea con su compañera de asiento; la segunda, una escritora rusa que se encuentra con un peculiar compañero de viaje que pretende ligar con ella pero que no le parece nada interesante; el tercero, un asistente de vuelo con una venganza en mente.

El resultado del cruce de las tres historias queda hilvanado a la perfección en las pocas páginas en las que Peeters desarrolla el relato, alternando en el mismo los bocadillos de diálogo con la narración en off que representa a los pensamientos de los personajes y que permite a los lectores asomarse de forma simultánea a lo que uno piensa y luego dice, o viceversa.

Esta estructura queda plasmada en una secuencia de seis viñetas que el autor rompe en muy pocas ocasiones, ya sea para indicar la transición de un personaje a otro, o para mostrar la ensoñación con la que pone punto y final a un cómic brillante que se establece como una clara contrapartida a esa descompresión narrativa que tanto gusta hoy en día y que tantos sinsabores deja a los lectores.

Invirtiendo los cánones de la ciencia ficción, o cómo ‘Lupus’ se convierte en otra obra magistral

Lupus portadas

No sabía nada de antemano. ‘Lupus’ no tiene guión, sino que lo improvisaba completamente a medida que dibujaba

Alejándose por completo de la autobiografía de ‘Píldoras azules’, ‘Lupus‘ establece nuevos y soberbios horizontes para Peeters en una historia de ciencia ficción que se mezcla con genialidad con las bases de partida de las buddy movies por una parte y de las road movies por otra. El resultado de tal mezcolanza de influencias, sobre todo a tenor de la afirmación a pie de foto, es de todo menos típico.

La estructura de ‘Lupus’, al menos la superficial y más apreciable cuando se ha finalizado la lectura, parte de la base de utilizar a tres personajes principales cada volumen, una suerte de extraña trinidad donde dos de ellos, Lupus y Sanaa siempre son fijos, mientras que el tercero varía desde Tony, el compañero y amigo del protagonista, pasando por Nyargance, el carismático anciano que les ayudará en el segundo volumen, Darnelle, la piloto de la cápsula médica, hasta llegar al más peculiar de todos, el robot ¿B2t? que les acompañará en esa abandonada estación espacial que sirve de marco al cuarto y último tomo.

Con todos ellos, y algunos secundarios más, Peeters va construyendo un universo que mezcla lo real con lo onírico, plasmando las extravagantes visiones y ensoñaciones de Lupus mediante fantásticas viñetas con criaturas y constelaciones que parecen sacadas de cualquier relato lovecraftiano y que, según el artista, era las que le ayudaban a ir desarrollando el relato.

Lupus interior

Dominando a la perfección todos los recursos narrativos a su alcance, y habiendo encontrado un perfecto punto de equilibrio a la hora de captar la expresividad de sus personajes, Peeters encara el montaje de ‘Lupus’ como si cada viñeta formara parte de un complejo mecanismo de relojería en el que todo tiene que engranar al milímetro.

Quizás sea por este motivo por el que, al contrario de lo que ocurría en ‘Píldoras azules’, en algunos momentos (los menos, todo hay que decirlo), la obra del suizo se antoje fría y poco apasionada, algo que Peeters se encarga de ocultar envolviendo al resto del relato de una carga emocional que consigue equilibrar toda la obra y ofrece, a la postre, una brillante y multifacetada lectura.

Obra compleja en lo visual, con pocas (muy pocas) concesiones a la galería en lo argumental, y un final tan inesperado como poético y apropiado, ‘Lupus’ se termina vislumbrando como uno de esos tebeos que, de cuando en cuando, habrá que retomar para ir exprimiendo diferentes interpretaciones que, una vez sumadas, nos vayan acercando a la completa y anhelada aprehensión de todos los mensajes que Peeters disemina en estas geniales cuatrocientas páginas.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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