‘Espacios en blanco’, generaciones en crisis

Decía no hace mucho que el fin de año comienza a aproximarse de forma inexorable y, a poco más de tres meses vista, servidor ya empieza a pensar en el grupo de títulos que terminarán formando parte de la selección de lo mejor de 2017. Un grupo que, como siempre, al menos en lo que a viñetas se refiere, tendremos a bien dividir en los tres frentes que llevamos usando desde que comenzamos nuestra andadura y que, en lo que a tebeo español se refiere, incorporaba hace un par de semanas un título que, esperemos, dé mucho que hablar en los próximos meses porque, mucho cuidado, merece que se hable de él todo lo que se pueda…y un poquito más. Me refiero, cómo no, al ‘Espacios en blanco’ que hoy ocupa nuestro tiempo.

Tebeo que mezcla con autoridad autobiografía y biografía, la comparación inmediata a la que se podría recurrir si así quisiéramos sería la de traer a la memoria del lector ‘El arte de volar’, el fantástico volumen escrito por Antonio Altarriba, dibujado por Kim, que el desaparecido Paco Camarasa editaba a través de Edicions de Ponent y en el que el guionista exorcizaba no pocos demonios propios y paternos, narrando de una forma fidedigna pero no exenta de poesía la vida de su progenitor. Algo así hace también Miguel Francisco en ‘Espacios en blanco’ con una contundente diferencia —y no, no es el uso del color— que lo aleja de los postulados establecidos por Altarriba: en sus páginas, Francisco no sólo repasa de manera intensa el recorrido vital de su padre, sino que dedica no pocos esfuerzos a visitar a través de recuerdos buena parte del discurrir vital de su abuelo y, cerrando una suerte de círculo generacional, nos traslada asimismo parte de su vida.

Cubriendo pues tres generaciones, ‘Espacios en blanco’ sorprende en primera instancia por dar cabida a tantos años, tantas experiencias y memorias, tantos sentimientos, ilusiones frustradas, empresas que no llevaron a nada y silencios que fueron impuestos en tan sólo 128 páginas que son un constante tratado de arte secuencial. Y sorprende, no ya por trasladarnos una ingente cantidad de información —a fin de cuentas, con tener cierta capacidad de síntesis, tal empeño no es complejo— sino por hacerlo de forma que el fluir de uno a otro miembro de la familia Francisco sea constante y que el ritmo que ello imprime a la lectura, haga de ésta un constante motivo para la maravilla y el asombro como sensaciones principales de la miriada que el lector va experimentando durante el transcurso de la narración.

En un ejercicio nada complaciente que utiliza la mirada crítica como fórmula básica con la que acercarse a todo, son cierta melancolía y un nada desdeñable pesar impresiones bastante claras que acompañan al lector mientras Miguel Francisco cuenta cómo su abuelo emigró a las Américas por motivos no muy claros antes de la Guerra Civil, cómo su regreso fue un manantial de problemas para su familia, cómo la posguerra marcó a fuego la vida de su padre y de qué manera la crisis de nuestra generación, la ecónomica y social que nos sacudió en 2008, afectó a su devenir profesional, provocando su decisión de emigrar a Finlandia, país en el que el artista trabajará para Rovio diseñando la mayoría de los Angry Birds —como lo leéis.

De hecho, si bien es entre complicado e imposible rastrear la influencia de los pájaros cabreados porque unos cerdos han robado sus huevos en el estilo de dibujo de Francisco, resulta incuestionable que algo hay de ellos en el afable trazo del español y en la marcada personalidad animada de sus personajes. Trascendiendo tales virtudes —porque son virtudes, de eso que no os quepa duda—, y dejando de lado comparaciones que no llevarían a nada, decía antes que son lugar para la maravilla y el asombro unas páginas que, en ese constante ir y venir del presente al pasado, jamás cansan por lo ingenioso de su juego, por la capacidad de Francisco para nunca caer en el tedio y, por supuesto, por cautivarnos de forma temprana ya con lo que atañe a su propia historia, ya con lo que corresponde a sus ancestros.

Haciéndonos pues partícipes íntimos de algo menos de cien años de historia de su familia, sentirse parte de ella —al menos mientras dura la lectura— es acaso el hallazgo más feliz y loable de un tebeo superlativo que tan pronto se termina instila en el lector el impulso irrefrenable de volver al comienzo y, sabiendo ya por qué derroteros va a moverse, disfrutar en ese segundo pase de todos aquellos detalles, todas esas singulares transiciones entre viñetas y todos los pequeños instantes que se nos hayan podido pasar por alto en el primer acercamiento. Hacerlo, no sólo provoca una enorme sensación de satisfacción al reproducir aumentados ciertos sentimientos que ya se daban en la “primera vez” sino que nos permite experimentar, con el ánimo más calmo y menos dominado por la expectación, los infinitos dones de —sí, de nuevo— uno de los tebeos del año.

Espacios en blanco

  • Autores: Miguel Francisco
  • Editorial: Astiberri
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 128 páginas
  • Precio: 15,20 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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