‘El Buscón en las Indias’, cuatro siglos más tarde…

La justicia no se descuidaba de buscarnos; rondábamos la puerta, pero, con todo, de media noche abajo, rondábamos disfrazados. Yo que vi que duraba mucho este negocio, y más la fortuna en perseguirme, no de escarmentado —que no soy tan cuerdo—, sino de cansado, como obstinado pecador, determiné, consultándolo primero con la Grajal, de pasarme a Indias con ella, a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría mi suerte. Y fueme peor, como v.m. verá en la segunda parte, pues nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de vida y costumbres.

‘La vida del Buscón llamado Pablos’, de Francisco de Quevedo

Más, como la historia afirma, la segunda parte nunca llegó. Quevedo se embarcó en juntar otras letras, y pronto olvidó la tarea que él mismo se había impuesto. O, quién sabe, quizá nunca hubo tal tarea y esa promesa no era más que un mordaz guiño a unos lectores, los de la época, los por venir, que siempre quedarían esperando qué pasaría con Pablos de Segovia, ese taimado pícaro al que tantas suertes había hecho correr en un relato que es piedra fundacional del siglo de Oro, de la novela picaresca y de toda una forma de entender el castellano que hoy en día, con la lengua herida por el precario uso que se hace de ella, resulta por momentos harto difícil de descifrar —y no lo digo por decir, que sabedor de la inminente salida de este enorme proyecto, dispuse el ánimo para revisar un texto que no pasaba por mis manos desde mis tiempos de mozalbete estudiante de instituto.

Y hete aquí que, de la mano de nada menos que un francés, ¡un francés nada menos!, es como, cuatro siglos más tarde…bueno, seamos precisos, 393 años más tarde…Norma nos ha hecho llegar con toda la pompa y la circunstancia que merecía tal acontecimiento, la continuación de las muchas aventuras, mayores desventuras y las infinitas tropelías que, allende los mares, podría haber llevado a cabo un Buscón del que lo primero que llama la atención es, precisamente, el cómo es que ha sido un escritor del país vecino el que ha conseguido darle voz. No me malinterpretéis, mis palabras no quieren implicar, ni mucho menos, que de haber encontrado nueva vida como lo ha hecho, la inmortal obra de Quevedo hubiera tenido que pasar por las manos de algún docto literato de nuestra tierra, pero dada la fuerte idiosincrasia hispana del personaje y de todo lo que lo rodeó, tan metida en nuestro ADN y tan ajeno, quiero entender, a lo que cualquier foráneo podría llegar a asumir, resulta harto sorprendente que Alain Ayroles haya conseguido lo que ha conseguido con ‘El Buscón en las Indias’.

Bien es cierto que, sin haber accedido a la versión francesa, gran parte de la efectividad y de lo continuista de esta muy tardía secuela aviñetada recae sobre la enorme traducción que hace Juanjo Guarnido del texto redactado por su compañero de singladura. En un esfuerzo por que su voz resulte a la par arcaica y contemporánea, Guarnido rescata del castellano del siglo de Oro algunos giros, ciertos tiempos verbales ya en desuso y expresiones de esas que, en lugar de aquí y allá, abundaban a manos llenas en casi cada párrafo del texto de Quevedo. El resultado de dicho empeño es un tebeo que se siente a la par como natural continuación de la obra original y como lo que en realidad es, una aproximación a unas formas escritas que quedaron atrás siglos ha.

Pero basta de Guarnido por ahora, que ya tendremos ocasión de volver a él en breve. Dejemos pues al granadino y volvamos al occitano puesto que, si la traducción hace maravillas, no es menos cierto que las ideas que estructuran los tres actos —más prólogo y epílogo— son de un prodigio sin par que sitúan a este magnífico álbum de soberbia edición —y estamos hablando de la versión «normal», no la de lujo que Norma publicará en dos semanas— en lo más alto de cuanto hemos podido disfrutar a lo largo de 2019. No es ya que el guionista de ‘De capa y colmillos’ sepa tomar el pulso a algo —y me repito— tan ajeno como la picaresca española, es que su forma de hacerlo, pergeñando un vehículo lleno de vericuetos, de rincones para la sorpresa y de homenajes más o menos velados a la literatura de la época —no se nos escapan las citas a Cervantes o al ‘Lazarillo’, por poner dos ejemplos— se beneficia sobremanera de lo que cada acto va revelando.

Narrado todo a modo de enorme flashback por alguien que, entendemos, no es otro que Pablos de Segovia, el primer acto sirve de prolongada exposición de la búsqueda de riquezas en el nuevo mundo y del anhelo por trascender su precaria situación mientras narra a un alguacil, la aparentemente fructuosa búsqueda del legendario El Dorado mientras expira sus últimos alientos; el segundo, más breve, sigue a lo que de realidad había en el relato con el que el Buscón había embaucado a su interrogador y el tercero…¡ay, el tercero!…¡Qué genio! ¡Qué rocambolesco golpe de efecto! ¡Cuánta mala baba hay en lo que se nos traslada allí! No puedo revelar nada, claro está, pero baste con indicar que las risotadas a cada batir de página, asombrados por la osadía del guionista, sólo iban en aumento conforme se nos iba echando encima el final. Y qué final, queridos lectores, QUÉ FINAL. Ayroles no sólo consigue levantar de la nada una tarea que cabría haber definido como titánica, sino que lo hace con un aplomo y una categoría que, sinceramente, lo colocan en un escalón muy diferente al que aquél en el que le había colocado por la citada ‘De capa y colmillos’.

Hablando de escalones, y volviendo al artista de ‘Blacksad‘, no hay peldaños suficientes que ascender para medir la inaprensible, la inabarcable grandeza de lo que Juanjo Guarnido consigue con ‘El Buscón en las Indias’. Tantos serían los halagos que ahora mismo se me ocurrirían que creo que me quedaré con el que más justicia hace a unas planchas que rebosan tanta majestuosidad que resultan, por momentos, abrumadoras. Y ese halago no es otro que el que deriva del hecho de haberme visto obligado a tener que acometer la lectura de las 160 páginas que conforman este libro en dos veces consecutivas: la primera, ávido por saber qué pasaría a continuación, por que resquicio de ingenio discurriría el relato, iba prestando toda la atención que podía a unas páginas que en ese decidido avance ya se revelaban como oro impreso; la segunda, toda vez ya había apaciguado mis ansias, volví a recorrer las planchas, esta vez ignorando los textos de apoyo y diálogos para centrarme, exclusivamente, en intentar absorber hasta la última onza de genio que hay en cada centímetro cuadrado de papel que aquí se contiene.

Primera vez que me veo impelido a realizar dicho doble proceso —en serio, por más que haya adorado a un tebeo, nunca me he visto en la tesitura de acometer una segunda lectura nada más terminar la primera para poder dar cuenta de la grandeza del dibujo sin distracciones—, lo que de él se derivó fue una total rendición a la sublime belleza que Guarnido captura en un trabajo de exhaustiva documentación y una vastedad plástica tan inimaginable que quizá baste con dirimir toda posible comparación aseverando ya, y haciéndolo de forma categórica, que lo que aquí encontramos está por encima —muy por encima— de lo que ya pudimos alucinar con cualquiera de los álbumes de ‘Blacksad’, sentando las páginas de ‘El Buscón en las Indias’ un nuevo paradigma por el que medir a un artista inconmensurable.

Me hago breve eco para finalizar de un comentario que leí por ahí y os dejo con una vehemente reflexión final: COMPRADLO. COMPRADLO YA. No descanséis hasta tenerlo en vuestra tebeoteca. Una JOYA como esta sólo se pare muy de cuando en cuando. Haceos con ella sin importar nada más. En serio, estamos hablando de algo muy, MUY GRANDE.

El Buscón en las Indias

  • Autores: Alain Ayroles y Juanjo Guarnido
  • Editorial: Norma Editorial
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 160 páginas
  • Precio: 33,25 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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