‘El artefacto perverso’, memoria

el artefacto perverso

Felipe Hernández Cava sabe mucho de claroscuros. A fin de cuentas, si echamos la vista atrás y sólo consideramos lo que el genial guionista nos ha regalado desde que a él y a Bartolomé Seguí se les concediera un más que merecido Premio Nacional del Cómic por su magistral ‘Las serpientes ciegas’, lo que nos encontramos en los dos volúmenes de ‘Hágase el caos’ o lo que el año pasado podíamos leer en la soberbia ‘Las oscuras manos del olvido’, siempre se mueve en el ámbito de las sombras con personajes que, extraídos de los cuatro puntos cardinales del género negro, encuentran nueva y sublime vida en las habilidosas manos del guionista madrileño.

Federico del Barrio también es un amplio conocedor de los claroscuros. No en vano, a sus muchas páginas en las revistas que definieron el tebeo español durante los ochenta, y que aportaron inmensa luz a un mundillo que despertaba tras años ahogado en el régimen, siguieron sus trabajos en común con Felipe Hernández. Unos trabajos que culminaban, y de qué manera, hace casi veinte años con la publicación por parte de Planeta DeAgostini de la primera edición que conoció ‘El artefacto perverso’, probablemente el título del dibujante en el que de forma más soberbia y precisa se destilan sus espectaculares habilidades gráficas y narrativas.

Felipe Hernández Cava y Federico del Barrio nacieron y crecieron en el claroscuro —más de lo segundo que de lo primero— que dominó nuestra tierra durante casi cuarenta años. Y porque fueron hijos de la dictadura y veinteañeros en la transición, su visión de la realidad que siguió a la Guerra Civil es la de nuestros padres, la de los padres de aquellos que nacimos durante los años setenta cuando España comenzaba a respirar aires de libertad. Una libertad que en la posguerra que dibuja ‘El artefacto perverso’ era un concepto inaprensible que se susurraba con pánico, se imaginaba con miedo, y se soñaba con una esperanza a la que no son ajenos los protagonistas de la historia, un matrimonio que intenta sobrevivir como puede en una tierra subyugada por el miedo. Él, dibujante de cómics, sirve a Cava y Del Barrio para hablar con suma elocuencia tanto del oscurantismo que envolvió a la profesión durante aquellas décadas en las que todos los tebeos parecían firmados por una misma pluma como de la más que plausible posibilidad de que muchas de las aventuras de los héroes de entonces no fueran más que el reflejo, más o menos disfrazado, de la terrible realidad que rodeaba al régimen.

Urdida con maestría, la trama de ‘El artefacto perverso’ va desplegándose con calma, describiendo a personajes inolvidables y montando un escenario sobre el que Del Barrio imparte lecciones magistrales de planificación y composición. Sabedor de que lo opresivo de la historia necesita de un contrapeso potente, las entrecalles de sus viñetas son de un ancho exagerado, como si el blanco luchara por aplastar a la oscuridad que se mueve entre las expresivas imágenes que quedan encerradas en unos cuadriláteros asombrosos. El manejo del negro como elemento definidor, la variedad de estilos que aquí podemos ver —huelga decir que la adaptación del artista a las formulaciones de los tebeos de la época es excelente— y el que la comunión con la palabra se produzca a tan alto nivel son sólo algunos de los rasgos de un trabajo que mereció sendos premios del Salón del Cómic de Barcelona de 1997 y que hoy, casi dos décadas después, asombra y maravilla a partes iguales en el redescubrimiento que propicia esta nueva edición de ECC. Indispensable es quedarse cortos. Magistral también.

El artefacto perverso

  • Autores: Felipe Hernández Cava y Federico del Barrio
  • Editorial: ECC
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 64 páginas
  • Precio: 10,40 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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