‘Avery’s Blues’, inmejorable debut

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Hablar CON un amigo es una cosa. Hablar DE un amigo, otra completamente diferente. Pero si lo que tenemos entre manos es opinar sobre la CREACIÓN de un amigo, entonces dicha diferencia muta en un abismo insondable. Porque, seamos francos, nos referimos a alguien a quien aprecias, ¿vas a decir algo malo de su «criatura» sabiendo el esfuerzo y trabajo que ha puesto para conseguir parirla? ¿Te vas a atrever a sacarle las «vergüenzas» porque te pueda la «objetividad» —esa maldita e inexistente objetividad, cabría precisar— y no seas capaz de dejarla al margen por una sola vez? Pues sí, me voy a atrever. Y lo voy a hacer por una sencilla razón, porque creo que si algo se merece Angux de esta primera reseña en castellano de ‘Avery’s Blues’ es la misma honestidad y sinceridad con la que siempre nos hemos tratado.

Dicho esto, es muy poco lo que cabría señalar de la ópera prima de Juan Manuel Anguas como guionista que pudiera sonrojar a tan bonachón escritor —porque sí, porque ya habrá que tratarlo como tal, ¿no creéis?—. De entre ello, y en un semblante que habla de forma muy positiva de la tremenda calidad tanto de su trabajo como del que compete a Nuria Tamarit, es que ‘Avery’s Blues’ nos deja con ganas de mucho más. De seguir recorriendo de la mano de Avery y Johnny los polvorientos caminos de la América profunda de la depresión, esa que tan bien llega a sentirse gracias a la fantástica ambientación que logra Tamarit. De continuar acompañando a la improbable pareja de protagonistas en alguna de las muchas aventuras laterales que seguro le suceden en los márgenes de lo que aquí se nos narra. Y, por supuesto, de volver a dejarnos seducir como ya lo hacemos cuando hace acto de aparición, con la meliflua y terrible presencia de ese taimado diablo que es pistoletazo de salida de la trama imaginada por Angux.

Más allá de ese «mal que no lo es», acaso achacaría a ‘Avery’s Blues’ el hecho de que, por las condiciones impuestas por Steinkis, la editorial francesa que ha dado la oportunidad a Angux y Tamarit de estrenarse en el complicado y abotargado mercado franco-belga, sean sólo ochenta páginas las que dan cabida a un relato que hubiera necesitado un buen puñado más para hacer justicia a una de las grandes virtudes no explotadas por completo de la historia, sus secundarios: forzado a dejarlos de lado para poder centrar su atención en el foco que suponen los dos chavales protagonistas, hay momentos de la lectura de ‘Avery’s…’ en los que se echa en falta un traslado del citado centro de atención para asomarse al fascinante microcosmos que los autores generan.

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Un microcosmos que, poblado de personajes que bien valdrían como sustento para otra narración que nada tuviera que ver con ésta, se antoja en ocasiones tanto o más fascinante que el núcleo central que conforman Avery y Johnny, sirviendo como mejor ejemplo de tal afirmación, bien el grupo de presos con los que los protagonistas se encuentran en el vagón de tren que abordan como polizones, bien en ese predicador al que tan aciago destino le aguarda, bien la ominosa presencia de Satán. Las apariciones de éste último suman a la polifacética personalidad de ‘Avery’s Blues’ una doble cualidad que trabaja en similares modos a cómo lo hacía el personaje de Robert DeNiro en ‘El corazón del ángel’ de Alan Parker: de una parte, irrefrenable fascinación, de la otra, McGuffin silente que apertura una trama que sabemos, él mismo tendrá que cerrar de alguna manera.

Y así, sin apenas esperarlo, llega el final. Un final que, se nota, ha sido pensado para golpear al lector. En esa intención, llega duro, seco, rápido y sin demasiadas concesiones. Como la diestra certera del boxeador que termina con tu espalda en el suelo. Un Finalazo que quizás no lo sea con todas sus mayúsculas, pero que encuentra en sus minúsculas amplio espacio para dejarnos besando la lona tras habernos noqueado.

Con unas minúsculas que no son aplicables a lo MUY NOTABLE del conjunto en su apreciación global, antes de dar por cerrada esta aproximación crítica a ‘Avery’s Blues’ —porque es sólo eso, una aproximación que apenas roza lo que subyace bajo la superficie del tebeo— hemos de detenernos de forma obligada en el exquisito trabajo de Nuria Tamarit y lo fabuloso de la paleta cromática elegida para dar vida a ese sur eterno sobre el que se dispone esta espléndida road movie: dominando los térreos sobre cualquier otra disquisición en términos de color, la sencillez en el trazo de la artista española —a la que creo rastrearle influencias de Bastien Vivès—, la extrema plasticidad de su trazo y la notable fluidez de su narrativa son valores que en cierto modo parecen querer venir a confirmar las sensaciones que ya nos habría transmitido junto a Xulia Vicente en la prometedora ‘Duerme pueblo’.

Y si allí hablábamos de promesas, aquí hemos de hacerlo de realidades por cuanto hay mucho talento en unas planchas que desde su sencillez atesoran una considerable madurez. Eso sí, una madurez que, de la misma manera que al guión, le queda ahora la auténtica prueba de fuego: colocarse delante del público, aguantar las posibles —y, lo digo ya, completamente inmerecidas— arremetidas que pueda encontrarse en el camino y, sabedora de que se sustenta sobre unos cimientos más que sólidos, mirar hacia el futuro con ilusión y ganas de comerse el mundillo. A Nuria no la conozco. A Juanma, por lo que sé de él, no le van a faltar ganas de hacerlo. Pero el futuro es mañana y mañana habremos de interesarnos por él. Mientras tanto, disfrutemos del hoy, un hoy que se escribe entre el polvo y el blues; entre los maizales y las desgarradas notas de una guitarra; entre sueños de gloria y ficticias realidades que, encerradas tras las cuatro líneas de una viñeta, nos hablan de muchas cosas en este emocionante y sorprendente caleidoscopio que es ‘Avery’s Blues’.

Avery’s Blues

  • Autores: Angux y Nuria Tamarit
  • Editorial: Dib-buks
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 80 páginas
  • Precio: 17,10 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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