‘Vengadores: Endgame’, viaje generacional

Yo tenía 8 años cuando ‘La guerra de las galaxias’ llegó a su fin. Con 5 había asistido, alucinado, a la proyección de ‘El imperio contraataca’ (‘Star Wars: The Empire Strikes Back’, Irvin Keshner, 1980) y, desde entonces, el universo imaginado por George Lucas se había convertido en una obsesión alimentada, en muy pequeña medida, por los pocos muñecos de la colección «original» que llegaban a mi ciudad natal. Pero los ochenta eran otros tiempos: la anticipación con la que hoy recibimos según qué eventos cinematográficos brillaba por su ausencia a este lado del charco y más aún en las latitudes en las que servidor vivía, y no ya por la inexistencia de Internet que entonces era tan ciencia-ficción como los sables láser, sino porque las campañas publicitarias de las producciones de Hollywood distaban muchísimo de lo agresivo de hoy en día, y uno se podía dar con un canto en los dientes si llegaba a ver como mucho un trailer del título de turno antes de acudir al día del estreno.

Paradójicamente, eso no fue impedimento para que aquél día de mi cumpleaños de noviembre de 1983, las colas fueran monumentales en el cine Magallanes para ver ‘El retorno del jedi’ (‘Star Wars: Return of the Jedi’, Richard Marquand, 1983), un filme que, sin que muchos lo supiéramos mientras aguardábamos impacientes a sentarnos en la butaca y disfrutarlo, iba a marcarnos de por vida a los que descubrimos con la edad correcta aquella galaxia muy, muy lejana.

El fin de una era

Si traigo a colación este pequeño viaje por la memoria, no es debido a que Star Wars terminara en el seno de la Disney que también controla los destinos de los personajes de Marvel, sino más bien porque, si aquellas tres películas repartidas a lo largo de seis años fueron tan fundamentales en las vidas de muchos cinéfilos en ciernes y marcaron a fuego nuestras filias posteriores hasta límites insospechados, no puedo ni empezar a imaginar el tremendo impacto que el trabajo que se ha hecho desde Marvel en los últimos once años, con 22 producciones y todo un universo muchísimo más vasto y complejo que el que planteara Lucas con la «trilogía original», comportará —y comporta— en la legión de seguidores a lo largo y ancho de este mundo que descubriera ‘Iron Man’ (id, Jon Favreau, 2008) con esos 8-10 años y haya llegado a su veintena acompañado por una mitología que alcanzaba un superlativo cenit el jueves pasado con el muy esperado estreno de ‘Vengadores: Endgame’ (‘Avengers: Endgame’, Anthony & Joe Russo, 2019).

Bueno, en realidad, a una escala que no es comparable, sí que puedo imaginarlo, no ya por mi experiencia, que ha vivido esta década y doce meses con una intensidad y una emoción asombrosas; sino por la expresión de mi pequeña de siete años y medio que, después de asistir al brutal despliegue de tres horas de proyección que se sienten como la mitad, sólo acertaba a decir, con decidida excitación en su voz: «¿ya está? ¿eso han sido tres horas? ¡¡¡QUIERO MÁS!!!» ¿Que por qué no es comparable la escala de la experiencia de mi hija? Sencillamente porque lo que para muchos ha sido un pedazo considerable de nuestras vidas, para ella sólo han sido dos meses y medio intensos en los que hemos ido pasando, una a una, por todas las estaciones que conforman hasta ahora el Universo Marvel Cinematográfico.

Y aún así, aún suponiendo tan ínfima porción de tiempo, y sin contar con el bagaje, no sólo cinematográfico sino también tebeístico, con el que cuenta su padre, es muy revelador y emocionante contemplar cómo Tony Stark, Steve Rogers, Thor, Natasha Romanoff, Bruce Banner, Clint Burton, Scott Lang, Stephen Strange, Carol Danvers, Peter Parker, T’Challa, Peter Quill, Gamora, Dax, Rocket, Groot y todos los demás personajes que han compuesto este extraordinario viaje que han sido las 22 primeras producciones de Marvel, forman ya parte inherente de la portentosa imaginación y del limitado imaginario de mi pequeña. De ella y, por supuesto, de los muchos millones de espectadores que han reído, han vibrado, han soñado y han llorado con las aventuras de unos héroes que sentimos como nuestros gracias, sin duda, a la precisa forma en la que se ha trabajado con ellos desde el seno de unos estudios que, con sus luces y sus sombras, han cambiado por completo el paradigma de lo que entendemos por cine de entretenimiento.

El «fan service» tal y como hay que entenderlo

Muchas de las críticas negativas que he leído al respecto de ‘Endgame’ apuntan a que, sin duda, esta es la cinta de Marvel que más se ha rendido al «fan service». Y si bien puedo entenderlas, lo que no alcanzo a comprender es por qué razón rendir pleitesía a aquellos que sentimos a estos personajes como nuestros debe interponerse como principal problema a la hora de abrazar sin escrúpulos lo que los hermanos Russo nos ofrecen con esta penúltima estación de la que ya es conocida como «Saga del Infinito»: sí, las películas están hechas para ganar dinero a espuertas —da miedo pensar hasta qué niveles de recaudación llegará una que en sus dos primeros días ya había acumulado 300 millones a escala mundial sin tener en cuenta la taquilla estadounidense—, pero está claro que sin nosotros, sin los fans que hemos acudido en masa una tras otra a ver todas y cada una de las que conforman el UMC, esto nunca habría sido posible, y que desde Marvel tengan eso claro y hayan querido regalarnos estas asombrosas tres horas, es algo que asevera con contundencia del por qué, cuando hablamos de cómic en el cine, el modelo a seguir, ha sido, es y será —a saber durante cuánto tiempo—, el de La Casa de las Ideas.

Cuidado, que valore como hago la manera en la que ‘Endgame’ nos deja instante tras instante, «splash page» tras «splash page», diálogo tras diálogo y homenaje tras homenaje a los once años de recorrido del UMC, no significa que me ciegue ante los que, a menos a mi parecer, son sus ínfimos problemas. Unos problemas que en otras voces pasan por el ritmo narrativo, por la muy marcada estructura en tres actos, porque el primero de éstos se dedique a lo que se dedica o que el segundo parezca que está puesto ahí para prolongar la acción y estirar la duración sin necesidad, o por el tratamiento que reciben ciertos personajes —sobre todo Thor— y que en la mía, si acaso, sólo harían mención a lo enrevesado del entramado de viajes temporales en el que se meten los cineastas.

De acuerdo, queda más o menos explicado por la sucinta aclaración que Hulk hace en un momento dado cuando expone que los desplazamientos en el tiempo no son como las chorradas que nos han contado hasta ahora todas las películas en las que éstos han servido de telón de fondo —genial la coña hacia un buen puñado de películas que citan sin rubor los personajes en esa escena—; pero que nuestro cerebro tenga que acomodarse a una nueva forma de verlos cuando está estructurado en conceptos tan asentados como paradojas temporales y líneas alternativas resulta, cuanto menos, complicado. Y ni tan siquiera ahora, un par de días después de haberla visto, de no parar de pensar en ella y de haber leído algún que otro artículo en la red, soy capaz de racionalizar de forma medianamente satisfactoria algo que, en última instancia, no hace sino descansar en la suspensión de credulidad y en que, a fin de cuentas, esto es cine de fantasía y, de así quererlo, ni hay reglas que seguir ni esquemas preestablecidos que respetar.

Dos actos y un objetivo: construir la ÉPICA (en esta sección, destripes)

Decía antes que uno de los «peros» que más se le está interponiendo a ‘Endgame’ es que, en su clara estructura, que dedica una hora exacta de metraje a cada uno de los actos —incluyendo los quince minutos aproximados de créditos finales—, los dos primeros sean poco menos que viajes a ninguna parte. Mi impresión, lejos de ser esa, fundamenta la valía de ambos en una simple reflexión: lo imprescindible tanto de uno como del otro, por diferentes razones, en lo que a construcción de personajes respecta de cara al empaque emocional que atesora el clímax.

De hecho, tampoco veo los problemas de ritmo y lentitud que muchos están acusando, bien en un arranque que avanza de manera constante, forzando la marcha de todo lo que sucede hasta que los Vengadores que aún quedan con vida terminan encontrando el planeta al que Thanos se ha retirado tras haber acabado con el cincuenta por ciento de la vida del cosmos; bien en lo que se ofrece cuando el filme da un abrupto salto de cinco años y nos presenta lo que ese lustro ha supuesto en las vidas de un Tony Stark que ahora es padre, un Thor que se ha dejado hasta mutarse en Volstagg, un Capi que, siempre con el optimismo por bandera, trata de continuar llevando la esperanza allí donde hoya o un Hulk que ha logrado fusionar músculo y cerebro en un nuevo yo —como ya lo hiciera Peter David en su legendaria estancia en la serie del coloso esmeralda. Todo ello, presentado con cierto tono de fatalidad y mucha melancolía de fondo, nos lleva de la mano a la aparición de Scott Lang, al inevitable uso del mundo cuántico como solución mediante la que revertir el apocalipsis y a un segundo acto que, sinceramente, está puesto ahí para que FLIPEMOS.

Sólo así se explica que, para conseguir las gemas del infinito antes de que Thanos se haga con ellas, los Vengadores viajen al 2012 de la batalla de Nueva York de la cinta de Whedon; a los dos planetas ligados tanto con el comienzo de ‘Guardianes de la Galaxia’ (‘Guardians of the Galaxy’, James Gunn, 2014) como con una de las secuencias más dramáticas de ‘Vengadores: Infinity War’ (‘Avengers: Infinity War’, Anthony & Joe Russo, 2018) o al Asgard de ‘Thor: el Mundo Oscuro’ (‘Thor: The Dark World’, Alan Taylor, 2013), sirviendo esas revisiones de momentos fundamentales en la historia de los héroes para perfilar aún más a cada uno de ellos y, por supuesto, para ofrecer el festín de fan service al que nos referíamos antes. Un festín que rememora de manera directa a la saga de ‘Regreso al futuro’ y que, a su conclusión, deja puestas las fichas sobre el tablero para lo que nos reservan los 60 minutos finales.

(fin de destripes)

Épica, vellos como escarpias y lágrimas de cocodrilo

Hay tanto y de tal calibre en el acto final de ‘Engdame’, que todos aquellos que miran con ojos torvos a las dos primeras horas de proyección no tienen más remedio que justificar su tránsito por ellas para poder asistir al sumo espectáculo preñado de MAGIA que nos ofrecen los Russo en una sucesión imparable de planos alucinantes, ideas puestas ahí para que el público aplauda enfervorecido cada minuto, espete interjecciones de asombro de todo tipo, vea como se le erizan los pelos de los brazos, la respiración se le entrecorta y, llegado el momento, no pueda contener lagrimones de emoción que evidencian, mejor que ninguna otra disquisición, lo mucho que estos personajes han llegado a significar para la audiencia.

Apabullante y de una dimensión descomunal, lo que discurre ante nuestra atónita mirada, por más que pueda ser previsible, supone, abarcando todo el espectro emocional, el cierre a once años de recorrido y, en cierto modo —y a título personal— a la inversión que los lectores de «siempre» llevamos haciendo gran parte de nuestra vida en los héroes del Universo Marvel. Debido a ello, y bajo la condición de que, por mucho que el final de la fase 3 llegará de facto con ‘Spider-man: Far from home’ (id, Jon Watts, 2919), ‘Endgame’ es punto y a parte, la sensación que prima cuando terminan los créditos —bellísimo el gesto hacia el sexteto original— es la de una «tristeza bonita», esa que te acompaña cuando sabes que acabas de pasar página sobre un capítulo importante de tu vida que, de alguna manera, no volverá a repetirse pero que, al tiempo, ha llenado de dicha tu corazón.

Pero a esa sensación, que aúna melancolía, pena, nostalgia e incluso algo de euforia mal gestionada, se termina superponiendo otra, mucho más poderosa: la de la anticipación acerca de lo que está por venir. Leía el otro día por ahí a un crítico estadounidense que el hartazgo de tanto superhéroe Marvel en el cine era ampliamente superado por la perspectiva de que sus nietos y bisnietos seguirán viendo estrenarse, probablemente, producciones procedentes de La Casa de las Ideas. Ante esa perspectiva, que obviamente está basada en una realidad a medias por cuanto es imposible predecir qué deparará el futuro de la industria a diez años vista —vamos, ni a cinco años sería predecible—, sólo puedo confrontar mis ansias porque Disney y Marvel continúen superándose y encontrando nuevos filones creativos que explorar. Lo tendrán muy difícil, claro está, porque en ese esfuerzo de superación contarán con un cenagal de complicado vado, el que supondrán las inevitables comparaciones con lo que vino antes o, por supuesto, las exacerbadas actitudes de los «fancistas» más recalcitrantes que no encuentren en futuras instancias lo que ellos crean que les tienen que dar.

Más yo digo que dejemos atrás prejuicios e ideas preconcebidas y que, por supuesto, no caigamos en comparaciones fútiles para, en su lugar, proponer que se disfrute una y otra vez de lo que ya tenemos; que exprimamos al máximo lo que hay ahora mismo en el cine —esta es una de esas películas que nada más salir estás deseando volver a ver con más ganas si cabe que la primera vez— y que valoremos lo que esté por llegar anteponiendo, en cualquiera de esos instantes, al niño que fuimos sobre el adulto que somos; al chaval que tan bien quedaba representado hacia el final de ‘Capitán América’ (‘Captain America’, Joe Johnston, 2011) —ese que con una tapa de cubo se hacía su escudo y jugaba a ser el Capi— sobre esa versión nuestra que, incapaz de reconectar con su antecesor más imaginativo, todo lo crítica y todo lo rechaza negándose, en última instancia, la felicidad y la celebración de lo fantástico que ‘Vengadores: Endgame’ enarbola por encima cualquier otra apreciación y que, por tanto, celebra por todo lo alto. EXCELSIOR!!!!

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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1 Comentario

  1. Que barbaridad. Volver a llorar en un cine, mirar a tu lado y que tus hijos estén igual. Coincido con los críticos en lo de los dos actos iniciales, pero es que el acto final… se resume en la frase de Wong: «¿Querías más?». No, no se puede querer más.

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