‘Gorrión Rojo’, elegancia

Si hubiera que apuntar a un personaje determinante en el cine de espías de los últimos veinte años, ese sería, qué duda cabe, Jason Bourne: la amnésica máquina de matar interpretada por Matt Damon que comenzara su andadura en la gran pantalla allá por 2002 de mano de Doug Liman, supuso un potente revulsivo, no en lo que al género de espionaje se refiere, sino al de acción en términos más amplios. Tal fue la influencia silente de lo que Liman primero y Paul Greengras después llegaron a desarrollar en la trilogía de Bourne, que no sería muy descabellado apuntar a la saga como elemento más influyente en el radical giro que se le imprimió a las aventuras de 007 a partir de la incorporación de Daniel Craig como el agente con licencia para matar más famoso de la historia del cine.

Bajo esa simple premisa, la de ponerle ojitos tiernos a Bourne, muchas han sido las propuestas que nos han llegado en el último lustro, algunas poco afortunadas, otras sobrepasando incluso al modelo del que partían —en éstas últimas no podemos dejar de nombrar a las dos entregas de John Wick o a esa alumna aventajada de ambas que fue el año pasado la espléndida ‘Atómica’ (‘Atomic Blonde’, David Leitch, 2017)—. Y podría parecer, por el rumbo que está llevando esta introducción que en ‘Gorrión rojo’ (‘Red Sparrow’, Francis Lawrence, 2018) hemos encontrado otra iteración sobre un modelo que, aún vigente, comienza a necesitar ciertas revisiones. Podría parecerlo, pero nada más lejos de la realidad. Y es que, si de algo hemos de hablar con respecto a la cinta protagonizada por Jennifer Lawrence, es de un nuevo paradigma en el género de espías que, no obstante, cimenta su personalidad en fórmulas nada novedosas.

Situada en la actualidad pero perfectamente enmarcable en cualquier instante del periodo de máximo apogeo de la guerra fría, la decisión consciente de Francis Lawrence de respetar al máximo la atemporal personalidad de la novela de Jason Matthews, hace que el filme se acerque en consecuencia a modelos de los años setenta y al espíritu en general del tipo de historias cuya autoría cabría atribuir a John Le Carré. Con ese marco como referencia constante, es la ruptura con las concesiones a la galería y la férrea voluntad de no resultar complaciente, fácil o recursiva lo que hace de ‘Gorrión rojo’ una sorpresa que, a mi entender, no tiene ninguno de los problemas a los que muchos críticos han hecho referencia apuntando a que el filme tiene “más forma que substancia”.

Es más, es de agradecer —y mucho— la soberbia elegancia que Lawrence demuestra en todo momento, moviendo las dos horas y veinte de metraje a un ritmo pausado, que nunca se da a prisas y que deja respirar a la perfección las muchas complejidades de un entramado argumental que juega de manera constante a confundir al espectador hasta tales extremos que resulte imposible anticiparse a lo que va a pasar a continuación. De acuerdo, quizás algún punto fundamental del discurrir de la acción sea más o menos fácil de adivinar, pero ahogado como queda en una telaraña tejida con sumo esmero, carece de relevancia el adelantarse al “quién es quién” cuando resulta mucho más apasionante aprehenderse de qué manera se nos va a mostrar tal revelación.

Acercándonos a la historia de una joven que, debido a diversos avatares, termina siendo entrenada para convertirse en una “gorrión”, una espía del servicio secreto ruso especializada en utilizar su sexualidad para obtener lo que desea, decía antes que es la valentía de Lawrence y el empuje de las dos compañías productoras —y, por supuesto, el de la Fox al distribuir el filme— por ceder lo mínimo indispensable lo que convierte a la cinta en una rara avis dentro del cine actual de medio-alto presupuesto: calificada R en Estados Unidos debido a su fuerte contenido sexual y violento, ‘Gorrión rojo’ no escatima en conversaciones y escenas subidas de tono en las que se nos muestran sin pudor, como si esto fuera una producción de la HBO, desnudos de ambos sexos.

Digno de aplaudir, que el filme incluya la aparición de Jennifer Lawrence casi como vino al mundo y no haga reclamo publicitario de ello, es una muestra más del compromiso de los responsables de la cinta para con un producto que no intenta venderse de una forma que hubiera sido muy evidente y prefiere jugársela a que el respetable sepa apreciar en lo que vale el buen hacer que gasta en todos los frentes que la conforman. Porque, seamos claros: ¿actores? espléndidos —lo de Lawrence es espectacular, y eso que nunca ha sido santa de mi devoción—, ¿dirección? elegante, sobria y de una claridad de ideas excepcional; ¿diseño de producción? elegante, sobrio y preciso; ¿música? Uf, lo de la música es digno casi de un párrafo al margen…

Aunque ya había dado muestras asombrosas de su talento durante los noventa, lo portentoso del trabajo de James Newton Howard durante los años que transitaron desde ‘El protegido’ (‘Unbreakable’, M. Night Shyamalan, 2000) hasta ‘La joven del agua’ (‘Lady in the Water’, M. Night Shyamalan, 2006) convirtieron al compositor en uno de esos nombres imprescindibles a la hora de hablar de música de cine. Elecciones equivocadas y scores con poca personalidad como los que nos dejó con su incursión en la saga de ‘Los juegos del hambre’ fueron consiguiendo poco a poco minar la confianza personal en que Howard lograra reconectar con aquél compositor que escribió, qué sé yo, la superlativa partitura que acompañaba a ‘Señales’ (‘Signs’, M. Night Shyamalan, 2002). Una confianza que ahora encuentra renovados motivos para la esperanza por el soberbio trabajo realizado con esta ‘Gorrión rojo’.

Elegante y sobrio como la cinta a la que acompaña, Howard se deja llevar en no pocos momentos por sonoridades muy “Herrmanianas” que refuerzan, y de qué manera, la faceta “clásica” de la cinta. Cayendo, por querer ajustarse en exceso a las imágenes, en instantes de gran incidentalidad que, instantanéamente, nos devuelven a esos oscuros senderos por los que ha transitado su labor en los últimos años —salvo honrosas excepciones, claro— es no obstante en las escenas puntales donde el artista saca músculo y nos deja con temazos como éste, que eleva sobremanera las sensaciones que nos deja el filme por sí solo (bueno, han sido dos párrafos, espero sepáis perdonármelo).

La conjunción del alto nivel al que rayan todos los elementos que conforman ‘Gorrión rojo’ debería servir como garante más que suficiente de que esta estimulante propuesta encontrara vida más allá de sus 140 minutos de proyección. Mi personal esperanza está puesta en que el filme funcione lo suficientemente bien en la taquilla yanqui como para que sus responsables se planteen acercarse a la segunda de las novelas que conforman la trilogía escrita por Matthews. Quizás el tener que jugar en contra de ese mastodonte que está siendo ‘Black Panther’ (id, Ryan Coogler, 2018) —que ya lleva acumulados 500 millones de recaudación sólo en Estados Unidos y se ha situado, por ahora, claro, cómo la décima película más taquillera de la historia en su país— no sea la situación idónea, pero habrá que esperar a su funcionamiento de cara al próximo fin de semana para empezar a dilucidar si veremos, o no, más aventuras de Dominika Egorova.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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