‘Doctor Sueño’, de lo mejor del 2019

Artífice de la mejor serie de televisión a la que tuvimos la suerte de asomarnos el año pasado —por si alguien no lo recuerda, estamos hablando de ‘La maldición de Hill House’ (‘The Haunting of Hill House’, 2018)— que Mike Flanagan fuera el elegido para traducir a imágenes ‘Doctor Sueño’, la secuela que Stephen King publicó en 2013 de ‘El resplandor’, su mítica novela de 1977 que sería adaptada por Stanley Kubrick en la no menos mítica película de 1980 protagonizada por Jack Nicholson; no podía ser otra cosa que garante de que lo que íbamos a encontrarnos en la sala de cine se posicionaría muy posiblemente entre lo mejor de este 2019 que, por si no lo he dicho ya en algún momento del pasado reciente, va a terminar cerrándose como uno de los peores años en términos de producciones cinematográficas que servidor recuerda desde hace mucho.

Es evidente que esa impresión a priori podía darse de bruces con una realidad completamente diferente y que, toda vez vista, ‘Doctor Sueño’ (‘Doctor Sleep’, Mike Flanagan, 2019) nos hubiera parecido un truño de proporciones épicas o, como poco, una muesca más que añadir a todo lo directamente olvidable que nos ha dado este año. Pero, como puede inferirse de forma directa del título de esta entrada, nos encontramos justo ante lo que esperábamos: una cinta de terror de una categoría superlativa que, muy a la manera de los mejores títulos del género de los últimos años —esos que han ido huyendo de la corriente mayoritaria de la que se han hecho eco las «películas de miedo»—, huye de manera consciente de todo lo que, al menos a título personal, más me horripila de tan adorado tipo de películas.

Así, y aunque hay alguno que, no podía ser de otra manera, está perfectamente justificado, Flanagan —que a parte de dirigir y adaptar la novela también edita…y eso se nota tela—evita como a la peste los golpes de efecto, esos giros bruscos de la cámara que, acompañados de una variación súbita en la intensidad de la música, lo único que pretenden es que el respetable salte en su butaca a la vez que profiere un grito de pavor. Pero eso no es terror. No al menos bajo mi punto de vista. El terror verdadero, ese que no se olvida tan pronto se ha consumido, es el que se construye desde la atmósfera y los personajes, el que se cultiva con esmero desde la sutileza y el que, poco a poco, se va introduciendo debajo de nuestra piel creando una ineludible sensación de extrema incomodidad que, muy probablemente, no termine con la proyección sino que perdure en tanto continuemos pensando lo que nos ha ofrecido la función.

Ya sabíamos que Flanagan era muy capaz de conseguir dicho logro por lo que habíamos visto, capítulo tras capítulo, en ‘La maldición de Hill House’, pero, claro está, ahí el formato ayudaba aunque sólo fuera por el mero hecho de contar con diez horas para ir construyendo a placer y con una solidez a la que el cine no podría aspirar —al menos sobre el papel, claro— unos personajes tridimensionales y creíbles que no se atuvieran a los más que mascados arquetipos que tanto daño han hecho al cine de género. Pues bien, dejemos claro, y hagámoslo ya, que parte de la hazaña del cineasta en ‘Doctor Sueño’ se fundamenta, y de qué manera, en ser capaz de levantar esa misma solidez de personajes contando con una cuarta parte del metraje que tuvieron los diez capítulos de la serie de Netflix.

Polarizados en los dos extremos —el bien y el mal— que se encuentran a ambos lados del «resplandor» —esa fuerza de percepción extrasensorial que definía King en la novela original y que Kubrick explicaba en boca de Scatman Crothers en su adaptación—, resulta encomiable que Flanagan dedique casi tanto tiempo a levantar y definir como mandan los cánones a los personajes de unos excepcionales Ewan McGregor y Kyliegh Curran —la joven de trece años es, sin lugar a dudas, el descubrimiento del filme, con esa capacidad que tiene de mostrar madurez, determinación y fragilidad casi sin esfuerzo— y, en el espectro opuesto, a hacer lo propio con la maravillosa Rebecca Ferguson, líder del grupo de antagonistas de la luz que van dando caza a aquellos que la poseen.

La explicación que se da sobre los miembros de «El nudo verdadero» —nombre que reciben en el libro, en la cinta nunca se les atribuye ninguna denominación— es de esas que excitan sobremanera la imaginación del espectador hasta tal punto de desear poder ver un filme dedicado a ellos en exclusiva que explorara la fértil historia que se adivina en las pocas líneas de diálogo que, enunciadas por Ferguson, dibujan una riqueza suma y un trasfondo tanto o más atractivo que el que ostentan Danny Torrance y Abra Stone. Más lo que se hace evidente tanto en uno como en otros es el extremo mimo que se ha puesto en que todos ellos no atiendan a modelos preestablecidos que aburran al espectador, sino a patrones en los que valga la pena invertir dos horas y media de metraje cocinadas a fuego muy lento.

Valor añadido de la producción que habla mucho sobre lo que Flanagan consigue, el ritmo pausado y calmo de ‘Doctor Sueño’ es, en gran parte, responsable de esa capacidad de la cinta de lograr meterse debajo de la piel del espectador y mantenerlo en tensión durante casi cada uno de sus 151 minutos: rara avis en un momento en el que la norma es que a las películas les falte tiempo para arrojarte las cosas a la cara, que la media hora inicial de este magnífico producto se invierta en perfilar a base de trazos superpuestos al Danny que fue y al Dan que es el personaje de McGregor, utilizando para ello secuencia tras secuencia de meros diálogos es toda una declaración de principios que deja muy claro cuáles son las intenciones del cineasta y guionista para con esta adaptación.

A partir de ahí, y siempre bajo esa premisa de no apresurar nada, la cinta equilibra a la perfección todo aquello que va ofreciendo sea del palo que sea, dejando para el final un tercer acto que, tachado de fan service hacia el filme de Kubrick por mucho «entendido», se siente de manera inequívoca como aquello que era necesario que ocurriera para cerrar de manera satisfactoria la historia de la familia Torrance, esa que a algunos lleva acompañándonos casi cuarenta años y que, gracias a lo que aquí nos encontramos, trasciende si cabe lo legendario de la adaptación de Kubrick para conformar un todo que, desde ya, es uno de los mayores referentes del cine de terror de todos los tiempos.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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