‘La maldición de Hill House’, la serie del año

Teniendo en cuenta la ingente cantidad de series que desfilan con mayor o menor fortuna por delante de nuestra mirada a lo largo del año, resulta paradójico que en Fancueva hayamos evitado hasta la fecha el hacernos eco valorativo de algunas de ellas de la misma manera en que, a diario, lo hacemos sobre cómics, cine o juegos de mesa. No hay un motivo claro para dicha ausencia más allá de que nunca nos han gustado por aquí las reseñas “capítulo a capítulo” —analizar una parte como si de un todo se tratara me parece tan absurdo como el hecho de que dichas reseñas no sean más que resúmenes más o menos bien redactados del episodio de turno— y, sobre todo, de que bastante tarea tenemos ya con los palos que tocamos como para meternos en otro cenagal más.

Huelga decir pues que la entrada de hoy no es más que una muy significativa excepción a un vacío que quién sabe si podremos llenar algún día y que, el serlo, el saltarse la norma no escrita de no valorar producciones para televisión, es debido a que, como reza el titular, nos encontramos ante un producto tan sobresaliente, tan perfecto en muchos de sus aspectos y tan soberbio en otros, que nos nos ha quedado más remedio que rendirnos ante la imperiosa necesidad de dejar ciertos artículos que urgían mucho más y dedicar nuestro tiempo de hoy a sobrevolar con cierta intensidad sobre todo aquello que hace grande a ‘La maldición de Hill House’ (‘The Haunting of Hill House’, 2018), la serie de diez episodios que Netflix estrenaba el pasado día 12 y que, si de algo sirve, ahora mismo ostenta la nada desdeñable calificación de 9.1 en la IMDb o, en términos de porcentaje, el mismo 91% en Rotten Tomatoes.

Por mucho que no seamos amigos de las puntuaciones agregadas —por cuanto en no pocas ocasiones se alejan, paradójicamente, de ser representativas— tan elevadas “notas” no son otra cosa que el preciso escaparate a través del cual adentrarse en el fascinante mundo que ha construido Mike Flanagan a partir de la legendaria novela de Shirley Jackson. Un texto que ya había conocido un par de adaptaciones en el pasado —una de 1963 dirigida con cierto pulso por Robert Wise, otra de 1999 firmada por Jan de Bont y la mar de olvidable— pero que, en manos del responsable de ‘El juego de Gerald’ (‘Gerald’s Game’, Mike Flanagan, 2017), la adaptación del relato de Stephen King que el año pasado protagonizaban Carla Gugino y Bruce Greenwood, se convierte en una bestia muy diferente a lo que ideó la escritora o lo que fue recogido en celuloide.

El tormento de una familia

La diferencia fundamental entre el texto de Jackson y el guión de Flanagan —que cuenta con cierto auxilio en dos o tres episodios— es que mientras aquella se centraba en la investigación que un grupo de cuatro individuos lleva a cabo en una mansión supuestamente encantada para encontrar evidencias físicas de lo paranormal, éste parte de una premisa que, prescindiendo del arquetipo de un grupo de desconocidos en una mansión diabólica, se apoya en otro muy diferente para generar todo un rosario de sinergias alucinantes.

El arquetipo del que parte Flanagan, que ya hemos visto hasta la saciedad en el cine de terror, no es otro que el de una familia ocupando una casa en la que comienzan a sucederse los fenómenos inexplicables. Hasta ahí nada nuevo. Todos estaréis ya pensando en títulos como la legendaria ‘Poltergeist’ (id, Tobe Hooper, 1982) o en cualquiera de las dos magníficas entregas de ‘Expediente Warren’ (‘The Conjuring’, James Wan, 2013). Creedme cuando os digo que lo que ofrece ‘La maldición de Hill House’, aún cuando es directa heredera de toda el sub-género de casas encantadas, intenta —y consigue, digo que si lo consigue— apartarse de forma consciente de todas ellas para ofrecer al espectador algo completamente nuevo.

Para comenzar, la estructura en dos tiempos que utiliza el cineasta, consigue que nos metamos de cabeza en la historia cuando ésta sólo lleva unos pequeños compases: cambiando constantemente entre el verano que la familia Crain pasó en la mansión Hill y las consecuencias de unos hechos que, veintiséis años después, aún siguen atormentando a los cinco hermanos, Flanagan dota de un ritmo vibrante a 600 minutos en los que nunca se da nada mascado al respetable, siendo plena responsabilidad nuestra el ir ordenando el puzzle que los acontecimientos que se nos muestran van postulando poco a poco.

También en lo que se refiere a lo estructural, resulta especialmente elocuente la decisión de invertir los cinco primeros episodios, la mitad de la serie, en contarnos la misma historia con sutiles matices diferenciadores, los que atañen a cómo vivieron y cómo viven cada uno de los cinco hermanos que son eje de todo el entramado. Dicha decisión habla de forma categórica acerca del firme compromiso de Flanagan de conseguir que sintamos como nuestros a Steve, Shirley, Theodora, Luke y Nell y nos parecen ejemplares la dedicación con la que la serie explora a cada uno de ellos, el sumo mimo con el que los trata y la manera en que, al tiempo que los conocemos de adultos, también los vemos de niños y vamos reconociendo en ellos ciertas idiosincrasias de esas que nunca cambian por mucho que crezcamos.

En estado de gracia

Normalmente, cuando leéis por aquí las líneas que le dedicamos a esta o aquella producción cinematográfica, solemos evitar dedicar mucho espacio a deleitarnos en desgranar con profusión de epítetos la labor de los actores a no ser que sea estrepitosamente defectuosa o, por lo contrario, asombrosamente sublime. Dicho esto, a la hora de reflexionar sobre lo que funciona a las mil maravillas en ‘La maldición de Hill House’, es imprescindible hacer obligada estación en, para empezar, los cinco intérpretes que encarnan de adultos a Steve, Shirley, Theo, Luke y Nell, ya que, dado el peso que Flanagan deposita en todos y cada uno de ellos, se hace muy evidente el completo fracaso que la serie hubiera sido de contar con artistas menos eficaces.

Quizás sería deseable hacer ahora mención uno a uno a lo que Michiel Huisman —el Dario Naharis de ‘Juego de tronos’—, Elizabeth Reaser, Kate Siegel, un ASOMBROSO Oliver Jackson-Cohen o una SOBERBIA Victoria Pedretti hacen de cada uno de los cinco hermanos, pero en su lugar, en vez de ir uno a uno detallando circunstancias que podrían bordear en el destripe, prefiero apuntar a la extrema sensibilidad generalizada de la que se han partícipes todos ellos; a la extraordinaria manera en la que implican al espectador en sus vidas y cuitas generando una empatía que no conoce dobleces, que funciona desde el minuto cero y que se ve aumentada sobremanera por la genial idea de Flanagan de mostrarnos vulnerabilidades y fortalezas infantiles que persisten en sus yo adultos; o, por supuesto, a la impresionante capacidad de transmitir emociones con sus expresiones, algo que deviene en maravilla si a quiénes hacemos referencia es a Jackson-Cohen —el Luke adulto— o a Pedretti —la Nell adulta—.

Son los encargados de dar vida a los mellizos que sirven de catalizadores de buena parte del entramado, los que mayores loas merecerían por cuanto la natural fragilidad que exudan —y de la que también se hacen eco, en menor medida, sus compañeros— es constante fuente de instantes en los que quedarse boquiabierto, y tanto el cuarto episodio, el dedicado a Luke y a sus extremos problemas con las drogas; como el quinto, que se centra en Nell y en cómo la pequeña de la familia lidia en su edad adulta con las pesadillas de su pasado, se cuentan entre los mejores de una decena que conoce muy pocos altibajos —alguno tiene, pero queda ahogado por la superlativa categoría del conjunto—.

El terror no consiste (sólo) en dar sustos

Sin olvidarme de unos extraordinarios Henry Thomas —el Elliot de ‘E.T el extraterrestre’—, Carla Gugino —espectacular es también el capítulo centrado en ella— y Timothy Hutton, es forzoso encarar el tramo final de esta entrada dejando que vuestro conocimiento del castellano aporte aquí todos los epítetos de alabanza que se os ocurran para completar la calificación de matrícula de honor que merecen tanto el guión como la dirección de Mike Flanagan.

Cocinado sin prisas, y conjurando junto a ese ritmo vibrante que antes comentaba un destilado atemperado y pausado de los acontecimientos que nunca aprieta el paso, el libreto de Flanagan es un virtuoso ejemplo de cómo hace cine de terror —por no hablar de cómo escribir una serie en la que nada hay de relleno, diez episodios que son exponente perfecto de las muchas diferencias que separan a televisión y cine— instilando el mismo, no desde el abuso de grotescos recursos argumentales o constantes arremetidas contra la compostura del respetable, sino desde la sutileza y la naturalidad que, apoyada en el trabajo interpretativo, exudan diez horas de televisión como pocas se han visto en el género.

Más el guión no es sino mera antesala de lo que el cineasta es capaz de recoger con una cámara que, en un doble ejercicio de callado virtuosismo y regio control sobre múltiples resortes, nos deja anodadados capítulo sí, capítulo también. A este respecto, y considerando que a lo largo de los diez episodios hay momento tras momento que rescatar y fijar en nuestra memoria como algunos de los más sólidos y acongojantes que hayamos podido ver en un vehículo de terror, resulta tarea casi imposible destacar un puñado reducido como el que mejor sirve de exponente a la maestría que Flanagan impone a ‘La maldición de Hill House’. Aún así, aún considerando lo imposible de esa tarea, hay un final, el del capítulo cinco y un capítulo completo, el seis, que por razones diversas, no podemos dejar de nombrar.

La conclusión del quinto episodio, el dedicado a revisar la vida de Nell, la niña que recibe la visita de la “Señora del cuello doblado”, es tan escalofriante, está resuelta con tan suma brillantez y deja al espectador tan anclado en su sofá con el aliento entrecortado, que no temería señalarlo como uno de las secuencias más terroríficas de la historia del cine de terror. En lo que respecta a ‘Dos Tormentas’, sexta parada en el avanzar de la trama, los constantes planos secuencia que Flanagan plantea en el hogar de Shirley, el típico mortuorio estadounidense, alternados con los flashbacks que miran hacia una tormenta gemela, veintiséis años atrás, que será determinante en lo que sucederá después en la mansión Hill, hacen de este capítulo acaso el mejor de una serie —aunque en la contienda por ese título mucho tuviera que decir el que da cierre a la misma— que, lo decía antes, oblitera cualquier pequeño descenso de interés y se alza indiscutible —al menos hasta el momento— como lo mejor que hemos visto a lo largo de 2018 en la pantalla de nuestro hogar.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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