‘Un trabajo como cualquier otro’, preludio a la Gran Depresión

Para los que llevamos la práctica totalidad de nuestra vida consumiendo cultura estadounidense, basta la mera mención de un concepto al que nos hayamos asomado en alguna ocasión para despertar todo un torrente de tropos y arquetipos asociados a él por mano de la literatura o, por supuesto, el cine. Ese es sin duda el caso de algunos de los términos que maneja Alex W. Inker en ‘Un trabajo como cualquier otro‘. Conceptos y nombres como «América profunda», dust-bowl, ‘Las uvas de la ira‘ —ya en la novela de John Steinbeck, ya en la prodigiosa adaptación que hizo de ella John Ford— o por supuesto, el que nos ha servido para enmarcar la reseña en el titular, La Gran Depresión. Bien es cierto que, como indicamos en el mismo, la traslación del texto homónimo de Virginia Reeves que lleva a cabo Inker no tiene lugar en los años posteriores al crack del 29, sino en los compases previos al hundimiento de la bolsa en aquél lunes negro que, centrado en la vida de un desdichado «americano medio», dejan muy claro que lo que decantó el 28 de octubre de 1929 no fue sino la consecuencia más que esperable de un proceso que había empezado mucho tiempo atrás.

Alejándose de «los focos» y del análisis a gran escala de la situación por la que pasaba el país en la década de los 20 del siglo pasado, resulta encomiable que el texto de Reeves —y el traspaso a viñetas de Inker, claro está— sea capaz de ofrecer una semblanza tan ajustada y general de lo que se vivía en Estados Unidos recurriendo a lo menudo e «insignificante» de Roscoe T. Martin, un hombre cuyos sueños de grandeza y de salir del polvo que rodea su vida le llevarán, tras un trágico accidente, a pasar veinte años tras los duros barrotes de una prisión estatal. En ella, y lejos del cierto grado de glamour que el cine añade siempre a las fábulas en prisión —y ahí está la magistral ‘Cadena perpetua‘ o la no menos genial ‘La milla verde‘ para demostrarlo—, Roscoe tendrá tiempo para una suerte de prolongada reflexión a la que el lector se verá arrastrado irremisiblemente dado el alto grado de empatía que las páginas del volumen terminan instilando.

Asumiendo una paleta cromática muy limitada —todo se resuelve entre un gris ballena y un ocre anaranjado sobre los que se superponen tramas de puntos—, el trazo afable de Inker juega al engaño con el lector, al menos en unos momentos iniciales en que parece que la historia va a discurrir por derroteros bien diferentes a los que finalmente accede. Trascendidos dichos instantes, a lo que ayuda el dibujo del artista francés es a tragar mejor la dureza y el tono de tragedia que subyace, y no siempre de manera amable, en el transcurso de una lectura que aquí y allá, no se lo pone fácil al que a ella se asome, no por cuestiones de inteligibilidad, ni mucho menos, sino por mera humanidad y porque, por más que la distancia —métrica y temporal— nos separe de una historia tan aparentemente localista como la que aquí se plantea, son muchas las razones para que sintamos muy cercano a Roscoe, a sus infortunios y, aún más, a unos anhelos que reverberan potentes dispuestos a revestirse de universalidad.

Un trabajo como cualquier otro

  • Autores: Alex W. Inker
  • Editorial: Ponent Mon
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 174 páginas
  • Precio: 24 euros

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