‘Ted, un bicho raro’, psicotrópica ternura

Haciendo honor a su título, ‘Ted, un bicho raro’ no es un tebeo de fácil acomodo. A ver, siendo muy simplistas, lo que Émilie Gleason plasma aquí podría entroncar fácilmente en la amplia corriente del tebeo autobiográfico por más que, en realidad, la autora sólo se haya inspirado en la enfermedad de su hermano para perfilar al curioso personaje de patas largas que convierte en su protagonista. Pero incluso asumiendo esa parcial personalidad biográfica —o realista, como queráis llamarla— hay tanto en estas páginas que escapa a ser catalogado o incluido en éste o aquél tipo de historias que, en última instancia, casi se nos antoja plausible la invención de una nueva categoría para tan curiosa y surrealista lectura que, por supuesto, llevara su mismo nombre. Ahora bien, al carecer de ejemplos comparativos, dicha hipotética categoría estaría vacía de contenido, así que vamos a intentar —y no sé si a conseguir— dar un semblante lo más aproximado posible acerca de lo que el lector podrá encontrarse de adentrarse en estas psicodélicas planchas.

Ted es un chaval inquieto con un montón de manías «raras». Algunas podrían ser denominadas como soeces, otras, la gran mayoría, como peculiares. Y es peculiares son cosas como que se sepa el catálogo completo de la biblioteca en la que trabaja o que siempre pida, exactamente, la misma comida. Ted vive independizado en un intento de sus padres porque la enfermedad que lo aqueja —un Transtorno Específico del Desarrollo…TED, una denominación que aglutina, o puede aglutinar, trastornos en la adquisición del lenguaje, en la conducta, en la atención y en el aprendizaje— pueda remitir hasta el punto de que su hijo haga vida normal. Pero lo cierto es que nada es normal ni convencional en cualquier día de un hombre inquieto que tiende a tener brotes violentos cuando no le salen las cosas como él quiere y que no es capaz de razonar de la misma forma que alguien que no padece su mal.

La aproximación de Gleason a tan ambivalente protagonista, que unas veces se nos antoja tierno y afable para, al minuto, volverse desagradable y antipático, está, no obstante, cargada de una ternura que subyace, en diferentes grados de intensidad, a lo largo de las más de 120 páginas de que consta el volumen que publica Astiberri. Sólo así, bajo el manto de esa sensación, es cómo se explica que ‘Ted, un bicho raro’ hinque su dentada con fuerza en nuestro corazoncito. Mientras se hace hueco en él, y se acomoda ahí tras unos muy breves primeros compases, asistimos atónitos a un despliegue de colorido y deseo de rotura de esquemas tradicionales del arte secuencial que no permiten un segundo de descanso a la mirada: Gleason experimenta a placer con la aparición y desaparición de la viñeta en un juego constante que no parece querer constreñirse a patrón alguno. En ese intento, la autora da, a la postre, con una forma muy peculiar de entender el tebeo; una que, innovadora y única, no se desprende, paradójicamente, de la miríada de influencias que asume, generando un instante de creación lleno de una personalidad que, esperemos, siga sorprendiéndonos de esta manera en el futuro.

Ted, un bicho raro

  • Autores: Émilie Gleason
  • Editorial: Astiberri
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 128 páginas
  • Precio: 16 euros

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