’11 de septiembre. El día que cambió el mundo’, veinte años de «nueva normalidad»

Era un día como otro cualquiera. Las clases de mi quinto año de facultad todavía no habían comenzado pero yo ya estaba en Sevilla disfrutando de la independencia que me proporcionaba el vivir lejos del hogar paterno. Aquella mañana había estado haciendo mil y ninguna cosa en concreto y, a eso de las 13:30 había empezado a preparar el almuerzo porque mi padre, que había venido a la capital hispalense por motivos de trabajo, comía con mi hermana y servidor. El menú del día: pasta boloñesa, que nunca fallaba. Con los platos en la mesa, encendimos la minúscula televisión que por aquél entonces se apretujaba en el hueco de un mueble antiguo, el típico mamotreto de madera vetusta que uno siempre podía encontrar en un piso de alquiler para universitarios. Cuando el tubo catódico comenzó a llenarse de luz, el telediario de Antena 3 arrancaba con Matías Prats anunciando, sumido en una enorme incredulidad que se dejaba oir en su voz, que la torre norte del World Trade Center neoyorquino, uno de los cuatro hitos más reconocibles de la ciudad a orillas del Hudson, estaba ardiendo por motivos desconocidos. Sólo hacía catorce minutos que el vuelo 11 de American Airlines se había estrellado contra una de las Torres Gemelas y en un mundo sin redes sociales, ni WhatsApp, las noticias sólo se podían encontrar…en los noticieros. Y mientras el periodista narraba los hechos con voz queda sobre un plano de la torre humeante, y mi padre, mi hermana y yo intentábamos dar crédito a lo que estábamos viendo, un segundo avión, el 175 de United Airlines, impactaba contra la torre sur del complejo. La incredulidad en mi salón dio paso a muchas sensaciones. Mi yo de 25 años, que había crecido con el sueño de visitar alguna vez Nueva York y poder mirar hacia arriba con el asombro propio de alguien que no ha estado nunca bajo la sombra de un rascacielos, asistía con pavor, como incontables millones de personas en el mundo, a algo que parecía sacado de una película de acción.

De la incredulidad navegamos hacia la rabia, la ira, el dolor compartido con los que estaban sufriendo y la congoja extrema cuando, con los ojos pegados a aquella minúscula pantalla, vimos como las torres se desplomaban y, con ellas, el sueño americano, ese del que alguna vez, aunque sea de manera involuntaria hemos sido partícipes, caía en pedazos por la acción suicida de unos fanáticos terroristas. Poco podíamos imaginar entonces que el mundo, tal y como lo habíamos conocido hasta entonces, iba a ser sometido a cambios que, aún hoy, veinte años más tarde, siguen resonando.

El funesto vigésimo aniversario de tan aciago día ha venido rodeado del constante recordatorio de la fragilidad de nuestra especie tan sólo año y medio después de que la COVID-19 haya servido como potente eco de lo poco que hace falta para que la humanidad tenga que ver vista a prueba su resiliencia. Un recordatorio al que se han unido multitud de artículos conmemorando aquél día, revisitándolo y acercándose a las víctimas que sobrevivieron al polvo, el humo y el desplome del máximo monumento de la sociedad capitalista occidental, amén de un par de proyectos audiovisuales muy recomendables —el documental de Apple TV que recrea los acontecimientos del 11-S a través de la mirada de George Bush y su gabinete y la mini-serie documental de Netflix, que explora causas y consecuencias de los atentados— y, en el mundillo del noveno arte, esta novela gráfica cocinada a este lado del Atlántico por un par de autores franceses que, desde una óptica autobiográfica, recorren aquellas horas alternando una crónica muy personal con hechos documentados acerca de lo que iba sucediendo en la otra orilla del océano.

Al hacerlo así, al apostar por llevarse a lo personal —al menos en parte, claro— la mirada acerca del 11-S y el mundo que vino derivado de él, la conexión que se genera con el lector es inmediata y de una fuerza considerable que no se atenúa ni un ápice a lo largo de las más de 140 páginas sobre las que se extiende esta suerte de crónica/reflexión. Una que prolonga las replicas de la onda expansiva que supuso la caída de las torres hasta nuestros días, que mira con agudeza y talante crítico los movimientos del gobierno estadounidense tras los ataques y que lamenta, no sólo éstos, sino que el mundo en el que vivimos pueda albergar tanta maldad. Puesto en valor por mano de un estilo de dibujo nada ostentoso que hace de la simplicidad de formas su mejor baza para acercarse aún más al que sostiene el volumen, ‘11 de septiembre. El día que cambió el mundo‘ es el complemento y cierre perfecto a un cuarteto en el que servidor incluiría también los dos documentales citados en el párrafo anterior y, por supuesto, un libro de lectura obligada para todo aquél que quiera saber aún más sobre los muchos porqués y los incontables cómo que condujeron al ataque de Al-Qaeda. Me refiero a ‘La torre elevada‘ de Lawrence Wright, obra ganadora del Pulitzer, publicada por Debate en nuestro país y crónica exhaustiva de la cascada de hechos que condujeron a aquél instante que muchos vinieron en denominar el verdadero arranque del siglo XXI y el inicio de eso que tanto hemos oído hablar durante el último año, una nueva normalidad no anunciada a bombo y platillo como la derivada de la pandemia…pero igualmente contundente.

11 de septiembre. El día que cambió el mundo

  • Autores: Baptiste Bouthier / Héloïse Chochois
  • Editorial: Norma Editorial
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 144 páginas
  • Precio: 23 euros

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