‘La muerte de Stalin’, delicia en modo clásico

Le encanta ser polémico. Es algo que siempre ha hecho —al menos, desde que yo lo conozco, y ya va para treinta años de eso— y alrededor de lo que ha construido una personalidad que arremete, casi siempre con fundamento, contra todo lo que huela a establishment. Sí, Paco Fox es como una versión gamberra del ‘Caiga quien caiga’ que, desde hace una década, lleva reflexionando sobre asuntos de toda índole y levantando todo un imaginario compartido con su compañero Jose Ramón en ese blog imprescindible que sigue siendo ‘Vicisitud y sordidez’.

Y estaréis pensando, ¿para qué diantres traes a colación a un «colega»? Fácil, porque de los pocos criterios cinematográficos de los que me fío a ciegas, el de mi viejo amigo está a la cabeza: no sólo lleva viendo cine desde que era un niño de teta —vale, lo mismo se podría decir de mí—, es que después de tragarse cuatro años de infumables estudios de Imagen y Sonido en Sevilla —y no es hablar por hablar, que en alguna clase me llegué a meter y aquello no había quien lo soportara—, el tío se lió la manta a la cabeza; se fue con su inseparable Nieves a Madrid; se metió en la escuela de cine; cursó producción; una vez la hubo acabado, vio que para llegar a ser algo en el «business» había que tragar cosas desagradables; y se le terminó presentando la oportunidad de entrar a trabajar en Canal + para hacer lo que mejor se le daba: ver cine.

Y ahí sigue, como responsable de compra de las pelis de Movistar + y metido en tantos berenjenales diferentes que es complicado seguir su huella digital: no sólo se le puede encontrar en Vicisitud y Sordidez de manera recurrente; o de forma ocasional en los ‘Videofobias’ que tanto éxito han llegado a cosechar, es que el señor ha podido sacar tiempo para rodar una película —¿cómo? ¿que no habéis visto ‘Cine Basura’? ¡¡INFIELES!!— y, desde hace dos años, se dedica a hablar de todo lo que se le ocurre junto a Ángel Codón en los podcasts de ‘Tiempo de culto’. «But I digress», que diría Peter David.

El nombrar hoy a Paco Fox tiene que ver tanto con el artículo anual que publica en ‘Vicisitud y sordidez’ sobre las mejores películas de los doce meses anteriores, como con el repaso que, cara a cara, hacemos de nuestras respectivas listas cuando nos reunimos para NO celebrar la Navidad. Conversación siempre animada, como cinéfilo de provincias que no siempre tiene acceso a todo lo que quisiera, el que Paco cite esta o aquella película que casi no ha conocido distribución como lo mejor del año X, es garante de tener que dejar apuntado dicho título en mi lista personal de débitos a la espera de que algún alma caritativa la estrene en España —y llegue a Algeciras…cosa harto difícil— o, la que termina siendo opción habitual, adquirirla directamente en BR…tal es la confianza en que el criterio de Paco es, como poco, digno de estima.

Obviamente, no os habría soltado tan prolongado rollo sino fuera para justificar las inmensas ganas que tenía de que ‘La muerte de Stalin’ (‘The Death of Stalin’, Armando Ianucci, 2017) cayera en mis manos. Unas ganas derivadas de la efusividad con la que Paco me había hablado de ella en las pasadas fiestas, colocándola sin lugar a dudas como la mejor película de 2017, y que sólo hacían aumentar conforme se acercaba el estreno en nuestro país y el temor de que no fuera a llegar al único cine del Campo de Gibraltar terminaba haciéndose realidad. Afortunadamente, la red de redes siempre provee al creyente, y es gracias a la anónima labor de algún pirata escondido quién sabe dónde, que pude acercarme a esta adaptación del cómic homómimo de Fabien Nury y Thierry Robin de manera casi simultánea a su llegada a la cartelera patria.

Vaya por delante que, de haber podido verla antes de que cambiáramos de año, ‘La muerte de Stalin’ hubiera empujado la selección de lo mejor que el cine nos dejó durante 2017 para colocarse en un segundo puesto sólo superada por la maravillosa ‘Coco’ (id, Lee Unkrich, 2017). Considerando que son producciones casi antitéticas, afirmar que se quedaría en un segundo puesto y decir que es la mejor película del año no son aseveraciones muy alejadas la una de la otra. Y es que, queridos lectores, estamos ante una de esas rara avis en la que todo, absolutamente TODO, encaja con precisión milimétrica. Una pieza de orfebrería cinematográfica surgida de la voluntad de su director que, siguiendo más o menos de forma fidedigna el tebeo del que sale, consigue apartarse de él lo suficiente como para terminar siendo una bestia de calado muy distinto.

Acaso lo que mejor hace Ianucci en ‘La muerte de Stalin’ —y lo que, por lo que he podido leer por ahí, mucho espectador no ha terminado de conseguir digerir— es conjurar dos horas de metraje que tan pronto provocan la carcajada que pasan a la congoja sin que casi podamos darnos cuenta. Donde dichos saltos son más perceptibles es en el personaje de Beria —magnífico Simon Russell Beale—, el director del NKVD, la temida policía secreta del régimen stalinista, ya que en él descansan algunos de los diálogos más ácidos y cortantes y, al mismo tiempo, ciertos de los momentos más terroríficos de la acción, como cuando lo vemos pasearse por el cuartel general del organismo bajo su mando, bromeando con uno de sus subordinados mientras que, a su alrededor —y siempre fuera de cámara— se van ajusticiando a alguna de las miles de víctimas inocentes que se cobró el reinado de Joseph Stalin.

Constante que determina en buena parte la personalidad del filme, es la forma en que se define éste la que hace que, de manera recurrente mientras uno está disfrutándolo, acudan a la memoria títulos clásicos como ‘Ser o no ser’ (‘To Be or Not To Be’, Ernst Lubitsch, 1942), cinta con la que ésta guarda no pocas concomitancias: la seriedad y negrura del humor que manejan ambas; lo superlativo y en perpetuo estado de gracia de la totalidad del reparto —lo que aquí hacen un asombroso Steve Buscemi, Jason Isaacs, Jeffrey Tambor o ese maestro que es Michael Palin, se escapa a cualquier calificativo al uso— y la extrema elegancia y sobriedad de la dirección de Lubitsch e Ianucci, que parecen dotados para fijar el objetivo en la única localización óptima posible son valores que, aplicados al cineasta escocés y a su creación, resultan muy complicados de encontrar en el cine actual.

El quedar caracterizada como una cinta completamente actual que, al tiempo, atesora una fortísima componente de atemporalidad, logra que ‘La muerte de Stalin’ sea una propuesta tan singular como ajena a cualquiera de las que desfiló ante nuestra mirada durante el año pasado. Una propuesta que, como decía antes, no todo el público ha sabido apreciar en su completa magnitud —otra molestia que parece recurrente es que se haya recurrido a la exageración cuando ya el régimen de Stalin era un cúmulo de absurdeces— pero ante la que este redactor ha caído rendido sin remedio. Jrande. Muy, muy jrande.

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