‘Mirai, mi hermana pequeña’, crecer

Las contadas ocasiones que en los últimos años hemos hecho hueco en esta página para dar cuenta de lo que nos llega del lejano oriente se han debido a un par de factores fundamentales —al menos en lo que a este redactor respecta, claro—: la limitada distribución del cine nipón más allá de las salas de Madrid, Barcelona y alguna capital más y el que, seamos francos, el nivel del anime ha descendido considerables enteros de un tiempo a esta parte…salvo contadas excepciones, claro está. Excepciones que tienen nombres y apellidos muy concretos como los de Makoto Shinkai, Naoko Yamada o, por supuesto, Mamoru Hosoda, ese artista del que se ha afirmado hasta la saciedad ser el heredero de Hayao Miyazaki y que si algo ah demostrado con su filmografía es no necesitar de dicha asociación para construir un imaginario propio con una personalidad visual muy alejada de la del legendario fundador de Ghibli.

Para empezar, hay en Hosoda una férrea y consciente voluntad porque sus animes se muevan, en lo visual, en dos mundos muy diferentes: los que corresponden a escenarios y fondos y aquellos que determinan a los personajes. Entre ellos se interpone lo que cabría calificar como un enorme escalón de calidad, y la perfección que el cineasta ha logrado en la animación de todo aquello sobre lo que se desarrolla la acción es de tal calado que muchas veces hay que pestañear para discernir si lo que estamos viendo es real o no. En contraposición, son la simplicidad y un exagerado caricaturismo de las expresiones de los personajes propiedades que generan un fuerte contraste y que alcanzan en ‘Mirai, mi hermana pequeña’ (‘Mirai no Mirai’, Mamoru Hosoda, 2018) incluso mayores cotas que las que ya habíamos podido observar en cualquier título anterior de su filmografía.

Ahora bien, que el citado escalón imponga atributos negativos a la hora de valorar el filme, es harina de otro costal. De acuerdo, no hay en las cintas de Hosoda la compacidad en cuanto a acabado que sí cabía encontrar en cualquiera de las propuestas de Miyazaki, pero ello no implica que esa decisión consciente —que creemos consciente, cabría apostillar— de desequilibrar la balanza en favor de los escenarios y fondos juegue en contra de la percepción del espectador. Antes bien, si algo consigue es que, dada su sencillez y lo exagerado de sus reacciones faciales, sea muy rápido el cariño que se le toman a personajes como Kun-Chan, ese niño de cuatro años consentido que verá su mundo puesto patas arriba con el nacimiento de una hermana.

La aparición de la pequeña altera por completo el esquema de funcionamiento de la familia, y los padres, algo sobrepasados con la doble carga, comienzan a dejar de lado a Kun en favor de Mirai, algo que el infante no lleva nada bien, agarrándose unas rabietas de aúpa, instantes que sirven a Hosoda para introducir el elemento fantástico de la trama: las visiones que tiene el niño de su hermana ya adolescente, su perro antropomorfizado o su bisabuelo. Más dichas visiones no son meros artefactos con los que animar la acción —que de otra manera se habría quedado en una comedia costumbrista con un humor muy sincero y sencillo— sino catalizadores que de los que Hosoda se sirve para ir abundando, poco a poco, y de manera muy sencilla y sutil, en el verdadero interés del guión que también firma: cómo nuestra imaginación, siendo niños o adultos, nos puede servir para conocernos mejor y madurar.

Bien es cierto que, bajo esa premisa de sutileza que comentaba, sea complicado aprehenderse de que la cinta discurre por esos derroteros hasta bien pasado su ecuador. Y también, que si eso sucede es porque las primeras incursiones de Kun en su fantástico mundo no dejan entrever con claridad qué está pasando y por qué el niño se evade de tan curiosa forma de la realidad, jugando Hosoda a sugerir más que mostrar y a que sean los espectadores los que, con su bagaje, se hagan responsables de dotar de significado a lo que está viendo.

Siendo occidentales, mucho hay de nuestro acervo que, al diferir del de los nipones, no será capaz de completar lo que el cineasta postula —y me estoy acordando del último y terrorífico «viaje» de Kun, plagado de referencias a la idiosincrasia japonesa—; pero eso no quita para que la universalidad última del mensaje que se puede extraer de ‘Mirai, mi hermana pequeña’, haga de ella una película llena de candor que, eso sí, en una última apreciación, se queda claramente a la cola de lo que Hosoda nos ha hecho llegar hasta el momento. ¿Es esta apreciación negativa? Hombre, estamos hablando de una cinta que iría a situarse por debajo de ‘Wolf Children (Los niños lobo)’ (‘Ookami kodomo no Ame to Yuki’, 2012), una producción que rozaba lo sobresaliente…que cada uno saque sus conclusiones.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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