‘El bosque milenario’, el poético adiós de un maestro

Sólo cuatro son los autores japoneses que han llegado a fascinarme tanto como para adquirir de forma sistemática y leer con fruición todo aquello que ha llegado a nuestro país; a saber, y por estricto orden alfabético: Katsuhiro Otomo, Jiro Taniguchi, Akira Toriyama y Naoki Urasawa. Y como sólo son cuatro, lamenté sobremanera que el mundo del cómic tuviera que decirle, en febrero de 2017, un adiós temprano a ese genio, a ese maestro indiscutible del arte de contar historias mediante viñetas que fue Jiro Taniguchi ya que, huelga decirlo, ello nos privaba de la posibilidad de seguir asistiendo maravillados a todo aquello que el nipón hubiera tenido a bien compartir con nosotros, sus fieles seguidores, hasta que hubiera decidido retirarse en una edad más avanzada.

Tras su partida, dejaba Taniguchi un legado rico y enriquecedor que rompió barreras y dinamitó, con sencillez y humildad, las muchas diferencias que separan los parámetros del tebeo occidental con aquél que se produce en el país del sol naciente y de él solía decirse, y supongo que seguirá diciéndose en los años por venir, el mangaka más europeo de la historia del medio. Publicado en su inmensa mayoría por Ponent Mon —sólo cinco de de las más de veinte obras que han visto la luz en castellano fueron a caer en manos de Astiberri, Planeta o Ivrea—, resulta muy adecuado que sea la casa que más apostó por él la que ahora publique su obra póstuma, primero de un quinteto de volúmenes pensados para publicarse en el mercado francobelga y que, ante todo, sirve de corolario y preciso escaparate de todas las idiosincrasias sobre las que Taniguchi construyó su estilo.

De una sensibilidad extrema, todas las historias de Taniguchi hablan de personajes ordinarios envueltos en circunstancias que van de lo extraordinario de ‘Barrio lejano’ a lo cotidiano de ‘Paseos de un gourmet’, un rango en el que hay cabida para todo y en el que queda perfectamente enhebrada esta reflexión sobre la relación entre el hombre y la naturaleza tan propia de la filosofía existencial japonesa. Una reflexión que se pone en funcionamiento mediante un terremoto que hace que aparezca un nuevo bosque al que se sentirá irremisiblemente atraído el joven protagonista, un niño que entrará en comunión con los secretos que esconde la naturaleza y que, en cierto modo, representa de manera precisa el espíritu con el que Taniguchi describió a la gran mayoría de sus personajes principales.

Sin mucho espacio para más que plantear los cimientos sobre los que, supuestamente, se sustentaría todo el conjunto de lo que vendría después, lo que sí se puede apreciar desde el primer momento es la suma delicadeza visual bajo la que se compone una obra de una belleza sublime que se beneficia, como ya pasara en ‘Mi año’, ‘Los guardianes del Louvre’ o ese inabarcable maravilla que es ‘Venecia’, de un uso de las acuarelas que escapa a toda calificación e insufla a cada página de unas cualidades que, probablemente, nunca volvamos a encontrar en un manga. Quizás me equivoque, y ahora que ha pasado a mejor vida, haya alguien que recupere la herencia de Taniguchi, al menos en lo que al terreno gráfico se refiere, porque lo que es muy evidente es que jamás volverá a haber un artista en el que confluyan las circunstancias que hicieron de él alguien tan raro y ejemplar.

El bosque milenario

  • Autores: Jiro Taniguchi
  • Editorial: Ponent Mon
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 72 páginas
  • Precio: 17,10 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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