‘A Silent Voice’, la amistad en tiempos convulsos

El mundo del anime nipón no cesa de sorprenderme. Agorero cuánto fui cuando Ghibli anunció su abandono de la producción de películas animadas, no tardó mucho en llegar la esperanza —y de qué manera— de mano de Mamoru Hosoda, un cineasta al que reconozco que “conocí” tarde, un poco por desoír todas las voces que veían en él el heredero directo de Hayao Miyazaki, un poco por no dar veracidad a tan disparatada afirmación pero que, toda vez tuve a bien dar una oportunidad, me fue conquistando de manera contundente gracias a esas maravillas que son ‘La chica que saltaba a través del tiempo’ (‘Toki o kakeru shôjo’, 2006), ‘Summer Wars’ (‘Samâ uôzu’, 2009), ‘Wolf Children’ (‘Ookami kodomo no Ame to Yuki’, 2012) o la maravillosa ‘El niño y la bestia’ (‘Bakemono no ko’, 2015). Pero Hosoda no estaba solo.

Poco después de descubrir al cineasta nipón, otro compatriota suyo vendría a unirse a esa nueva savia del anime japonés que trata a sus producciones con un mimo singular, cuidando sobremanera la animación y, aún más si cabe, las historias que nos trasladan a los que a ellas queramos acercarnos. Su nombre, Matoko Shinkai, el que el año pasado nos dejara boquiabiertos con ‘Your Name’ (‘Kimi no na wa’, 2016), una cinta que no era más que la culminación de la larga trayectoria que el realizador llevaba recorrida desde ‘El lugar que nos prometimos’ (‘Kumo no mukô, yakusoku no basho’, 2004), una puesta de largo en la que ya se podía observar la pasión del japonés por dotar a sus películas de una belleza visual arrolladora.

Y, si ‘Una voz silenciosa’ (‘Koe no katachi’, 2016) no es una excepción en una trayectoria que hasta ahora ha venido marcada por las series de televisión, a Hosoda y Shinkai se les ha unido Naoko Yamada, una directora que, maridando talento con la escritora Reiko Yoshida, ha adaptado el manga homónimo —publicado en España por Milky Way— de una tercera fémina, la mangaka Yoshitoki Oima, que sólo contaba con 18 años cuando comenzó a trabajar en el tebeo que sirve de sólida base a la maravillosa cinta que hoy ocupa nuestro tiempo.

Nominada en 2016 al Eisner de mejor publicación manga en Estados Unidos, ‘A Silent Voice’ —o ‘La forma de la voz’, una traducción aparentemente más adecuada del título original—, ya sea en viñetas, ya en fotogramas, nos acerca a la historia de Ishida Shouya y Nishimiya Shoko. Él, el típico gracioso de la clase que, siempre con bromas, es el perfecto perfil del acosador escolar. Ella, una chica con sordera que será el blanco de las miras de las trastadas de él y que, incapaz de soportarlo, terminará trasladándose de centro.

Relegado al ostracismo por sus amigos y por el resto de sus compañeros, que ya se han cansado de tener que soportar sus constantes “bromitas”, Shouya terminará por encerrarse en sí mismo y ver el suicidio como la única salida a una vida que lo ahoga. Dicho acto desesperado, que se muestra en los primeros compases de la proyección —la historia pasada de los protagonistas se nos narra, justo después, en clave de flashback— y es ya un primer acercamiento de los muchos que la cinta hace hacia alguna de las idiosincrasias más características de los jóvenes nipones, sirve de revulsivo para que Ishida vislumbre un camino de redención que pasa por acercarse, cinco años más tarde, a la chica a la que tanto llegó a torturar.

Fragmentada de manera brillante en su narración, la intensidad de emociones que maneja ‘A Silent Voice’ y el modo en que traza a unos personajes tremendamente reales e irresistiblemente carismáticos, son cualidades que la sitúan por derecho en ese ya muy amplio grupo de producciones animadas que reconocen la necesidad de apartarse de la eterna lacra de “sólo para público infantil”, orientando sus esfuerzos en este caso, tanto a servir de vehículo aleccionador a los desorientados miembros de esa compleja etapa que es la adolescencia, como a posicionarse de acicate para los padres que escudan su incapacidad para tratar a sus hijos en, precisamente, no saber cómo conectar con ellos en tan difícil trance.

Sirviendo pues de puente entre unos y otros, la tridimensionalidad de Shouya, Nishimiya y el resto de amigos y familiares que conforman el variopinto grupo de protagonistas, hace que, aún considerando las por momentos insondables diferencias entre un occidental y un oriental, se aten tantos lazos emocionales entre espectador y personajes que la sensación del que se sienta enfrente de la pantalla sea la de alguien a quién se le está transmitiendo una historia universal que trasciende cualquier clase de fronteras. Lograrlo con un relato difícil, que lidia con sutileza con un problema tan actual como el “bullying” y que, en su exposición del acoso escolar se atreve además a echar mano de una chica con una tara física tan grave como la hipoacusia, son sólo más bondades que, unidas a una fascinante propuesta visual —que cuida al máximo nivel de detalle los escenarios al tiempo que respeta el diseño de personajes del manga original— dan como resultado un filme que me atrevería a tachar de imprescindible.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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