‘Mi pequeño Scythe’, espléndida adaptación

Esta sección semanal no era más que un anhelo, una opción muy futura de la que servidor y Miguel Michán hablaban de cuando en cuando con la esperanza de hacerla alguna vez realidad y darle a los juegos de mesa el lugar que merecían en Fancueva —a título personal diré que me encantaría poder sacar dos reseñas semanales en esta sección de la página pero la realidad y el tiempo de redacción que se lleva cada una lo hace, al menos por el momento imposible—, pero eso no quitaba para que, al finalizar el año, esas cajas a las que tanto tiempo y dinero dedicamos por estos lares, tuvieran su protagonismo en el resumen de lo mejor que hacemos cada vez que un periodo de doce meses toca a su fin.

Y en uno de ellos, en uno de esos ‘Lo mejor de…’ —el de 2016 para no ser tan vagos— aparecía, ocupando el segundo puesto, ‘Scythe’, un proyecto de Kickstarter impulsado por Stonemaier Games y diseñado por su alma mater, Jamie Stegmaier que, desde entonces, se ha convertido en una presencia permanente en el Top10 de la Board Game Geek por derecho propio: JUEGAZO que sólo ha hecho mejorar a cada adición que su diseñador ha ido produciendo —inminente es la llegada de ‘El Auge de Fenris’, la última entrega de la trilogía de expansiones que tendrá el juego—, este viaje retrofuturista a un pasado distópico en el que las máquinas conviven con las hoces y azadones en la Rusia post-revolucionaria tenía tan encandilado a una niña canadiense de seis años…¡¡¡seis años!!!…que entre ella y su padre decidieron adaptarlo a una temática mucho más adecuada para los más peques de la casa.

En lugar de mechas…pequeños ponis

Una primera versión de ‘Mi pequeño Scythe’ con los ponis

A Vienna Chou, la niña en cuestión, le encantaba el universo de ‘Mi pequeño Pony’ y, al parecer, la fusión de las dos pasiones, la que sentía por la serie de Hasbro y la correspondiente al juego de Stegmaier, y el querer querer hacer más fácil y asequible el ‘Scythe’ para su madre, a la que no le gustan los juegos complejos, y sus amigas fue lo que terminó derivando en una versión inicial de ‘Mi pequeño Scythe’ en la que el tablero y los componentes se revestían de simplicidad y colorido y las reglas del ‘Scythe’ veían rebajadas su dificultad y adaptados sus mecanismos para hacer del juego algo afable y “mono”.

Compartiendo todo el proceso desde el principio en la BGG, la propuesta de padre e hija terminaría suscitando el interés de Jamie Stegmaier hasta tal punto que el diseñador se puso en contacto con Hoby Chou para convertir el juego en algo más que un PnP —Print and Play, el término que se utiliza en el mundillo para los juegos que uno puede bajarse y, con la ayuda de una impresora y algo de maña, convertir en un objeto físico que poder sacar a mesa—. Y, tras varios meses de desarrollo en los que la idea básica de los Chou ha ido sufriendo alteraciones, se ha sometido a un proceso de testeo intensivo y ha visto como su ambientación se alejaba de los caballos alados para acercarse a una suerte de versión infantil de lo que Jakub Rozanski había ideado para la versión adulta, por fin tenemos entre nosotros ‘Mi pequeño Scythe’.

Simplificar, sí, pero con criterio

La versión definitva del tablero, algo más sobria pero igualmente colorida

Si hay algo que ya se notaba en las primeras versiones de ‘Mi pequeño Scythe’ —y, si queréis, podéis comprobarlo bajándoos de la BGG las reglas primitivas—, es que el Sr.Chou es un “jugón” de cuidado que, lejos de acometer la tarea de re-diseñar ‘Scythe’ como una sometida al antojo de su hija, se tomaba el empeño de manera bastante seria y conseguía, y eso es algo que se ha mantenido incólume hasta el producto que Maldito Games lanzaba la semana pasada, un juego que respeta sobremanera el original rebajando su complejidad y, por extensión, la duración de cada partida.

Factor de gran relevancia si de un niño se trata —vale, hay excepciones (y quisiera pensar que mi pequeñaja ya apunta maneras para ser una de ellas), pero tener a un niño más de una hora sentado jugando a algo cargado de estrategias es mucho pretender— que las partidas de ‘Mi pequeño Scythe’ no se prolonguen más allá de los 30-45′, que sus reglas sean muy sencillas de explicar, y que la curva de mejora en dominarlas ascienda de forma rauda tras dos o tres acercamientos habla, y habla de manera contundente, de lo depurado del producto que nos ha terminado llegando.

En refuerzo de dicha impresión viene también el hecho de que, perfectamente adaptado al inicio del rango de edad al que va destinado —niños mayores de ocho años (la mía tiene siete y ha alucinado)—, no sea extraño que, al enfrentaros a vuestros vástagos sobre el territorio del Reino de Pomme en el esfuerzo por ser el primero en lograr cuatro trofeos distintos —algo extraído directamente del ‘Scythe’— sucumbáis anonadados ante la facilidad con la que los peques os dan una soberana paliza sin que toda la experiencia acumulada de jugar a los eurogames más complejos jamás ideados sirva de mucho.

A tartazo limpio

Como podéis ver en la imagen que encabeza este párrafo —que muestra cómo es el tablero personal de cada jugador— tres son las acciones que podemos realizar en ‘Mi pequeño Scythe’ con las dos miniaturas con las que contamos a lo largo de la partida —al contrario de los muchos mechas que podíamos ir añadiendo en el original—: movernos, buscar recursos y crear. El primero necesita de poca explicación, podemos avanzar dos casillas con cada explorador o una sóla si arrastramos con nosotros alguno de los dos recursos que hay sobre el tablero, manzanas o joyas. La segunda, que cuenta con dos opciones, consiste en tirar unos dados y colocar, o manzanas, o joyas o fichas de misiones en las zonas que coincidan con el color de los símbolos de los dados. La tercera, finalmente, en gastar manzanas, joyas o una combinación de ambas para, bien avanzar en el marcador de tartas, bien conseguir una carta de hechizo o una mejora de las acciones de mover o crear.

Y sí, habéis leído bien, hay peleas de tartas. ¿Qué pensábais, que en un juego para niños se iban a dar hostias como panes por el control de una loseta? Pues no. En cuanto un movimiento nos lleva a un hexágono ocupado por un contrincante, o un oponente entra en el que estamos nosotros, se desencadena una pelea de tartas que, basada de manera directa en la forma de resolverse los combates en el ‘Scythe’ —acaso la mecánica más “tontorrona” del juego original—, tiene aquí muchísimo más sentido por cuanto su simplicidad se ajusta mejor a las características de ‘Mi pequeño Scythe’: elegimos una carta de hechizo, decidimos cuántas tartas vamos a gastar de nuestro marcador y el que mayor suma consiga entre ambos valores, ¡gana a tartazos al otro!.

Si bien enfrentarse lanzándose tartas es parte inherente del juego, dependiendo del número de jugadores será improbable —con dos es muy normal que así sea— que vuestros movimientos por el tablero os lleven a querer quitar de en medio a vuestro oponente por mucho que la victoria en uno de esos duelos os otorgue uno de los ocho posibles trofeos de los que hablábamos más arriba. Con los otros siete repartiéndose entre entregar cuatro manzanas o cuatro joyas en el castillo Siemprelibre —el hexágono central—; conseguir completar dos misiones; mejorar las dos acciones del tablero personal; llegar a la posición 8 en el marcador de amistad —genial que en éste se avance poniendo recursos en casillas ocupadas por los “enemigos” cuando se realiza una acción de buscar— o en el de tartas o conseguir tres cartas de hechizo, es evidente que es la variedad en las vías estratégicas para conseguir uno u otro lo que hermana a ‘Mi pequeño Scythe’ de manera más directa con su “hermano mayor”.

¡¡Menuda producción!!…que no producción menuda

Seamos francos: a día de hoy ya no nos vale a los jugones con un título que funcione de escándalo pero tenga una producción que coquetee sin titubeos con lo espartano. No. Queremos que nuestros juegos sean vistosos; que tengan unas ilustraciones fantásticas; que los contadores sean de madera o plástico o resina —y, si son de cartón, que sean de Black Core mínimo—; que las cartas estén impresas en papel de muy alto gramaje y tengan ese acabado rugoso tan agradable —vamos, y si son de PVC como las que sacan los chicos de Chip Theory Games, mejor que mejor—; que, de tener miniaturas, estás sean de calidad y no un “cacho plástico” sacado de a saber qué molde en qué factoría de mala muerte y, puestos a pedir, que todo venga organizado en un inserto para que la caja no sea un mero envoltorio vacío en el que bailan bolsitas con todos los componentes guardados como Dios nos da a entender.

Pues bien, ‘Mi pequeño Scythe’ responde, en mayor o menor medida, a todas esas necesidades y, al hacerlo, demuestra a ciertas compañías —y no voy a mirar a nadie, que ya sabemos todos cuál tengo en mente— que, con ganas y cierto amor por lo que se hace —y no amor exclusivo al vil metal— se pueden obtener productos de una calidad espectacular. No debería extrañarnos siendo Stonemaier quien está detrás por lo mucho que cuidó en su momento la edición del ‘Scythe’ —o de sus otros tres títulos— pero lo cierto es que con este juego se han superado.

Quedaos con este nombre: Game Trayz. Nada más abrir una caja que tiene una ilustración “super cuqui” encontramos un doble inserto con el que los chicos de esta empresa que viene empujando muy fuerte en el mundillo —ellos fueron los responsables de lo mucho que babeamos y seguimos babeando cada vez que abrimos el cajón que es el ‘Mechs vs. Minions’— hacen que el setup y la recogida del juego sea tan rápidos como gozosos: la primera bandeja contiene las fabulosas miniaturas de los animales que nos sirven de exploradores durante la partida, así como los contadores de trofeos, amistad y tartas de cada uno; la segunda, las manzanas y joyas de plástico, las cartas, las losetas de mejora y los diales para las peleas de tartas; en medio, el tablero de juego.

Cuidado pues hasta el más mínimo detalle —¡si hasta viene una guía de pintura para las miniaturas!— huelga finalizar sentenciando de manera firme que es ‘Mi pequeño Scythe’ un juego casi imprescindible si hay peques en la casa a los que queramos atraer al “lado lúdico” y, aún diría más, si, como pasaba en el hogar de los Chou, nuestro cónyuge siempre nos pone excusas para no sentarse a la mesa a echar un rato de “partiditas” o se muestra claramente hostil ante la opción de “perder” el tiempo “jugando”. A fe mía, si algo diría que consigue este espléndido juego es aplacar actitudes tan extremas y conciliar posiciones…vamos, que hasta mi señora se ha rendido a la evidencia y, después de la segunda partida que jugamos con nuestra peque terminó claudicando y afirmando algo así como “¡pues no está nada mal esto!”.

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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