‘Verano indio’, Pratt y Manara, dueto legendario

¿Por dónde empieza uno a hablar de ‘Verano indio’? ¿Cómo puede la torpeza de mi verbo pretender abarcar en unas pocas líneas la grandeza que alcanzaron Hugo Pratt y Milo Manara en esta legendaria obra? Es más ¿cuántos antes que yo han escrito acerca de este singular y preciso tratado sobre tan crucial instante en la historia de Estados Unidos y lo han hecho de formas a las que nunca me he visto —y sigo sin verme— capaz de llegar? Todas las posibles respuestas a esta terna de preguntas llevan a lo mismo, a un inusual bloqueo creativo por mi parte acrecentado, quizá, por el temor de no estar a la altura de las circunstancias. Porque, insisto, ‘Verano indio’ es, por derecho, una obra capital del noveno arte, ya estemos circunscribiendo esta disciplina al ámbito del viejo mundo como, por qué no, elevemos la escala de aplicación de nuestras miras al orbe terrestre.

Cuando escribe ‘Verano indio’, Hugo Pratt está en la cima de su carrera, todo el mundo venera al veneciano como uno de los nombres fundamentales para entender el arte de la viñeta merced a las aventuras de ‘Corto Maltés’ y a los otros muchos puntos en los que el italiano ha ido dando muestras más que contundentes de que, como él, pocos a lo largo de la historia. Otro tanto se puede decir de un Milo Manara que, a título personal, NUNCA había estado ni volverá a estar tan pletórico como en las 152 planchas que conforman este tratado de la América del s.XVII para la que tanto hubo de documentarse el artista veronés. 152 planchas que son un manual a seguir por todo aquél que quiera saber CÓMO se narra y que en sus primeros compases, adquieren matices tan gloriosos, tan sublimes y mayestáticos, que es imposible que a uno no le tiemble el pulso cuando piensa en la potencia del discurso visual que, sin ayuda de palabra alguna, enhebra el creador de ‘El clic’ para tan soberbio arranque.

Complementando tan enérgico comienzo con unas páginas cargadas de belleza —tanta hay que a punto está uno de sucumbir a un amago de crisis stendhaliana—, Manara se deja la piel en la superlativa caracterización de personajes y en unos escenarios a los que el término plausible se les queda pequeño para poner PERFECTO telón de fondo a un relato que bien podría haber venido firmado por el James Fenimore Cooper de ‘El último mohicano’. La sombra del literato estadounidense sobrevuela de manera inevitable lo que Pratt plantea de la misma manera que lo hace ‘La letra escarlata’ de Nigel Hawthorne, y navegando con suma comodidad entre ambos mundos, es como Pratt construye una historia de bajas pasiones y mucha violencia que, de no saber que es ficción, uno tomaría por hecho histórico completamente verídico.

Aunque pueda parecer lo contrario, la vehemencia de los dos párrafos anteriores no hace sino mancillar de manera más que discreta la superficie de ‘Verano indio’; y es éste uno de esos álbumes que, en la flamante edición que nos trae de nuevo Norma —la anterior acumulaba ya la friolera de 27 años a sus espaldas—, resulta cita de incuestionable cumplimiento para todo aquél que quiera llamarse a sí mismo «lector de cómics»: os dejo ya muy claro que uno no puede autodenominarse amante del noveno arte sin haber peregrinado al menos una vez en la vida por esta estación otoñal cargada de poesía visual que es la magna obra de Pratt y Manara. Si sois de los que todavía no habéis cumplido con ella ¿a qué diantres estáis esperando?

Verano indio

  • Autores: Hugo Pratt y Milo Manara
  • Editorial: Norma
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 152 páginas
  • Precio: 28,45 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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