‘Thor de J.M. Straczynski’, a pocos pasos de la gloria

Cuando uno lleva tanto tiempo leyendo tebeos, es fácil y casi inevitable apercibirse del carácter cíclico que van adoptando los altos y bajos por los que pasan, indefectiblemente, todas las editoriales. Fijémonos por ejemplo en la actualidad al otro lado del charco y en los momentos que están viviendo tanto DC como Marvel: la primera, tras el Rebirth, ha sufrido una ostensible y generalizada mejora en toda su línea editorial, y mes a mes observamos con gozo como son más las series que pasan a formar parte de “las que vale la pena seguir”, sumándose a ellas lo muy interesante de eventos, ya en funcionamiento como el espléndido ‘Metal’, ya de inminente aparición como el ‘Doomsday Clock’ —éste último, me vais a permitir vaticinarlo, va a ser una de esas lecturas que perdurarán en la memoria…al tiempo—. La segunda. ¿Qué decir de la segunda? Pues que, al menos a ojos de este redactor, está pasando por uno de los momentos creativos más paupérrimos que recuerdo haberle visto, y eso que fui de los que sufrió en directo el transitar por aquél yermo que fueron los años 90. La casa de las Ideas no es lo que era, no sé si porque realmente ha llegado a un punto en el que se le han acabado las ideas, o porque las injerencias de Disney han terminado haciendo mella en la absurda vastedad de una oferta mensual de la que un 80-85% se hace fuerte en esa expresión tan actual que es “¡meh!”.

Pero, como decía, puede que esto no sea más que un ciclo inverso al que, si miramos una década atrás, situaba a las dos eternas majors estadounidenses en posiciones bien diferentes: con DC completamente perdida sumando crisis tras crisis y con el experimento de las Nuevas 52 como aciago e inexorable futuro, hace diez años era Marvel la que, y aquí no hay discusión posible, “cortaba el bacalao”: eran los años de Bendis a toda marcha en ‘Daredevil’ y las dos series de los Vengadores —por no hablar, claro está, del ‘Ultimate Spider-man’—, de Millar dejándonos atónitos con los Ultimates o ‘Civil War’, de los ‘Astonishing X-Men’ de Whedon o el ‘Capitán América’ de Brubaker y Epting…años sin duda que, en el futuro, serán probablemente valorados de igual manera que ahora hacemos con el arranque del Marvel moderno de mano de Stan Lee y Jack Kirby o lo mucho que la editorial ofreció a sus lectores desde mediados de los setenta a mediados de los ochenta.

Es en esos años cuando J.M.Straczynski hace acto de aparición en la editorial, coge a cierto trepamuros y lo coloca en lo más alto de la tabla y, toda vez abandona al amistoso vecino, fija sus miras en un dios del trueno que, abandonado a su suerte por las cabezas pensantes de Marvel después de que el Ragnarok acabara con todos los habitantes de Asgard, va a parar a sus manos debido a azarosas circunstancias después de que nombres como Neil Gaiman declinen amablemente el hacerse cargo de él. Así las cosas, e ilusionado por ser él el que finalmente tome las riendas del regreso del hijo de Odín al primer plano de la actualidad tebeística, el artífice de ‘Babylon V’ o la magistral ‘Midnight Nation’ acomete la tarea de devolver a Thor a su merecida gloria como ya había hecho cuando desembarcó en ‘Spider-man’, con un plan a largo plazo que, desarrollado a fuego lento, cocinado con esmero, cuidando a los personajes, dejando que la acción respire y que los acontecimientos se sientan de forma natural, será abrazado sin reparos por el público…pero no por la editorial.

Centremos nuestra atención en los lectores, y dejemos a los “mandamases” de la Casa de las Ideas relegados a un discreto rincón, al menos por el momento. Las críticas hacia los primeros números del regreso de ‘Thor’ no podían haber dejado más claro que Straczynski da en el clavo desde la primera página: con el dios del trueno en su dualidad —la de Donald Blake y el hijo de Odín— trayendo de vuelta a Asgard y colocándola en mitad de Kansas y, acto seguido, buscando a todos los habitantes de la mítica ciudad cuyos espíritus ocupan la piel de meros mortales, son los seis primeros ejemplares de la colección brillante muestra de las muchas y muy espectaculares habilidades del escritor para definir personajes y lograr, de forma sencilla, que sus páginas exuden épica por los cuatro costados. Una épica que queda reforzada, y de qué manera, por la extrema elegancia que detenta el trabajo de Olivier Coipiel, que define además el que, sin poder saberlo por aquél entonces, estará llamado a ser el modelo visual por el que se rija el Thor cinematográfico.

Con mucho de lo que sucede en este primer tramo de la lectura atesorando esa misma cualidad de influencia en la primera entrega de ‘Thor’ firmada por Kenneth Branagh, el tránsito hacia el segundo arco argumental —aunque me cueste llamarlo así por cuanto, y más leído como nos lo propone el volumen editado por Panini, es un todo único— introduce a otro actor en las lides gráficas, un Marko Djurdjevic que, si bien cumple de sobra, no llega a las superlativas cotas de Coipiel, echándose mucho de menos la claridad de las viñetas del francés cuando es el alemán quien pone imágenes a los guiones de Straczsynski.

La alternancia entre ambos —con preeminencia de Coipiel— acompaña a los muchos giros que el guionista va introduciendo a lo largo de una lectura en la que sorprenden ideas brillantes como la transformación de Loki en mujer, el papel que se le otorga a Balder o todo lo que acontece en un número 600 que, sin nosotros saberlo, es el principio del fin de la estancia de Straczynski en la colección. Tras dicho “milestone” en la historia del personaje, cuatro serán los ejemplares que supongan el abrupto final a la estancia de Strazcynski en la serie del dios nórdico; una salida que se produce, o al menos así se percibe, de la manera que siempre suelen pasar estas cosas cuando los que mandan están por medio, vamos, por narices y sin muchos miramientos acerca de la calidad de lo que el escritor venía desarrollando. Evidentemente, la explicación más o menos oficial es que Straczynski nada quería tener que ver con la maldita continuidad y que como el rubiales iba a tener mucho que decir en ‘Asedio’… pues adiós a guionista problemático y bienvenido uno que sepa obedecer órdenes.

Dicho movimiento que, como siempre, denota una falta de respeto tremenda hacia los lectores, se deja sentir en un tramo final que nada tiene que ver con el ritmo pausado con el que se había venido desarrollando la serie hasta entonces. En las 112 páginas que concluyen su estancia, Straczynski intenta rematar como puede el año y medio que ha permanecido en Thor aunque ello implique, lamentablemente, acelerar los acontecimientos para poder dar un amago de término a lo que hasta ahora había ido planteando. Así, veremos como se resuelve cierto affair amoroso, qué es de los Asgardianos y su mudanza a Latveria, cuál es el destino final de Sif y qué diantres pasa con Thor y su martillo roto.

Por más que los aficionados tuviéramos ganas de saber todas esas cosas y algunas más, lo atribulado de la lectura, unido a que el correcto trabajo de Djurdjevic hace que sigamos añorando —y mucho— a Coipel, da como resultado un “final” agridulce que no hace honor a una etapa que podía haberse encumbrado como la mejor del personaje hasta ese momento con permiso del sr. Simonson y que, a título personal, supuso la amarga despedida —que terminó siendo un hasta luego prolongado— de un universo que me había acompañado desde hacía casi veinte años: la indignación por la jugada hacia Straczynski unida al lo poco atractivo que me resultaba tanto el resto de lo que había por Marvel como lo que ofrecía DC, provocaría que me apartara por completo de los tebeos de superhéroes durante casi dos años. Terminé regresando, claro está, pero eso, como dirían en ‘La historia interminable’…es otra historia.

Thor de J.M. Straczynski

  • Autores: J.M. Straczynski, Olivier Coipel y Marko Djurdjevic
  • Editorial: Panini
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 488 páginas
  • Precio: 37,95 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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