‘The Shaolin Cowboy: Bufé de extras’, de plato principal: ensalada de hostias

Me vais a perdonar que empiece con un exabrupto bastante bestia pero, hay que tener un par de cojones tamaño Miura para cuajar un cómic como el que Geoff Darrow nos ofrece en este segundo volumen de ‘The Shaolin Cowboy‘. ¿Por qué? Os preguntaréis. Sencillo: porque en las 136 páginas que conforman esta nueva entrega de las aventuras del monje, hay exactamente 27 viñetas con diálogo. Ni más ni menos. Y no estamos hablando de un tebeo sin diálogos a lo ‘El día más largo del futuro‘ en el que la ausencia de intercambios verbales entre personajes se resuelve con ayuda de una virtuosa narrativa y un muy imaginativo uso de los símbolos. No. Es que el resto de viñetas y, por extensión, de páginas —esas 27 viñetas se traducen en 9 planchas de las 136—, los dedica el artista estadounidense a plasmar la lucha sin fin entre su protagonista y una horda de zombis a los que va arrasando, primero con la ayuda de su doble motosierra, después concentrando su chi y repartiendo estopa con las manos desnudas. No hay más.

Bueno, sí, pero es algo que tiene lugar en las dos últimas páginas y que, por su talante de cliffhanger, no se puede revelar. Se acabó. Bueno, no, que hay un prólogo de texto que, con la misma verborrea visual que gasta el artífice de ‘Hard Boiled‘, nos resume el volumen anterior con tantos pelos y señales que incluso se atreve a meter datos que ni siquiera aparecían en él. Ahora sí. Ya no hay más que se pueda abundar sobre lo que ofrece ‘The Shaolin Cowboy‘. O sí, que quizás nos podríamos detener a valorar el extremo virtuosismo narrativo de Darrow a la hora de dilatar el tiempo hasta casi detenerlo y plasmar, en páginas dobles que van desde la splash hasta las 27 viñetas —¿será casualidad?—, toda suerte de posturas de artes marciales en una especie de storyboard detallado plano a plano que haría las delicias de cualquier coreógrafo del cine de género.

La duda que queda, claro está, es si todo el asunto de un cómic que, a poco que no nos detengamos en cada viñeta, se consume en un suspiro, no es más que una tomadura de pelo de proporciones desmesuradas o, por el contrario, la obra de un genio del arte secuencial que, por mor de una compulsión desaforada hacia el detalle más nimio —siempre que hemos hablado de él hemos dicho que nuestro Juan José Ryp sería digno alumno de una ficticia escuela fundada por Darrow— pretende sentar las bases de una nueva forma de expresión dentro de los patrones del noveno arte. Personalmente me decanto por que Darrow sea un cachondo de aúpa y por que ‘The Shaolin Cowboy’ no sea sino la irónica y mordaz expresión de un cínico de cuidado que en esta oda hacia la violencia desmedida y la casquería extrema no pretende sino hacernos reflexionar acerca de la sociedad que nos rodea y el mundo en el que vivimos. O no. Yo qué sé. Lo mismo esto es sólo un cómic de un tío repartiendo a mansalva y como tal hay que tomarlo. Es más. Si ese fuera el caso, ¿importaría? La respuesta, como siempre, la tiene cada uno de vosotros, queridos lectores.

The Shaolin Cowboy: Bufé de extras

  • Autores: Geoff Darrow
  • Editorial: Norma
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 136 páginas
  • Precio: 25,65 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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