‘Skip’, dimensiones

No es sencillo hablar en términos «normales» de un cómic como ‘Skip‘. Y no porque sea uno de esos títulos cuyos postulados argumentales escapen a toda forma cognitiva y establezcan una barrera infranqueable entre autor y lector, sino porque lo que aquí plantea Molly Mendoza se sale tanto de lo habitual y experimenta de tal manera con nuestras sensaciones al ir leyendo, que resulta complicado ordenar ideas y dar forma medianamente coherente a un discurso que quizás tuviera que echar mano de conceptos tan foráneos al mundo del papel impreso como sabores, olores —más allá del de la tinta sobre la superficie de la celulosa—, sonidos o sensaciones no asociadas a lo que uno esperaría de un narrativa secuencial.

Dicho esto, es muy obvio que voy a intentar trasladar lo que se siente leyendo ‘Skip’ en términos que intenten aterrizar en lo que estamos acostumbrados a formular cuando hablamos de cómics, pero que quede claro que habrá una buena parte de mi discurso que se dejará fuera argumentos «objetivos» y echará mano de otros que descansan por completo en el bagaje más personal e íntimo y en cómo cada individuo interpretaría las fascinantes formas e hipnóticos colores con los que la autora estadounidense moldea un relato que mezcla sin rubor la ciencia-ficción post-apocalíptica —situándose de partida en un mundo futuro en el que la humanidad ha sido diezmada por razones que no se explican— con la fantasía más desaforada y unas cualidades lisérgicas considerables que aproximan a este volumen publicado por Dibbuks a lo que, supongo, tiene que ser un «viaje» de los proporcionados por sustancias como el LSD.

Tan ecléctica propuesta se centra en Bloom, un niñx —Mendoza plantea una constante descontextualización de los géneros, cambiando la letra que hiciera referencia a masculino o femenino por una x— que, con tal de recuperar el colgante que dejara a su recaudo una persona muy querida, comenzará a explorar sin pretenderlo dimensión tras dimensión a cada cuál más colorida, extravagante y surrealista. El resultado de dicha exploración, sujeto a un argumento que, en cierto modo, es más viaje interior que exterior, es toda una suerte de planchas de una plasticidad extrema que habrían hecho las delicias de Salvador Dalí. Tanto es así, tan diverso es el muestrario visual que enarbola la artista que, llegado el momento, y aunque sigan ahí, poco importan cuestiones de guión cuando lo que realmente interesa es dejarse seducir por el océano de colores, de líneas en constante estado de mutación que, cosiendo un tapiz cambiante, derivan en unas planchas fascinantemente alienígenas. Unas planchas que hacen de ‘Skip’, sin lugar a dudas, el tebeo más raro y atípico al que vayamos a acercarnos en este 2020. Y eso, que no os quepa duda, es MUY BUENO.

Skip

  • Autores: Molly Mendoza
  • Editorial: Dibbuks
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 168 páginas
  • Precio: 23,75 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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