‘Samurái. La isla sin nombre’, código de honor

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Comencemos haciendo una confesión algo extraña: no leí —y no me preguntéis la razón, porque la desconozco— el primer volumen de ‘Samurái’ cuando Yermo lo editó el pasado mes de junio de 2015. De hecho, sólo he cubierto tal ausencia en mi bagaje tebeístico toda vez hube consumido con avidez las 200 páginas que sirven aquí de continuación de las aventuras de Takeo, un samurái imaginado por Jean François Di Giorgio y Frédéric Genêt que desde 2005 y con diez entregas a sus espaldas, ha sabido adentrarse en el terreno de los caballeros nipones de una forma que este redactor sólo había visto hasta ahora con tanta meticulosidad y respeto en la magistral ‘Kogaratsu’, puntal indiscutible en el noveno arte cuando de lo que ha de hablarse es de espadachines orientales, códigos de honor, seppuku y retrato de un Japón, el feudal, que nunca ha conocido tan íntimo reflejo en las páginas de un cómic.

Si bien cualquiera de los dos volúmenes de ‘Samurái’ no llegan a alcanzar la belleza, poesía y perfección de las páginas de Bosse y Michetz, eso no quita para que, en no pocos instantes, el trabajo de Di Giorgio a los guiones y de Genêt en el dibujo, raye a una altura considerable y nos atrape irremisiblemente. De ello, de agarrar al lector y no soltarlo, es quizás máxima responsable la vertiente gráfica de la lectura, de una espectacularidad asombrosa y una personalidad cinematográfica arrolladora: combinando herramientas narrativas de ambos mundos, donde el trabajo de Genêt se vuelve superlativo durante el transcurrir de esta ‘Isla sin nombre’ es en los duelos que enfrentan al protagonista con otro espadachín consumado con el que tendrá que medir acero. El control sobre el tempo y el ritmo que el artista belga ejerce lo acerca a postulados que nos recuerdan, en el terreno fílmico, a herencias de Sergio Leone o, por supuesto, Akira Kurosawa, referente ineludible a la hora de hablar del mundo de los samuráis.

Más que convencidos en un considerable porcentaje por lo extraordinario de las planchas que ilustran este viaje a otra época, es competencia de Di Giorgio completar los intersticios dejados por Genêt para insuflar el último aliento de vida que los personajes necesitan para traspasar la superficie bidimensional del papel. Y a fe mía que lo consigue: no sólo Takeo y todo el elenco de secundarios que se pasean por la lectura están descritos con precisión, es que el desarrollo del misterio que envuelve a los hermanos protagonistas, y la alternancia del mismo con apuntes hacia la vida en el Japón de antaño, consiguen construir una suerte de pequeña máquina del tiempo con la que asomarnos a tan atrayente mundo. Esperemos que el camino que le queda por recorrer a ‘Samurái’ no decepcione y que el cambio de dibujante operado en el décimo volumen no empañe el futuro de tan espléndida serie.

Samurái. La isla sin nombre

  • Autores: Jean François Di Giorgio y Frédéric Genêt
  • Editorial: Yermo ediciones
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 200 páginas
  • Precio: 38 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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