‘Pinocchio’, bendita irreverencia

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Hay quien dice que escribir es un acto biográfico, que el autor siempre acude a su propio bagaje personal para digerirlo y presentarlo ante sí mismo y ante sus lectores de una forma totalmente distinta. Algo que suelen hacer muchos artistas, de la disciplina que sea, es tomar aquellas historias que conocieron de pequeños, darles su propio toque para hacerlas suyas y, a veces, descubrir también nuevos matices en ellas. Los cuentos infantiles tradicionales se convierten así en fuente inagotable de inspiración, por muchos años que hayan pasado desde su creación. Hay artistas que retornan a ellos movidos por la nostalgia, otros por la curiosidad, y otros, como el caso que hoy nos ocupa, acuden a ellos por un impulso gamberro que, eso sí, tampoco intenta destruir el legado de esas historias inmortales, sino trastocarlas para lograr un efecto contundente sobre el lector, y de paso intentar hacerle reflexionar sobre algunas de las miserias del ser humano y el mundo que hemos creado.

Esa, sumada a unas irreverentes ganas de divertirse, es la sensación que desprende el francés Winshluss —seudónimo de Vincent Paronnaud— a la hora de abordar su psicotrónica versión de ‘Pinocchio’, el clásico de Carlo Collodi. En su relato, Gepetto ya no es un risueño juguetero, sino un inventor codicioso que no tiene reparos en fabricar un arma tremebunda siempre que le paguen la suma apropiada por ello. Y esa arma, cómo no, es Pinocchio, que cuenta con una serie de letales características, como descubrirá la pobre esposa de Gepetto. Tampoco podía faltar Pepito Grillo en el elenco protagonista, si bien en esta versión es una cucaracha con delirios existenciales que vive dentro de la cabeza de Pinocchio mientras intenta escribir la novela referente de su generación. A todos estos personajes surgidos del cuento original hay que sumar otros tantos, a cual más estrambótico, surgidos de la retorcida imaginación de Winshluss, y que en general representan los aspectos más oscuros de nuestra sociedad: la pobreza, la miseria moral, el autoritarismo, la codicia, la desesperanza, la violencia sexual…

Aunque no sea su finalidad última, esa recreación de la realidad, pasada por el provocativo prisma con el que se reinterpretan las peripecias de Pinocchio, deja al descubierto muchas de las miserias del mundo que nos rodea. Pero, al margen del trasfondo crítico que podamos extraer de esta lectura, lo que más fuerza tiene desde mi punto de vista es la construcción de la historia. Partiendo de una trama aparentemente caótica, incluso improvisada (como era el caso de ‘Ed, el payaso feliz’, posiblemente el tebeo más deprimente que he leído en mi vida), en realidad nos encontramos ante un relato muy bien construido, donde el autor va desplegando una serie de acontecimientos que al principio parecen inconexos, pero que al final cobran sentido dentro del principal hilo argumental. Y tampoco hay que olvidar que se trata de un cómic mayoritariamente mudo —apenas hay diálogos en algunos pasajes contados, como las historias protagonizadas por Pepito Cucaracha—, con las dificultades que ello conlleva. Pero Winshluss es un autor que domina con maestría la expresividad de sus personajes, que se sirve además de diversas técnicas para obtener acabados diferentes incluso dentro de una misma página, y despliega tal cantidad de recursos estilísticos y narrativos que los diálogos no solo no se echan de menos, sino que incluso se perciben como innecesarios.

Provocativo, inesperado, perturbador, ácido, desconcertante y rabiosamente divertido, son algunos de los adjetivos que pueden emplearse para describir este ‘Pinocchio’. Y creo que, aunque los utilizáramos todos, nos seguiríamos quedando cortos a la hora de explicar todo lo que despierta en tu mente la lectura de algo tan difícil de clasificar como este álbum de Winshluss. Lo mejor es comprobarlo de primera mano.

Pinocchio

  • Autor: Winshluss
  • Editorial: La Cúpula
  • Encuadernación: Rústica
  • Páginas: 200
  • Precio: 20,90 euros

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Jaime Valero @jvalerolife

Nací en el año de las inquietantes profecías literarias de Orwell. No traje ningún tebeo bajo el brazo pero en cuanto alcancé el uso de la razón el cómic se convirtió en una de mis máximas prioridades. Combino las viñetas y bocadillos con otras muchas pasiones delirantes e intento que todas ellas convivan en mi carrera como periodista y traductor. Mi cuartel general se encuentra radicado en Madrid.

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