‘Nuevas Historias del Viejo Palomar’, tan bueno como siempre

Viendo la ingente cantidad de material antiguo y con cierto regusto a clásico que La Cúpula ha recuperado del olvido en los últimos meses, echamos de menos una nueva edición que esté a la altura de la obra (algo parecido a la sobresaliente Mundo Idiota) de la obra de los hermanos Hernández. La apasionante odisea vecinal de Palomar en la que tantos personajes hacen acto de presencia para cruzar sus vidas unos con otros, tiene a sus espaldas un buen puñado de páginas, tebeos que se llevan publicando desde hace años que han ido construyendo una historia gigantesca, llena de momentos gloriosos que nos han hecho reír y emocionarnos por igual. Este viejo pueblo es un lugar imprescindible para todos aquellos amantes del comic independiente no superheroico, una etiqueta que asusta a muchos pero que, una vez que se descubre, será difícil alejarnos de ella. Si encima nos encontramos con una obra tan entrañable y empapada de nostalgia como este ‘Nuevas Historias del Viejo Palomar’, mejor que mejor.

Palomar es un relato atípico, es un tebeo en el que los personajes se convierten en las tramas de la propia historia, un nexo en el que misticismo y costumbrismo se dan la mano para dar como resultado un retrato bastante fiel de la tierra donde tiene lugar la acción. No es de extrañar que cada nueva entrega que ve la luz sea celebrada con bastante alegría entre todos los seguidores de los hermanos Hernández, esta vez le toca el turno a Beto. No sabríamos decir qué nos atrae tanto de esta localización. Puede que sea el misticismo que encierran cada una de sus calles, la sociedad matriarcal que podemos encontrarnos o, simplemente, la falta total de tecnología que existe (al no haber, por ejemplo, ni un solo teléfono en todo Palomar, las explicaciones científicas tienen poca cabida entre sus gentes, algo que da paso a todo lo místico que se ha mencionado antes). De esta manera, no es de extrañar la facilidad con la que muchos de los habitantes del lugar son capaces de asimilar situaciones que, en otro contexto, habría que hacer un gran esfuerzo para poder comprenderlas.

Beto Hernández hace lo que mejor sabe hacer, narrar la historia con su maestría habitual, añadiendo pequeñas piezas poco a poco, ya sea en forma de personajes o eventos, para formar un puzle de grandes dimensiones compuesto por las vidas de todos los habitantes de Palomar. Nombres como los de Tonantzin, del que conoceremos sus primeros pasos, Gato, cuya infancia es bastante interesante, Chelo, Heraclio, Pipo, Carmen, Fritz, Vicente o la más que famosa Luba. El autor californiano utiliza una serie de microrrelatos para ir presentando a todos esos vecinos, mimetizándolos con el entorno y añadiendo un contexto específico para cada uno de ellos, haciéndolos crecer, no solo en las páginas que componen el volumen, sino también en la cabeza del lector, algo que añade una sensación de cercanía con todos ellos, reconociéndolos el lector como si fueran viejos amigos, haciéndolos propios y, confundiéndonos algunas veces al pensar que se trata de personas reales y no creaciones del bueno de Beto. Una entrega muy recomendable al igual que todo lo relacionado con el Universo Hernández, con un único problema: el tiempo que transcurre entre una entrega y otra. Paciencia, no hay otra ciencia.

[Grade — 9,00]

Nuevas Historias del Viejo Palomar

  • Autores: Beto Hernández
  • Editorial: La Cúpula
  • Encuadernación: Rústica
  • Páginas: 106 páginas
  • Precio: 12,50 euros

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Mario de Olivera @fancueva

No sé si el médico que ayudó a mi madre a traerme al mundo me dio un cate en el culo o directamente me arrimó un Spiderman. Lo que sí tengo claro es que desde que tengo uso de razón siempre he tenido un tebeo entre las manos. Por el camino se fueron añadiendo más aficiones que me convierten en un devorador de series, películas y algún que otro libro. Jugador “devezencuandero” a lo que me pongan por delante, siempre y cuando medie el machacamiento de zombies o de ejércitos plagados de magos y orcos, intento estar siempre liado con cualquier actividad lúdico-frikoidal que haga mi existencia sevillana algo más agradable y entretenida. Oh yeah!

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