‘Navilandia’, cáusticos festejos

Navilandia

Vale. Nos encanta la Navidad por los regalos, quizás por poder estar con amigos o familia que no tenemos la oportunidad de ver el resto del año y porque, seamos francos, es el momento idóneo para abandonar dietas y darse algún que otro homenaje. Hasta aquí todo bien pero, ¿se podría decir lo mismo de las aglomeraciones en las calles y tiendas, de las comidas de empresa en las que tienes que soportar a compañeros con los que nunca cruzas palabra, de los (re)encuentros familiares forzados, de los hipócritas deseos de esos que sólo se acuerdan una vez cada 365 días de tu existencia? ¿No verdad? Pues imaginad ahora que vivís en un país cuyos días transcurren a perpetuidad entre el 24 y el 25 de diciembre. Sí, habéis leído bien, una nación en la que siempre, SIEMPRE, es Navidad. Pues bien, es más que probable que ni siquiera ante tan chocante perspectiva sea uno capaz de imaginar los límites a los que Tronchet llega en ‘Navilandia’, una propuesta que La Cúpula ha editado con enorme tino de cara a las fiestas y que, sinceramente, ha conseguido arrancarme más de una carcajada por el derroche de ingenio que atesora en sus páginas.

El planteamiento inicial de Tronchet es tan lógico como elocuente: si la sociedad en la que se sitúa ‘Navilandia’ vive en una Navidad perpetua, es de recibo pensar que ha adaptado hasta el último mecanismo de control del gobierno en aras de hacer de la celebración un acto institucional de la más alta importancia. Ejemplo claro de ello es que la policía no se encarga de velar por la seguridad de sus ciudadanos, sino de asegurarse de que los mismos pasan una nochebuena tras otra disfrutando al máximo. El estado del miedo que ello ha creado, ha terminado convirtiendo a la sociedad en un conglomerado de hipócritas a la fuerza que ya no saben lo que es pasarlo bien y viven atemorizados por la Brigada de los Amigos Juerguistas y la posibilidad de que terminen con sus huesos en la cárcel si así lo determinan los agentes de la “ley”.

Las breves pinceladas que suponen las líneas del párrafo anterior arañan de forma sucinta toda la carga de profundidad que Tronchet va hilvanando a cada bocadillo y viñeta que conforman las páginas de una obra que desde el cinismo y el humor negro logra, y logra no pocas veces, que nos veamos reflejados en las miserias de estos ficticios congéneres nuestros que tan lejos pero tan cerca están del mundo real. Con dicha cercanía como una de las mejores cualidades que abraza el volumen, y el espléndido trazo del artista como otra de ellas, ‘Navilandia’ consigue, toda vez finalizada la lectura, que miremos con más recelo del habitual a estos fastos con los que se cierran todos los años y que, al menos en el “primer mundo”, llevan asociados ciertos comportamientos que vistos desde fuera podríamos calificar mínimo de excéntricos cuando no de signo claro de los muy equivocados rumbos por los que la humanidad discurre en según qué términos. Éstas y otras reflexiones dimanan de las páginas de un tebeo de esos que vale la pena, y mucho, tener en nuestra colección.

Navilandia

  • Autores: Didier Tronchet
  • Editorial: La Cúpula
  • Encuadernación: Rústica con solapas
  • Páginas: 152 páginas páginas
  • Precio: 17,10 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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