‘Los esclavos olvidados de Tromelin’, arqueología en viñetas

Página 48. Con la estructura de ‘Los esclavos olvidados de Tromelin’ más que clara y la narración de Savoia alternando la composición de viñeta tradicional cerrada con una más abierta carente de límites rectangulares y respondiendo a otros factores, aparece en mitad de la página una niña con ropa de abrigo a la que el autor, que en las páginas del álbum que se ocupan de la vida en el islote de Tromelin narra los acontecimientos en primera persona, llama Marzi. ¿Marzi? No es posible. ¡Un momento! ¿Savoia? ¿Sylvain Savoia?…¡Pues claro! ¡Pero si es el dibujante de ‘Marzi 1989’! ¡Cómo no me había dado cuenta antes! Sencillo, porque el dibujo que aquí practica el artista francés nada tiene que ver con el trazo caricaturesco que podíamos ver en aquél genial título que Norma publicó en dos de los volúmenes de su imprescindible Colección Nómadas.

Y cuando digo nada, quiero decir NADA: dividida en dos para acomodar los sendos recorridos por los que discurre la historia, podríamos incluso ir un paso más allá a la hora de establecer el análisis de lo que Savoia ejecuta aquí desde un punto de vista gráfico y afirmar que, opuesta por completo a lo que leíamos hace unos años, la personalidad del artista se escinde en dos que, de tener que hacerlo, uno juraría que no corresponden a la misma mano. Vamos, algo así como un Jean Giraud / Moebius. De una parte, tenemos las páginas dedicadas a arrojar una hipótesis bastante plausible sobre lo que les ocurrió a los tripulantes y esclavos del L’Utile, un navío de bandera francesa que encalló en julio de 1761 en las costas de coral del islote que sirve de protagonista de fondo a este soberbio volumen. En dichas planchas, a las que antes me refería como tradicionales, encontramos a un Savoia limpio, pulcro en la estructura de viñeta cerrada y que caracteriza su trabajo de forma precisa mediante el uso de la “línea clara”. Nada que objetar cuando a lo que asistimos aquí es a un despliegue fantástico que cuida figura y fondo incluso cuando éste se limita al terreno yermo del islote.

De la otra, Savoia nos acerca a los avatares por los que deben transitar el grupo de expedicionarios que se trasladan a Tromelin para buscar las huellas de aquellos que sobrevivieron al naufragio para soportar la larga espera de quince años que separó al hundimiento del navío del rescate de los pocos supervivientes que allí quedaban. En esta otra mitad de ‘Los esclavos olvidados de Tromelin’, Savoia obvia la utilización de la viñeta, liberándose de las ataduras de ésta para componer la página a su antojo y, como elemento añadido a la radical ruptura que supone dicha decisión con respecto al traslado de los hechos históricos, el artista cambia de estilo hasta trastocar por completo su personalidad gráfica: sin perder de vista esa línea clara que tan bien caracteriza a las páginas de las que hablábamos en el párrafo anterior, el uso de las acuarelas y un ejercicio narrativo más íntimo y “menudo” —si me permitís tal epíteto— son cualidades que, en su alternancia, provocan una constante fascinación hacia la lectura.

Una fascinación que se ve completada, y de qué manera, por lo atrayente de la doble historia que aquí se nos propone, ya sea la de supervivencia extrema de los esclavos y tripulantes del L’Utile, ya la de investigación y lucha contra las adversidades que van apareciendo en la expedición que se eleva como trasunto de fondo de este fantástico álbum. En ambos extremos, la narración en primera o tercera persona de Savoia, la forma en la que nos implica en los acontecimientos y el sólido modo en el que nos hace partícipe de ellos se suman a la componente visual para hacer de ‘Los esclavos olvidados de Tromelin’ claro contendiente a hacerse un hueco entre lo mejor que hemos leído este 2017 de cómic europeo.

Los esclavos olvidados de Tromelin

  • Autores: Sylvain Savoia
  • Editorial: Ponent Mon
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 120 páginas
  • Precio: 22,80 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector apasionado. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de adopción. Treintañero para cuarentón. ¡Ah! y escritor compulsivo tanto aquí como en Blog de cine.

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