‘La bella muerte’, en modo «Otomizado»

Publicada hace tres años por Dibbuks, ‘Shangri-La‘ supuso todo un salto cualitativo con respecto al anterior trabajo de Mathieu Bablet que nos había traído la misma editorial —una de las historias cortas que conformaban la brutal antología de ‘Doggy Bags‘—: bajo una premisa de partida que se hacía fuerte en la ciencia-ficción más atractiva, el artista francés construía un ambicioso álbum de más de 200 páginas en el que demostraba su asombroso dominio de la narrativa y, sobre todo, de la espectacular construcción de escenarios, siendo ese el plato más fuerte de los muchos manjares que reservaba la lectura a los que a ella se asomaran. Desde entonces, hemos estado más o menos pendientes de lo que Bablet fuera a cocinar a continuación y, ahora que hemos podido catarlo, hemos de ser honestos a la hora de ofrecer una primera valoración sobre las sensaciones que ‘La bella muerte‘ ha dejado en nuestro paladar, unas sensaciones que, desafortunadamente, han sido algo agridulces para lo que esperábamos —y dejo ya las metáforas culinarias, mis disculpas—.

‘La bella muerte’ gira en torno a un pequeño grupo de supervivientes que se mueve por las ruinas de una enorme metrópolis arrasada, años atrás, por la aparición de enormes criaturas insectoides. Y eso, en esencia, es lo que mueve la acción de la trama durante una considerable porción de la misma, las formas en las que este grupo se las apaña para sobrevivir, los muy puntuales encuentros que tienen con otros supervivientes y, finalmente, cuando el álbum entra en su tercio final, el inesperado giro que da todo hacia tintes que evocan, no sé si de forma consciente o inconsciente, al clímax de ‘Akira’.

De hecho —y de ahí el título de la reseña—, todo el conjunto de ‘La bella muerte’ está impregnado de un inconfundible aroma al puntal título de Katsuhiro Otomo, y uno no puede evitar pasear la mirada por las fascinantes planchas de Bablet —asombroso y espectacular es el trabajo que el francés vuelve a llevar a cabo con unos escenarios en los que se deja la piel para trasladar una inquietante sensación de verismo, llenándolos de detalles hasta donde alcanza la vista— y que a su memoria acudan las calles de Neo-Tokio y los decadentes rascacielos que servían de fondo a la tragedia de Tetsuo y Kaneda.

Más no es ahí donde ‘La bella muerte’ nos deja la mitad agria de sus sensaciones —es muy evidente que la parte dulce de las mismas dimanan de lo soberbio de su grafismo y, por supuesto, de la magnífica edición que Dibbuks hace del original francés—, sino en la manera en que remata sin rematar el relato y en lo ocasionalmente huidizo del mismo: no son pocas las veces que, durante la lectura, uno tiene la molesta sensación de no estar enterándose de la misa la mitad, algo que, personalmente, siempre hace que me aleje de manera progresiva de lo que cualquier historia, venga recogida en el medio que venga, quiera plantear. Al final se retoma el hilo y Bablet permite alzar ciertas reflexiones, pero estas hubieran adquirido mucha más resonancia de haberse apoyado de manera más firme en el sustrato básico de una lectura que cuando quiere ser apasionante, es muy apasionante, pero que no llega a las alturas que el artista nos había mostrado en su anterior obra.

La bella muerte’

  • Autores: Mathieu Bablet
  • Editorial: Dibbuks
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 152 páginas
  • Precio: 23,75 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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