‘Kid Eternity’, Morrison en modo Barker, Fegredo en modo McKean

Sensaciones. Muchas y muy diversas. Algunas de perplejidad. Otras de una fuerte componente alucinógena. Una cantidad importante de completa pérdida. Las menos, de indignación por no saber en qué diantres nos estamos metiendo. Sensaciones. Es lo que uno se lleva de manera mayoritaria de la lectura de ‘Kid Eternity’. Sensaciones. Porque tratar de entender, no ya hasta la última acotación de lo que Morrison escribe, pero sí lo suficiente como para que el cómic no se nos antoje un mero galimatías sin sentido en el que hay palabras dispuestas de tal manera que no somos capaces de descifrar el contenido que llevan consigo, es toda una ordalía. Sensaciones. De repente pasas una página y lo que en la anterior había cobrado cierto sentido en esta ya no lo tiene, y te ofuscas, tratas de echar mano de todos los recursos de interpretación de viñetas que los años y el bagaje adquirido con ellos te aportan. Y te das contra una pared. Lo que estás leyendo no tiene ningún sentido. Al menos no para alguien que esté en su sano juicio. Sensaciones.

Morrison siempre ha sido muy dado a que lo que el lector saque de una de sus obras —no de todas, pero sí de muchas— sea directamente proporcional a lo que vuelca sobre ellas y ‘Kid Eternity’ es uno de los mayores ejemplos de esta forma de trabajar del escocés: se puede intuir en torno a que ejes principales gira todo el entramado; se puede intuir que el guionista se mira mucho en Dante y, aún con más ahínco, en pesadillescos paisajes que parecen salidos de lo más recóndito de la personalidad de Clive Barker —leer ciertos pasajes y acordarse de ‘Hellraiser’ es, como poco, inevitable—; se puede, más o menos, separar ciertas líneas argumentales de una mezcla que, por otra parte, es intrincada a más no poder; se puede intuir hacia dónde se dirige la historia de Jerry Sullivan, un comediante al borde de la muerte y cómo confluye con él la de Kid, un personaje plagado de vericuetos…todo eso se puede intuir, pero de la intuición al conocimiento fehaciente hay tal trecho, se abre tamaño abismo en ocasiones, que de entre esas sensaciones de las que hablaba antes, la frustración gana considerables puntos en una valoración final.

Eso, cuidado, si sólo nos referimos a Morrison, porque si de quien tenemos que hablar es de Duncan Fegredo esa frustración se torna en la mayor de las admiraciones por el trabajo de un artista que nada se parece otros grandes puntos cardinales de su producción como pueden ser ‘Hellboy’ o ‘MPH‘: calzándose los zapatos con los que Dave McKean había ejecutado un par de años antes la prodigiosa ‘Arkham Asylum’ —igualmente escrita por Morrison, por si algún despistado no lo sabe—, las páginas pintadas de Fegredo, llenas de trazos compulsivos, figuras alargadas y una incómoda y perpetua sensación de caos controlado, justifican por sí solas la adquisición de este segundo volumen de la biblioteca Grant Morrison con la que, suponemos, ECC planea recoger toda la obra del guionista para DC. En ese esfuerzo, ‘Kid Eternity’ era estación inexcusable. Afortunadamente, el resto de paradas superarán ostensiblemente lo que el escritor, más lisérgico que nunca, dio de sí en este singular punto de su tebeografía.

Kid Eternity

  • Autores: Grant Morrison y Duncan Fegredo
  • Editorial: Planeta Cómic
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 168 páginas
  • Precio: 18,95 euros en Amazon

Etiquetas

Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

Compartir este Artículo en

Deja un Comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.