‘Juliette’, vidas cruzadas

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Seis años sin una nueva obra en un mundo que no para de moverse y que, a este lado del océano y más allá de los Pirineos es una constante vorágine mensual de nuevas series, es, como poco, una eternidad. Y, no obstante, ese es el tiempo que ha tardado Camille Jourdy —si no contamos un álbum de la línea de Glénat destinada a los más pequeños de la casa— en poner en pie su nueva y flamante novela gráfica tras el éxito que cosechó entre 2007 y 2009 con ‘Rosalie Blum’, una trilogía que le llevó a ser merecedora del premio al Mejor Autor Revelación en el prestigioso festival de Angouleme y que nos descubría a una artista de singular voz y contagiosa frescura: de narrativa ágil, que evitaba acomodarse a estructuras clásicas para componer cada página de forma diferente a la anterior prescindiendo en la mayoría de las ocasiones de optar incluso por la concesión que supondrían las viñetas en el sentido estricto de la palabra, Jourdy abordaba con ‘Rosalie Blum’ una vivisección de un sesgo de la sociedad francesa que, no por localista se antojaba menos universal.

Combinando con habilidad lo real con lo onírico —los sueños de uno de los tres personajes principales tenían una relevancia suma en el devenir de la trama—, la cotidianidad con lo extraordinario y el drama con la mejor comedia agridulce, el dibujo sencillo de Jourdy, de claras influencias naïf, era en ‘Rosalie Blum’ inmejorable invitación a que cualquier tipo de lector de la misma manera que lo es, siete años más tarde, en la ‘Juliette’ que La Cúpula nos hacía llegar el pasado mes de Octubre; una obra que, como cabría esperar, guarda no pocas concomitancias con aquella que le valiera tantos reconocimientos críticos y en la que volvemos a encontrar a un pequeño corpúsculo de personajes que, como ya ocurriera en ‘Rosalie Blum’, se mueven entre la «normalidad» y la más evidente excentricidad.

«Remarco a menudo cuando hablo acerca de mi obra, que los personajes principales son más “neutros” que los personajes secundarios, puede que para que el lector se identifique más con los primeros que con los segundos. Aquéllos tienen unas reacciones un poco más normales y menos excesivas que los secundarios»

Palabras de Jourdy que pude intercambiar en 2010 en una breve pero fértil entrevista que le hice para el medio impreso en el que trabajaba por aquél entonces, las cualidades de los secundarios de ‘Rosalie Blum’ se traspasan intactas a los que rodean a Juliette, una joven algo neurótica y muy hipocondríaca que no termina de encontrar su lugar en el mundo y que, de regreso temporal a su ciudad natal para huir del caótico ritmo de la vida parisina, constatará que la vida de provincias no está exenta de sus pequeñas y alocadas idiosincrasias. Unas excentricidades que afectan a los padres de la protagonista, a su infeliz hermana y al marido de ésta y a toda la cohorte que rodea a Polux, un peculiar hombre que busca la felicidad sin encontrarla y que se cruzará de forma fortuita con Juliette.

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Rodeada, como ya pasara con su anterior obra, de un halo de realidad derivado, qué duda cabe, de lo cotidiano de la historia, es en la belleza plástica de sus planchas donde Jourdy vuelve a cautivar tanto como lo hiciera hace seis años. Acerca de su forma de dibujar, la artista afirmaba entonces que:

en mi forma de dibujar trabajo mucho a partir de fotos, ya sea para los decorados o para los personajes y eso es algo que, sin duda, le aporta su base real. Le pido a mis seres más cercanos que posen para mí y esto me ayuda a la hora de dibujar, así la actitud y la expresión de los personajes es más exacta a lo que tengo en la cabeza. No copio completamente la foto porque no quiero que el dibujo sea rígido, simplemente me inspiro.

Hasta donde podemos afirmar, dicha manera de abordar sus lides sobre la mesa de trabajo no ha cambiado en absoluto. Es más, Jourdy aumenta la presencia de esas pequeñas realidades que aparecían aquí y allá en ‘Rosalie Blum’, y son recurrentes las «viñetas» —y si lo entrecomillo es porque, de nuevo, aquí no hay viñetas en el sentido estricto y enmarcado del término— en las que aparecen retratados a modo de pequeños bodegones, objetos del hogar o rincones de la naturaleza, instantes todos en los que la artista recurre, ocupen estos una breve acotación de una página o la totalidad de ella, a un tratamiento técnico diferenciado, como si quisiera separar esa realidad inventada a la que se asoma de la ficción propiamente dicha en la que se mueven sus personajes.

La delicadeza pictórica del conjunto y el extremo mimo por el detalle hace que, conforme vamos avanzando en un relato que cautiva por su sencillez y su falta de pretensiones, seamos plenamente conscientes del por qué Jourdy ha tardado el tiempo que ha tardado en poner en pie una nueva obra: esto no es un tebeo de los que se hacen como churros al otro lado del charco y en los que el dibujante es una pieza más —importante, de acuerdo, pero un engranaje más a fin de cuentas— de la inmensa maquinaria de producción; al contrario, si de algo hablan las páginas de ‘Juliette’ es de lo íntimo y personal de lo que la autora nos traslada, y ese cuidado por atender hasta el más nimio detalle de la página —atención a los estampados de las vestimentas, asombrosos— se alza, quizás, como el valor más precioso de un volumen lleno de candor que, además, huye del concepto de lectura rápida. Para disfrutar ‘Juliette’ como se merece, nada mejor que ir a ese sitio de nuestro hogar en el que nos encanta sentarnos sin que nadie nos moleste, abrir una botella de vino —si es que nos gusta el caldo de la uva, claro— y deleitarse con unas páginas que exigen de nosotros el mismo sosiego y atención con el que Camille Jourdy ha firmado este nuevo y excelente tebeo.

Juliette

  • Autores: Camille Jourdy
  • Editorial: La Cúpula
  • Encuadernación: Rústica con solapas
  • Páginas: 224 páginas
  • Precio: 28,50 euros en Amazon

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Sergio Benítez @fancueva

Lector voraz. Cinéfilo empedernido. “Seriófilo” de pro. Jugador (que no ludópata, cuidado) impenitente. Melómano desde la cuna. Arquitecto de carrera. Profesor por vocación. Gaditano de nacimiento. Sevillano de corazón. Cuarentón recalcitrante y compulsivo "opinador" acerca de todo aquello que es pasión personal.

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