‘Ice Haven’, de Daniel Clowes

Ice Haven

Dentro de lo que ahora llaman novela gráfica, es seguro que ‘Ice Haven‘ está entre los mejores publicados en lo que llevamos del siglo XXI. De hecho fue elegido el mejor del año 2006. Ahora que he hecho una afirmación de gran rotundidad, empiezo aclarando que está escrita y dibujada por Daniel Clowes, un conocido estadounidense responsable de la serie ‘Bolaocho‘ o la estimable (pero menos inspirada) ‘Ghost World‘, no en vano adaptada por Terry Zwigoff con gran éxito de crítica.

‘Ice Haven’ es, con seguridad, lo mejor que haya hecho nunca Clowes, por su extraordinaria diversidad de ideas y su escenario único que pone en evidencia la densidad del contenido propuesto. En la ciudad que da nombre al cómic, se presenta una historia coral, tipo vidas cruzadas, en la que emergen como protagonistas personajes de lo más pintoresco. Entre ellos sobresale Random Wilder, el narrador de la historia, un eterno aspirante a escritor que vive solo y acomplejado y que difícilmente soporta tener como vecina a Ida Wentz, una anciana poetisa de considerado renombre. Para colmo, Ida recibe la visita de su nieta, que también demuestra tener un gran talento para la literatura en una revista que publica pero que no vende ningún ejemplar. En medio de esto, una familia compuesta por un matrimonio y sus dos hijos, uno de él y otro de ella, fruto de sus anteriores relaciones. Es curiosa la descripción de personalidad de los hermanastros con apenas varias viñetas: Charles es un neurótico que sueña con casarse con su hermanastra cuando sean mayores, y Violet tiene un novio al que idealiza y en el que se apoya demasiado, y está acomplejada por tener una mancha de nacimiento en el pecho.

Ice Haven no es una simple ciudad, no es una ambientación. Es un universo particular donde fluye la acidez de lo que se cuenta, al puro estilo de Clowes. Ya que la vida es una porquería, tomémonoslo con humor y cinismo, parece decirnos el autor en cada página. Además, a modo de entremeses, se toma la licencia de incluir historias de una o dos páginas que poco o nada tienen que ver con las tramas planteadas en el resto del conjunto. Genial por ejemplo, el de Rocky 100.000 a.C., una especie de alter ego de Pedro Picapiedra que medita sobre la trascendencia de su propia vida y la felicidad, o el crimen de Leopold y Loeb, un cruel acontecimiento que despierta interés por su morbosidad. Es una melancolía disfrazada que prefiere reírse de sí misma, de su pesimista visión del mundo, de una forma tan sabia como bella.

Porque lo que cuenta este cómic no es más que el secuestro de un niño llamado David, que a duras penas se comunica con el resto del mundo. Pero ese secuestro influye a todo y a todos, de forma que es como una excusa para las actitudes apáticas y resignadas que no disimulan los personajes principales. Uno coge más cariño a Vida, la nieta de la poeta, que es casi la única que parece contemplar un atisbo de esperanza y tiene realmente ganas de salir adelante. No obstante, las escenas protagonizadas por Wilder, con sus neurosis de escritor y su vida rutinaria como medio para no atormentarse (al menos más de la cuenta) son muy efectivas y en cierto modo, desternillantes. Como curiosidad, hay que decir que ni el propio autor se libra de la parodia, e incluye a un personaje que es un crítico de cómics y analiza la historia dentro de la propia obra.

El dibujo es casi caricaturesco, quizás algo chapado a la antigua, pero su tendencia al minimalismo ayuda que nos centremos más en el mensaje que expresa que en el aspecto gráfico (aproximándose en este sentido al cómic europeo). Por lo demás, una historia muy disfrutable (aunque algo dura a veces), y con un tono existencial similar al de la película ‘Happiness’, cuyo cartel, mira por dónde, es un diseño del propio Clowes, o a ‘American Splendor’, esa serie de Harvey Pekar. También es plausible reconocer el realismo crítico de Raymond Carver o la cotidianeidad surrealista de David Lynch en ‘Terciopelo Azul’.

‘Ice Haven’ es una obra de arte, un cómic imprescindible que casi podríamos considerar una alegoría del mundo que nos ha tocado vivir. Porque Ice Haven no es sólo una ciudad, es una metáfora de las crueldades de la sociedad que abruma por su honestidad radical. En cuanto lean la primera página, no soltarán el libro hasta haberlo acabado.

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